Guillermo Fournier Ramos

En muchas latitudes el sistema democrático está en serio peligro, derivado de la crisis de representación política que se manifiesta en la falta de credibilidad y desprestigio de gobiernos incompetentes o corruptos que han defraudado la confianza y la fe de los ciudadanos.

Lamentablemente, este fenómeno, extendido sobre todo en América y Europa, abre la puerta para que personajes carismáticos de perfil demagógico accedan al poder ante el desencanto hacia la clase política tradicional.

Aunque este tipo de oportunismo político no es algo nuevo, lo cierto es que en los últimos años el populismo ha ido ganando terreno amenazando las democracias alrededor del mundo.

La información es una herramienta poderosa, especialmente en la arena política, y la llegada de la era digital en el siglo XXI no ha hecho sino potenciar su alcance, de la mano de formas cada vez más sofisticadas de dirigir mensajes a audiencias específicas e imponer narrativas.

Ahora bien, de manera paradójica, la desinformación se ha vuelto uno de los instrumentos preferidos de los movimientos políticos que aspiran al poder público, empleando el miedo, las emociones negativas y la falsedad como elementos centrales en su estrategia de comunicación.

El rigor periodístico y las fuentes fiables desde luego persisten, pero en medio de la inmensidad de información disponible en internet y redes sociales, es común que un sector amplio de la sociedad sea presa del engaño, el sensacionalismo y la propaganda disfrazada de reportaje.

También es cierto que algunos medios de comunicación ceden a la tentación de alinearse con regímenes de poder autoritarios o fungir como meras plataformas de entretenimiento consumible, abandonando la responsabilidad inherente al ejercicio del periodismo profesional.

En este sentido, si la libertad de expresión y el derecho a la información son pilares de la democracia, entonces la prensa y los medios de comunicación desempeñan un rol fundamental para defenderla. Por tal motivo, los gobiernos tiránicos suelen ser especialmente hostiles hacia la prensa libre y la actividad periodística valiente.

Sin embargo, con frecuencia, proyectos políticos ideológicos consiguen filtrar agendas que traicionan la verdad por perseguir otro tipo de intereses. Así, la información tendenciosa y la narrativa engañosa son el caballo de Troya para influir en el posicionamiento de determinadas ideas en el imaginario colectivo.

Lo anterior es evidente en el discurso con el que se abordan los casos de gobiernos autoritarios en distintos países. Cabe insistir en este ejemplo puntual porque ilustra la hipocresía alarmante y el doble rasero moral.

Cuando el dictador es de derecha, el consenso de la prensa y la opinión pública suele ser de rechazo automático, lo cual es sin duda acertado. En cambio, cuando la dictadura es de izquierda, el silencio es patente en el mejor de los supuestos, ya que no es menos común que incluso se busque justificar con argumentos vacíos a estos regímenes tiránicos que producen dolor y sufrimiento a la población.

Claro que las dictaduras latinoamericanas de Somoza en Nicaragua, Videla en Argentina y Pinochet en Chile fueron despreciables y condenables; pero también lo son hoy las dictaduras de Raúl Castro en Cuba y Nicolás Maduro en Venezuela.

¿Por qué cuando el gorila es negro (por los colores del fascismo) se le persigue, y cuando el gorila es rojo (por los colores del comunismo) hay complacencia de algunos? La violación de derechos humanos siempre es inaceptable, más allá de ideologías.

Por fortuna todavía existe el periodismo honesto y firme en sus ideales, que hace frente a las presiones de los poderes políticos y económicos. Esas islas valiosas defensoras de la libertad y la verdad constituyen una bocanada de oxígeno para un sistema democrático mermado por los embates de las pulsiones autoritarias.

Las democracias requieren de pesos y contrapesos para ser funcionales, y en un contexto de desinformación creciente y propaganda en algoritmos, la prensa libre cobra mayor relevancia para poner el foco de luz ahí donde hace falta develar la realidad.

Siendo que la democracia precisa de demócratas para permanecer vigente, no solo hacen falta líderes dispuestos a gobernar con integridad, sino igualmente, profesionales del periodismo y los medios de comunicación que antepongan el bien común sobre otras consideraciones.

El humanismo, como siempre, será la brújula que nos conducirá sobre un camino recto hacia la meta del progreso, la igualdad y el desarrollo sostenible.— Mérida, Yucatán

Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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