“Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada”.— Edmund Burk
El regimiento destacado en un poblado del Estado de México cumplía órdenes claras y precisas: rodear y custodiar la bodega donde se escondían bidones con gasolina robada, esta práctica del llamado huachicol, un vocablo más del México violento. Al segundo día viendo la inacción de los militares, la población (¿será tambien parte del llamado “pueblo bueno”? …, pregunto) se fue acercando más y más, como el ladrón que se da cuenta que el perro guardián está amarrado a un poste y tiene bozal y…, comenzó la lluvia de palos y piedras. Con la rabia contenida, los elementos solo apretaban sus armas, fruncían el ceño, trincaban las quijadas, se tragaban el encono: “ni un disparo…, nuestro gobierno no reprime”.
En Guerrero, una vez más, los estudiantes de Ayotzinapa, al cúmulo de maniobras de protesta por los 42 desaparecidos, se dirigen al cuartel de la zona militar; lanzan consignas, grafitean, arrojan bombas Molotov. A falta de respuesta, se envalentonan y estrellan un camión en el portón, por cierto, una unidad de una refresquera, uno de los tantos vehículos que secuestran, utilizan para transportarse o simplemente incendian para bloquear algún acceso. Adentro los militares observan, los mandos contienen la ira de su tropa. La orden es clara: no caer en provocaciones, esto implica abstenerse de poder defenderse.
En una pequeña localidad del estado de Puebla, la gente detiene a supuestos robachicos; los sorprendieron tomando fotos en una escuela a los niños que salían. Los golpean. Se llama a la policía, intervienen, rescatan a los presuntos delincuentes, solo para que después de nuevo una multitud se los arrebate y termine prendiéndoles fuego. “No se podía hacer nada, era todo el pueblo…”, “los refuerzos nunca llegaron…”, “no, no, señor, no podemos disparar”. En la CDMX, dos personas viajaban en una motocicleta, cometen una infracción; un policía los persigue, los detiene, se acerca otro policía, se inicia una discusión, los infractores comienzan a intercambiar puñetazos, el más joven le da una paliza a uno de los elementos que al caer desenfunda su pistola y mata al muchacho. ¿Legítima defensa?, ¿uso excesivo de la fuerza? ¿abuso de poder?
Estos son ejemplos de un fenómeno creciente en México, los ciudadanos de a pie, no solo los malandros, han ido perdiendo respeto a las fuerzas del orden. Pareciera que ha quedado atrás cuando la sola presencia de los militares en las calles ponía fin a días de revueltas y trifulcas. Esta inacción del ejército ante la presencia de actos delictivos ha escalado a niveles insospechados; en los acontecimientos de Ayotzinapa, se ha dicho que no intervinieron, a pesar de haber detectado lo ocurrido, aunque por otra parte, hay acusaciones muy delicadas de una posible participación en la desaparición de los cadáveres.
Estamos ante una especie de valemadrismo ciudadano que toma tintes peligrosos, para no hablar del crimen organizado, que al fin y al cabo por algo es organizado. Los recientes acontecimientos que siguieron a las protestas del 2 de Octubre en la CDMX tuvieron claramente dos escenarios: La ceremonia legítima en Tlatelolco, el mitin pacífico, el mensaje de no olvidemos lo que ocurrió, lo que no debe de repetirse. Un ejercicio sano, porque este tipo de heridas a la nación no cicatrizan, pero como país debemos de seguir avanzando con ellas. La otra, la que se ha vuelto algo común, las protestas que derivan en actos vandálicos. Las injurias, arengas, el lanzar proyectiles, grafitear paredes, romper lo que esté a su paso, saquear, robar, pero además agredir, lastimar a cualquier elemento que quiera poner orden. La indicación de los de arriba: “Ni un golpe de represalia, para asegurarlo no les demos ni siquiera un tolete, una porra, menos disparar; gases lacrimógenos: no, pero usemos extinguidores…, si apaga el fuego a lo mejor también la rabia y la ira, les damos un escudo de acrílico, eso sí, transparente para que vean lo que hacen… ¡Ah!, si no alcanzan, manden también mujeres, ¿por aquello de la igualdad de género?: ¿no?.., ¿qué tal si hay mujeres?, no podemos ponerles enfrente un hombre”. Pero quién distingue en los disturbios, quién es quién, la mayoría de este llamado “batallón negro” están encapuchados. Las escenas de espanto, policías golpeados, con la ropa en llamas, cinco de gravedad, uno sobre todo al filo de la muerte, por todos lados: descalabrados, ciudadanos y reporteros. Las protestas por algo ocurrido hace más de medio siglo. La historia ha juzgado, muchas condenas prescritas. La espina clavada del agravio no se sacará jamás con agravios.
Una de las consignas del movimiento de la 4 T ha sido el no reprimir. No se debe reprimir al pueblo. ¿En verdad todos son parte de este pueblo bueno y sabio que tanto mencionan? Es evidente que estos grupos de choque han existido siempre y no están afiliados a ningún partido político, puesto que ahí están año tras año, reventando manifestaciones, no importa quien esté en Palacio. Lo que es inadmisible es no restablecer el orden con el pretexto de no reprimir para contener y controlar a los manifestantes, cuando es el gobierno quien tiene el uso legítimo de la fuerza, y más cuando se están cometiendo delitos en flagrancia: ataques a las vías de comunicación, daño en propiedad ajena, robo y lo peor, lesiones que tardan más de 14 días en sanar que ponen en riesgo la vida y que se persiguen de oficio, y preferir pagar los daños y sus consecuencias. Es como que, en un hospital, los médicos en lugar de curar enfermedades, salvar una pierna o la vida prefieran pagar a los pacientes una indemnización, prótesis o sus gastos funerarios, porque sale más barato. En Medicina hay algo que funciona y funciona muy bien cuando se aplica y se llama prevención. Y no hablemos de este otro rollo gastado de vamos a combatir las causas, ya vimos que pasó con “los abrazos, no balazos”. Los delincuentes no entienden, la maldad se jacta siempre de las buenas intenciones. Pero lo más grave es la impunidad.
No hay que ser experto para saber que con un poco de trabajo de inteligencia se pueden ubicar estos grupos de choque, reducirlos, desarmarlos y de paso saber quién los patrocina. Fin del problema.
El 2 de octubre no se olvida, no me cabe la menor duda que, no se olvidará jamás lo que pasó en 1968, pero preguntémosle a los que no habían nacido en esa fecha, no solo a los gamberros, también a los comerciantes que pagan impuestos, a los que les dañaron sus propiedades, les robaron…, a los policías lastimados que solo tuvieron un pedazo de plástico para repeler la turba irracional, o finalmente a los familiares angustiados a las afueras de un hospital si también ahora, ellos tampoco olvidarán el 2 de octubre. Tan peligroso es un gobierno represor, como un gobierno omiso.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
