El caballero sevillano pasea por las tardes a las orillas del Guadalquivir. Le gusta ver la caída de la tarde, pues el crepúsculo pinta de oro y gualda la corriente.

No usa bastón Don Juan, aunque sus amigos le aconsejan que lo use. ¿Cómo llevar bastón, les dice, si alguna vez llevó espada? Cuida, eso sí, cada uno de sus pasos. Teme caer al suelo en vez de caer en alguna tentación.

¿Cuántos años tiene Don Juan? No los ha contado nunca. Quizá tiene la misma edad de su padre cuando se fue del mundo. Al hidalgo no le importa ser viejo. Dice que ahora está libre de cargas. No tiene ya la obligación de mostrarse hombre ante una mujer. El amor puede ser también una carga, y él ya no tiene que llevarla.

Se va yendo la luz. La vida se va yendo. Don Juan, encorvado, se dirige con paso lento a su palacio. De pronto mira a una hermosa dama que viene en dirección contraria. El anciano caballero se endereza y apresura el paso.

Don Juan nunca dejará de ser Don Juan.

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