“Debidamente entrenado, el ser humano puede llegar a ser el mejor amigo del perro.— Lord Byron

—¡Ven, mi vida, corre, ven con mamá!

Estaba en una plaza comercial en la CDMX. Automáticamente, un servidor que pertenece a la generación de abuelos sin nietos volteó de inmediato. Esperé encontrar la clásica escena de la nenita soltándose de la mano de su padre para llegar a una joven, que arrodillada y extendiendo los brazos esperaba recibirla…, pero no, ahí estaba, sí, una mujer joven y un inquieto perro (parecía un chihuahueño) que meneando la cola llegaba con singular desparpajo.

Un día después, un domingo, estuve por motivos de trabajo en una cafetería al aire libre en la colonia Condesa por unas tres horas. El desfile de gente paseando a sus perros, simplemente fue impresionante, algunas hasta tres al mismo tiempo e interactuando entre ellos.

Frases como: “¡Qué linda nena!, ¿cómo te llamas?”, “¡no seas grosero, hijo, no le estés gruñendo al señor!”, “anda malito mi bebé, ayer lo vacunaron”.

Y digo pertenezco a la generación de los abuelos sin nietos, porque hoy en día, muchos jóvenes reniegan de la maternidad o paternidad compartida y el argumento más socorrido que he escuchado es: “mejor un gato o un perro a un niño, son más cariñosos, más fieles y menos complicados”, a tal grado que, desde hace años ya está acuñado el término de perrhijo o gathijo.

Pienso sin afán de confrontación, que es más un tema de temor a restringir cierta libertad. Es una cuestión tan compleja que, en verdad respeto tal postura y solo puedo decir: “¡Lo que se pierden, es padre ser padre!”. Y ya al final, para cerrar, por primera vez viajé en el avión con una pareja que tenía a su mascota adentro, ocupando un asiento, un perro no en jaula —lamento no ser experto en reconocer razas—, solo puedo decir que el animalito era bellísimo y tuvo un comportamiento ejemplar, mucho mejor que el de varios pasajeros homo sapiens que he visto.

Pero hay más: hoy en día varios países han implementado legislaciones avanzadas que reconocen a los animales como seres sintientes y no meras propiedades, estableciendo penas estrictas contra el maltrato y regulaciones detalladas para su bienestar. Por ejemplo en Suiza incluye el registro de perros con microchip; Reino Unido protege hasta los animales de granja; Austria, Alemania y Países Bajos con leyes semejantes e incluso ciudades como Amberes donde se ha logrado eliminar la presencia de perros callejeros con programas masivos de esterilización y educación. Afortunadamente, en México ya se cuenta con la Ley Federal de Sanidad Animal y en más de un Estado con leyes que sancionan y castigan a personas que maltratan animales. Pero sin duda el más extenso está en España. Los perros y gatos (y otras mascotas) han dejado de ser “objetos” para ser reconocidos legalmente como seres sintientes y miembros oficiales de la familia y con estatus jurídico superior. Se contemplan temas como la custodia en caso de divorcio; normas estrictas para garantizar su calidad de vida: Identificación obligatoria, uso de microchip para perros, gatos y hurones. No puedes dejar a un perro solo más de 24 horas, ni a un gato más de 3 días. Los dueños de perros deben contar con un seguro que cubra posibles daños a terceros. Se prohíbe la exhibición y venta de perros y gatos en vitrinas en las tiendas de mascotas. Si alguien causa la muerte o lesiones graves a una mascota, el dueño (o quienes convivan con ella) tiene derecho a reclamar una indemnización por daño moral, reconociendo el sufrimiento emocional que causa la pérdida de un “miembro de la familia”.

Las redes sociales han hecho su parte y aquel que maltrata a un animal queda evidenciado de inmediato y por fortuna en muchas ocasiones se les castiga. El cariño que desde niños nos inculcan queda grabado en nuestra mente infantil: “se llevaron a tu perrito porque lo van a casar”, me lo imaginaba de frac y reclamaba que no me invitaran a la boda o la más misericordiosa cuando nos dicen que “se han llevado a nuestro perrito a dormir” en alusión a la eutanasia. Hace unos meses lo hice con el que creo fue mi último perro, Nico, un maltés que desarrolló demencia senil, sí, así tal cual el diagnóstico del veterinario, con un ladrido ininterrumpido en las madrugadas que requería hasta la administración de gotas de cannabis. Sus cenizas están esparcidas en mi jardín, junto con las de otros dos perros. Me confieso animalero, antitaurino y enemigo de cualquier tipo de maltrato animal. Soy fanático de las tortugas, mis animalitos favoritos: tienen su propia casa, comen de todo, no sueltan pelos, ni plumas, ni hacen ruido.

Así el amor a nuestras mascotas, en algunas personas simplemente inconmensurable que raya en entendible devoción, más en perros y gatos. Y en términos generales se ha transformado, pienso, para bien.

He hecho este extenso preámbulo para intentar, ya no digo justificar, cuando menos entender, algo totalmente opuesto y que es el extraño fenómeno de moda llamado los therians (derivado del griego therion, que significa “bestia” o “animal salvaje”) y que ahora sé que no es tan antiguo. Las personas se identifican de manera profunda, involuntaria y —que me perdonen agregar el adjetivo— demencial, con un animal no humano, a nivel que sobrepasa lo orgánico y llega a lo conductual y emocional. Reconocen que tienen un cuerpo humano, pero sienten que pertenecen a otra especie, lo que se denomina theriotipo, que puede ser de cualquier animal, pero son sobre todo cuadrúpedos. Muchos emplean aditamentos: máscaras, colas, orejas y patas para reforzar su identidad; algunos caminan y hasta corren de cuatro patas (cuadropedia) y gruñen, ladran, maúllan y todo el repertorio de sonidos que se les pueda ocurrir.

Esto como suele suceder con muchos de los llamados retos virales se ha extendido, al grado que, en muchos países ya hay hasta clubes para reunir a los miembros de la manada. Los psicólogos hablan de que son jóvenes en busca de identidad para suplir dolor y traumas internos. Recordé aquel chistorete del paciente que va al psiquiatra y le dice: “Vengo, doctor, porque creo que soy un perro”. El galeno lo miró fijamente y le preguntó: “¿Desde cuándo se siente así?”. El hombre contestó de inmediato: “Desde que era un cachorro”.

Me puse a pensar cómo me vería como un therian y me imaginé ser una gigantesca tortuga tipo Galápagos y llegué a la conclusión que tengo ya atributos como el tamaño, el cuello arrugado, la cabeza plana y la lentitud… Pero ahí quedó… Una verdadera locura.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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