Es un instrumento fascinante.
Producto de un complejo proceso industrial, se obtiene parte de la materia prima para su elaboración. Es por medio de otro proceso, más intrincado aún, que el instrumento se convierte de un artículo tangible para después esfumarse del mundo físico por medio de un soplo etéreo.
La conversión de la naturaleza en materia y de ésta en ideas es algo en verdad maravilloso.
Se le llama periódico impreso desde hace centurias. Sus antecedentes se remontan milenios, bajo el nombre de rollo de pergamino, códice, libro… Y hoy, página web, redes sociales, versión electrónica…
Son bases, lienzos, plataformas donde plasmar esas pequeñas figuras negras que llamamos letras.
La materia prima principal no es, sin embargo, el lienzo ni las letras, sino la idea etérea que se busca transmitir a muchos. Así, caracteres y plataformas sirven lo mismo para la transmisión de mensajes constructivos que destructivos, edificantes que dañinos, tersos o rudos, claros o turbios.
Se reciben en pantallas y en papeles. De estos últimos se han hecho defensas férreas que son llamados a su permanencia. En este mismo espacio hemos citado la de Robert Darnton en su magnífica obra “Las razones del libro”, de 2009: “El libro es fantástico para guardar información, cómodo de hojear, confortable para acurrucarse junto a él, se almacena muy bien y es increíblemente resistente. No necesita ser actualizado ni bajado de la Red, no hay que encenderlo ni resetearlo, no hay que conectarlo a ningún circuito o sacarlo de páginas web. Su diseño es un placer a la vista. Su formato consigue que sea agradable tenerlo en las manos”.
En su ya clásica obra “El nombre de la rosa”, Umberto Eco plasma interesantes disertaciones sobre el libro, la más docta, a mi parecer, en la segunda incursión de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk en la biblioteca prohibida. Guillermo amaba los libros, cada uno de los que hallaban “era para él como un animal fabuloso encontrado en una tierra desconocida”.
Porque “El nombre de la rosa” es menos una obra de religión, crímenes o la inquisición, que una novela sobre libros, esos fascinantes instrumentos que transmiten ideas para despertar el genio que habita en nosotros.
“Los libros —dice Guillermo a Adso— no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir”.
Traemos el tema a colación por estar en la semana de los libros en Yucatán, la semana de la Filey. Es en ese gigantesco bazar donde encontramos lo mismo aquellos que transmiten mensajes dañinos que los que edifican, los inocuos que los nocivos y, principalmente, aquellos que transmiten ideas que detonan acciones, movimientos y más ideas.
La Revolución francesa fue un movimiento social que combinó las ideas del enciclopedismo con el hartazgo del pueblo. De haber llegado divorciados a 1789, la toma de La Bastilla no habría sido el movimiento que detonó el nuevo orden social mundial prevaleciente. Las ideas y la fuerza, una combinación que lo mismo ha sido benigna que perversa en la historia.
Asistir a la Filey, como a cualquier librería seria, es un ejercicio de elección sobre con qué pretendemos alimentar nuestro disco duro.
En este sentido, anteayer jueves se presentaron dos obras que, sobre la materia prima que es el papel y por medio de esas pequeñas figuras negras llamadas letras, transmiten ideas que iluminan, conceptos que tienen como fin edificar una sociedad más despierta y menos permisiva. Un par de obras que aportarán datos valiosos al disco duro de sus lectores: “Yucatán, 100 años de historia” y “El valor de la prensa libre”.
Son dos obras editadas con motivo del jubileo por el centenario de Diario de Yucatán.
La primera obra es un repaso por los principales acontecimientos socio-políticos, económicos, culturales y deportivos en el último siglo. El lector descubrirá que aquello que se ha publicado en el Diario en una centuria tiene la impronta de lo que el periodista Ángel Noh Estrada resumió con claridad meridiana en la presentación: “Informar no es solamente transmitir datos sino asumir una responsabilidad social”, un ejercicio donde “la memoria es indispensable”.
“El valor de la prensa libre”, a su vez, es una compilación donde el lector despierto podrá comprender esa idea tan difícil de asir que es por qué existe y debe seguir existiendo el periodismo crítico. Por qué publicar los desvíos y malos manejos de los gobernantes con los recursos públicos. Por qué no aplaudirles. Por qué ir a contracorriente en un país donde tantos optan por la decisión fácil de agacharse y estirar la mano; donde tantos renuncian al periodismo, lo mismo por venderse que por mentir de obra u omisión, o por publicar hojas sin alma periodística.
Las palabras de Kapuszinski siguen siendo un faro que guía a los comprometidos con este quehacer: “Los cínicos no sirven para este oficio”.
De este modo, el concepto “valor” que acompaña el título de la obra no se limita al carácter “valioso” que tiene para toda sociedad esa voz que molesta con sus verdades incómodas, aquella que no deja de iluminar desde las páginas del Diario para exhibir lo incorrecto, lo contrario al deber político, como la extracción de los bienes públicos, degeneración plasmada magistralmente por Tony en la caricatura que engalana la portada.
En el México de hoy, y en el de ayer con el PRI monolítico, y el de anteayer en la Revolución y el de antes de anteayer en el siglo XIX, la palabra “valor” también ha acompañado a los periódicos de Grupo Megamedia con su otra acepción, la de “valentía”. Porque en todos los escenarios en los que han transitado “La Revista de Mérida”, “La Revista de Yucatán” y “Diario de Yucatán” ha sido necesario ser valientes para defender las ideas.
La realidad, afortunadamente, ha impedido a la prensa libre, y le sigue impidiendo, ser pusilánime. Por eso sigue siendo libre.— Mérida, Yucatán
Correo: olegario.moguel@megamedia.com.mx
*Politólogo
