Lo confieso, me ruboricé cuando leí en un texto titulado “El ensayo literario: la libertad de pensar”, de Laura Sofía Rivero, experta ensayista, que existen personas asiduas a este género que ni siquiera saben que leen ensayos, literalmente se topan con él, lo disfrutan, pero no les pasa por la mente ponerle nombre o etiqueta. A mí me sucedió algo peor, me pase décadas escribiendo ese género literario sin saber lo que realmente hacía, hasta que una amiga, Mar Gómez nos propuso a María Elena González y a mí, participar en una mesa de la Filey para abordar este tema en el stand de Sedeculta. Su invitación me llevo a decirle: “pero yo no sé qué rayos es un ensayo” y ella me contestó literalmente “no seas tonta te has pasado años escribiendo ese género”. Enseguida me dediqué a investigar sobre las características de este género literario para saber si lo que me decía era verdad y de ser cierto descubrir cómo pude ser ensayista sin darme cuenta.

Y bien, así descubrí además algo que me encantó. Resulta que al ensayo lo han llamado el género degenerado por su afán de aparentar ser todo a la vez: narración, prosa poética, sermón, discurso, autobiografía, crónica, anécdota, diálogo. Comprendí entonces que todas las herramientas que aprendí en la academia, en el periodismo, la literatura e incluso en mi paso por la política, son las que me permiten hoy escribir ensayos.

Así, en mis largos años en la academia, aprendí a sustentar mis textos en investigaciones científicas, amplia bibliografía y análisis bien sustentados a partir de datos correctamente organizados, exactamente lo que se requiere en un ensayo académico, un gran bagaje de conocimientos que sustenten cualquier afirmación.

Sin embargo, siempre me preocupó un hecho: por lo general los conocimientos de la academia se quedan en las élites universitarias, lo que me llevó a la decisión de romper el cerco recurriendo al periodismo para divulgar los resultados de mis investigaciones antropológicas y hacerlos accesible a amplios sectores no especializados. Pero no solo me interesaba difundir temas académicos, me apasionaba poder mover conciencias y convencer a amplios sectores de la sociedad sobre la necesidad de cambiar el sistema político y las relaciones de dominio entre géneros, clases sociales, etnias y demás.

Pero en este ámbito del periodismo no basta sustentar las afirmaciones, son necesarias técnicas precisas que atrapen al lector o lectora, no necesariamente especialista y lo mantengan interesado en la temática que se expone en el texto. Y para mi buena fortuna estas técnicas me fueron transmitidas por un gran periodista, dueño y director general del más importante periódico del sureste de México, el Diario de Yucatán, me refiero Don Carlos R. Menéndez, hombre de elegante y aguda pluma que marcó la historia del periodismo en México.

“Georgina, ¿me puede decir cuál es el camino más corto entre dos puntos?”, me preguntó ese gran periodista a manera de paternal regaño, hace cuarenta años, ante los horribles zigzagueos en mis artículos que le enviaba para su publicación en el Diario, después de lo cual me enseñó las reglas básicas de un artículo periodístico: iniciar con un párrafo conciso (gancho), el desarrollo de un tema sin tecnicismos, directo y conciso, para finalizar con fuerza, de preferencia retomando la primera idea, ahora fortalecida con la información presentada a lo largo del artículo. Desde ese día utilizo esas indicaciones a manera de formula precisa para escribir mis artículos y resulta que aquello forma parte de la estructura de un buen ensayo.

Pero de corazón inquieto, en mis afanes de cambiar el mundo a través de textos, recurrí también a la literatura, aquí confieso algo: nunca fue la creación literaria un fin en sí mismo para mí, más bien solo una estrategia para lograr textos atractivos que no solo difundieran resultados de investigaciones científicas sino también movieran conciencias. Y resulta que, en un ensayo, no solo es relevante el tema abordado, sino también la forma y originalidad con que la autora lo presenta, donde lo estético y creativo se vincula con el proceso de reflexión.

Fue entonces cuando me encontré en una cafetería con la persona que me inició felizmente en la literatura, Joaquín Tamayo, quien en mi primer taller me dijo muy serio: “Georgina si no sabes describir no puedes escribir literatura”. A partir de ese día puse mi empeño en aprender a hacer descripciones literarias, que además de estéticas incluyeran figuras retóricas como la metáfora y la alegoría. Joaquín, mi primer y muy querido maestro de literatura, me reforzó la idea de escribir para un público general y no especializado, lejos de lo críptico o rebuscado evitando la utilización de tecnicismos y términos complejos.

Posteriormente, los pasos para elaborar un cuento que aprendí en los talleres de otro gran maestro, Carlos Martín Briseño, reforzaron mis habilidades para atrapar a los y las lectoras con mis ensayos, trasladando las técnicas de un género literario al otro. Así, la brevedad e intensidad de un cuento, su estructura; un principio que atrapa y un nudo o problemática central, aprendidos y practicados en sus talleres, me adiestraron para mejorar mis ensayos. Aunque claro, en un ensayo, el final no es inesperado, no hay vuelta de tuerca, más bien debe ser obvio e indiscutible, ya que nuestro fin es convencer a nuestro lector o lectora de nuestra tesis, argumento o punto de vista inicial.

Pero si bien, todo lo expuesto me permite afirmar con orgullo que aprendí a elaborar ensayos gracias a los mejores maestros de diferentes disciplinas, aun sin saberlo, queda por explicar la razón del porqué es mi genero preferido, lo que está relacionado a dos cosas: a mi carácter y a la intensión de mis escritos literarios.

El ensayo, a diferencia de otros géneros, me da algo que valoro mucho: libertad, porque, además de su estructura flexible que permite utilizar las herramientas tanto de la academia, el periodismo o de la literatura, proporciona la posibilidad de algo que me encanta y es el tratar de convencer al lector o lectora de mi punto de vista de manera abierta y sin tapujos. Es decir, no tengo que esconder mis intenciones, ni encubrirlos con artificios, ya que contrario a la máxima que dice: “lo que se tiene que explicar esta mal escrito”, en mis ensayos yo explico y lo hago abiertamente. Tampoco le tengo que rehuir a temas que conciernen a la política por el temor a perder mi “objetividad científica”, porque la subjetividad se vale en los ensayos, lo que no niega la importancia del sustento académico o del cuidado de las formas, para que no se nos acuse luego de escribir panfletos, que dicho sea de paso también son útiles para transmitir ideas ya que pueden hacerse de manera artística, usando el humor y la ironía, lo que también se vale en los ensayos.

Y resulta que, si yo reuniera toda mi producción, incluyendo libros y artículos académicos, mis primeras novelas y cuentos, me encontraría con que la mayoría de las páginas escritas y publicadas por mí, son ensayos. Por lo tanto, es mi genero preferido y al que le he dedicado la mayor parte de mi vida, porque yo soy “totalmente ensayista”.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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