
CARLOS R. MENÉNDEZ LOSA (*)
Suele ser así: cosechamos lo que sembramos, en lo personal y en la vida en comunidad. En política, lo que se siembra desde el poder —en el lenguaje o en los incentivos— tiende a reproducirse y amplificarse en la sociedad. La división engendra fragmentación; el agravio, resentimiento; la descalificación constante del adversario, degradación del debate.
El discurso del odio, tan presente en el populismo latinoamericano, deteriora progresivamente el tejido social. Sus efectos se encadenan: desconfianza generalizada, distorsión del diálogo, debilitamiento institucional e inestabilidad en el largo plazo. La consecuencia es clara: se erosiona la capacidad de construir acuerdos, condición indispensable para el desarrollo democrático.
Desde finales de 2018, la comunicación oficial ha tenido como eje la polarización, eficaz para movilizar el descontento social acumulado. El discurso gubernamental enfrenta al “pueblo” con la “élite”, a “honestos” con “corruptos” y a la “transformación” con los “conservadores” o “fifís”. Se privilegia una lógica de confrontación, con réditos políticos evidentes hasta ahora.
El régimen ha logrado cohesionar a una amplia base de apoyo y, al mismo tiempo, desviar la atención de los crecientes problemas estructurales. Ha sido eficaz en deslegitimar la crítica antes de que prospere y en reforzar su imagen como representante del “pueblo”. Aumenta el control político, pero se multiplican los obstáculos para corregir el rumbo.
Los resultados están a la vista. Clientelismo y propaganda han sostenido un fuerte apoyo popular —aunque las encuestas comienzan a mostrar signos de desgaste—. La crisis económica, sin embargo, se profundiza. Diversos organismos internacionales alertan sobre una fuerte caída en la inversión privada, asociada a la pérdida de confianza.
El régimen lo niega, pero la inseguridad alcanza niveles récord. En los últimos días, Amnistía Internacional, las Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos reportaron serios retrocesos: debilitamiento institucional, expansión del crimen organizado y la consecuente tragedia de las desapariciones: 133,601 personas no localizadas hasta la fecha (bit.ly/3ON1C2D).
Ante el dato demoledor, el obradorato echa más leña a la maquinaria de la manipulación. La pérdida de popularidad le aterra. En Barcelona, la presidenta Claudia Sheinbaum se pronuncia por “un diálogo sincero, respetuoso, de inclusión, que ayude a superar pacíficamente las diferencias ideológicas”, pero al regresar a México retoma el discurso de la división.
En la “mañanera” del lunes pasado, recién llegada de España, arremete de nuevo contra sus adversarios: “la derecha es odio, clasismo, racismo y represión”. Los desacredita como enemigos de los gobiernos que se dicen “progresistas o humanistas”, se cierra al diálogo y “olvida” que días antes afirmó que “la democracia implica elevar el amor por encima del odio” (bit.ly/4uaFyOv).
“PROGRESISTAS”
En la cumbre “en defensa de la democracia”, Claudia Sheinbaum se sumó al llamado en favor del castrismo, principal responsable del sufrimiento del pueblo cubano que los “progresistas” reunidos en Barcelona dicen querer aliviar. Invocó la “libre determinación de los pueblos”, pero respaldó abiertamente a la imputada argentina Cristina Fernández de Kirchner.
Incongruencia y polarización se han vuelto la norma. Llaman al diálogo sincero —donde el adversario no es un enemigo a destruir, sino alguien con quien discrepar sin negarle dignidad—, pero rehúyen construir consensos. Promueven la convivencia pacífica, pero combaten el pluralismo y la tolerancia, pilares de una sociedad diversa, abierta y democrática.
Se llaman “progresistas” porque se asumen moralmente superiores: dicen encarnar los ideales de justicia social, el “avance” frente al “conservadurismo”, aunque la incongruencia los desmienta. Sus adversarios, la odiada “derecha”, son todos aquellos que se oponen al “proyecto”. Personajes como Ricardo Salinas Pliego pueden ubicarse en uno u otro bando según convenga.
Sembrar la división reditúa políticamente en el corto plazo, pero sus consecuencias sociales pueden ser graves. Las expresiones de odio contra visitantes extranjeros pronunciadas por un joven agresor el lunes pasado en el sitio de Teotihuacán deberían motivar una reflexión profunda (bit.ly/4czpmjX). El régimen tendría que asumir la responsabilidad por la polarización que ha promovido.
ACORRALADO
El obradorato luce acorralado: las presiones brotan por todos lados. Los crecientes escándalos de corrupción —comenzando con el multimillonario caso del huachicol fiscal (bit.ly/3QxXaVZ)— y los constantes roces con Estados Unidos —visibles estos días en la crisis diplomática por la polémica presencia de la CIA en Chihuahua (bit.ly/4eJeVeQ)— anticipan un recrudecimiento de la farsa.
Las sociedades que reconocen sus errores están mejor preparadas para no repetirlos. No hacerlo limita las posibilidades de un desarrollo más equilibrado. Sembrar odio y división puede generar réditos políticos inmediatos, pero la cosecha puede ser una sociedad más descompuesta, más desconfiada y menos capaz de sostener una convivencia democrática estable.
Rumbo a las elecciones intermedias de 2027, la disyuntiva es clara: permitir que se siga sembrando odio y polarización, con las consecuencias aquí descritas, o apostar por la siembra de conciencia para cosechar una exigencia ciudadana capaz de poner freno al autoritarismo y la manipulación. A eso le apostamos. Yucatán y México en general lo demandan.— Mérida, Yucatán
direcciongeneral@grupomegamedia.mx / Apartado especial en el sitio web del Diario: yucatan.com.mx(https://bit.ly/4diiiFP)
(*) Director general de Grupo Megamedia
¿Cuál es el mensaje del escrito?
El mensaje central del texto es que la polarización promovida desde el poder político puede ser eficaz en el corto plazo como estrategia de control y movilización, pero tiene costos sociales y democráticos profundos.
A lo largo del escrito se sostiene que el uso sistemático de un discurso de confrontación —que divide a la sociedad en bandos irreconciliables— erosiona el tejido social, debilita las instituciones y deteriora la capacidad de construir acuerdos. Aunque esta estrategia puede sostener apoyo político y desviar la atención de problemas estructurales, termina generando una sociedad más desconfiada, fragmentada e inestable.
En última instancia, el texto plantea una advertencia y una disyuntiva: continuar alimentando la polarización o apostar por una cultura política basada en la conciencia ciudadana, el diálogo y el respeto democrático, como condición para evitar un deterioro mayor del sistema político y social.
