“Lo que nos permite sobrevivir como especie no es la inteligencia ni la fuerza, sino nuestra capacidad de adaptación”.— Natalia Gómez del Pozuelo

Durante mi ejercicio docente como profesor de Ortopedia en la T-1 del IMSS, tenía con mis alumnos un pase de visita los miércoles, al estilo de “Terapia Intensiva”, una divertida sección que se transmitía hace años los lunes por la noche, en el noticiero de Joaquín López Dóriga. La dinámica era simple: tomaba tres expedientes al azar y nos íbamos a pasar visita a la cama del paciente, checábamos las notas, pero sobre todo hacíamos una revisión sobre el diagnóstico, manejo y tratamiento, lo que en el argot médico llamamos: “hacer escoleta”. Un ejercicio guardando las debidas proporciones y con todo respeto a las inolvidables disertaciones junto a la cama del enfermo en el Hospital O’Horán, con mi querido maestro el Dr. Lizardo Vargas Ancona. Los residentes la bautizaron como: “El vuelo de la daga” … ¡y cómo la disfrutaba! Recuerdo cómo al llegar ahí estaban mis alumnos, cerca de una docena, algunos expectantes, otros con mirada de angustia y los menos con sobrada tranquilidad, a los que se agregaban internos de pregrado y hasta algún compañero adscrito. Mientras se revisaba el expediente, se analizaba el caso clínico, desde la integración de los datos, la interpretación de los estudios de gabinete, hasta llegar a un diagnóstico, sugerir el tratamiento y emitir un pronóstico. Los interrogados iban de menor a mayor jerarquía, hasta terminar con el residente de cuarto grado y aquí, justo al llegar al tratamiento, venía para un servidor lo más importante: confrontar los recursos terapéuticos con las posibilidades de lo que se tenía al alcance. Por ejemplo, una fractura no expuesta de tibia: “Dígame, doctor, es usted médico adscrito y está en el hospital Cedars-Sinai Medical Center, en Los Ángeles, qué le haría…”. La respuesta acertada: “…clavo centromedular de titanio, con reducción a foco cerrado asistida con fluoroscopia, etc. etc.”. Continuábamos el interrogatorio: “Muy bien, pero ahora está en un hospital público en México y no cuenta usted con el fluoroscopio”: “Lo mismo, pero reducción abierta…, exponer la fractura”. “Aceptado, pero no tiene usted clavo de titanio”: “Bien, le pongo de acero inoxidable”. “Pero ¿qué cree?, le hablan y le dicen que no hay clavos disponibles” … “Le pongo una placa”. “Ok…, ¿qué placa?”. “De contacto mínimo” … “Pues ni se imagina, de nuevo le hablan y le dicen que no hay”… “Pues una placa de las convencionales”. “Resulta que es su mal día, le comunican que solo hay de material a la mano, lo que traen los equipos de emergencia”…. “Si hay disponibles, le pongo unos fijadores externos”. “¡Muy bien es correcto!”. “Pero, ahí le va: ahora, doctor, está usted en una clínica del IMSS Bienestar en los más remotos confines de México y no cuenta con material de osteosíntesis… “Le pongo un yeso”… Y en medio de las sonrisas, los gestos de aprobación del grupo, remataba: “¿Y si no hay de fibra de vidrio?” Así, en medio de un ambiente lúdico, siempre traté de que mis alumnos tuvieran disponible más de una opción para resolver un problema.

Los médicos, al menos los que fueron mis alumnos, salían con esta buena disposición a adaptarse, más que aquellos formados en centros donde tenían de todo. Cuántas veces se dio que adscritos o suplentes recién egresados de otros centros hospitalarios cancelaran una cirugía por no tener Rayos X en el quirófano, o se negaran a operar por no tener a la mano tal o cual implante. Y es cuando me pregunto: ¿si no es tiempo de ir revisando los programas académicos para enfatizar, y no solo en las especialidades quirúrgicas, sino en general, qué es lo ideal y qué es lo real que se puede ofrecer y otorgarle al paciente y no confinarlo lastimosamente en una camilla o en una cama de hospital por oponerse a ser resolutivos?

Pero hay más, la diferencia entre lo que se puede ofertar a un paciente en un hospital privado a uno público, pueden ser en realidad distintos y aquí entra el juego de las aseguradoras, las casas proveedoras de material (implantes), por ejemplo y el habituar al médico que a nivel privado hace un procedimiento y a nivel institucional en un caso similar, se niegan a hacerlo porque para su criterio no existe tal o cual implante, o argumentan un resultado fatal que no solo comprometa al paciente, sino —y es lo que más sostienen—, sean susceptibles a una demanda, y esto último con sobrada razón, puesto que ahora en los hospitales públicos ya puede un paciente inconforme demandar directamente al médico. Tema que por el momento no abordaremos.

La capacidad de recurrir a más de un método de tratamiento es algo que siempre ha distinguido el ejercicio de la Medicina; si bien el planteamiento es sólido de que tal o cual procedimiento está supeditado al criterio, hoy en día, literal se estrella ante la triste realidad de la saturación de los hospitales públicos y la escasez de insumos.

Pero esta cualidad del médico no es exclusiva, pienso que es más bien una característica de los mexicanos. “Ya se la saben mi gente: ¡A falta de pan, tortilla!”. No es nuevo que usemos el ingenio en los hospitales: por ejemplo, el más célebre, hacer un concentrador de oxígeno para bebés con un pedazo de un envase pet.

Hace unos días, la presidenta se volvió tendencia en las redes sociales al sugerir el uso de gasolina Magna ante el alto costo de la Premium y la recomendación de consumir frijoles como alternativa a la carne, y esto ha generado un intenso debate y polémica; sus declaraciones han sido calificadas por algunos sectores como desconectadas de la realidad económica, mientras que seguidores de la administración las han enmarcado como una invitación a la soberanía alimentaria y a la optimización de recursos.

Era de esperarse la relación con la famosa frase: “si no tienen pan, que coman pasteles” (Qu’ils mangent de la brioche). La cita aparece en las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau (escritas antes de la supuesta escena de María Antonieta), donde la atribuye a una “gran princesa”. En el siglo XVIII, el precio del trigo aumentó drásticamente, haciendo el pan, alimento básico, inalcanzable. Este pasaje literario se ha convertido en un símbolo histórico de la desconexión del gobernante con la realidad.

Si algo caracteriza al mexicano es su capacidad de resolución, de improvisar o coloquialmente: “salir del atolladero”. Y esto es a todos niveles, como traté de ejemplificar al inicio de este texto, pero me temo que este desafortunado desliz presidencial no trascienda más, porque el hambre no es tema menor. Siempre le comento a las nuevas generaciones que no tienen idea de lo que es vivir en un país con una inflación desbordada, era joven, pero aún recuerdo que al subir el precio de la tortilla y la gasolina (en el orden que ustedes quieran), todo se desquiciaba.

Finalmente, Claudia Sheinbaum queda cada vez más expuesta en las mañaneras. Insisto en revisar el tema y hacer el ejercicio semanal…, cuando menos podrían preparase respuestas más empáticas, mientras tanto, a esperar que los nubarrones se dispersen.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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