Olegario M. Moguel Bernal (*)
Como en toda comunidad con reglas estrictas y nula tolerancia al otro, al diferente, en cada secta hay una causa común, la del guía.
En toda secta, cuya regla básica es jamás admitir serlo, los seguidores acompañan al líder en forma incondicional. Lo siguen, sumisos, hasta las últimas consecuencias. Un ejemplo, el Templo del Pueblo (sí, del pueblo), la secta de Jim Jones que, en 1978, fue objeto de un suicidio colectivo de casi un millar de personas, en Guyana.
En toda secta, las reglas que imperan son las internas, por encima de las generales de convivencia social.
En toda secta se rechaza cualquier apego a las leyes mundanas, porque prevalecen las propias.
En toda secta, por eso, se defiende a los miembros, no por su inocencia, sino porque nadie debe arrogarse el papel de jueces más que ellos, en particular el cabecilla. Toda acusación, señalamiento de entes ajenos contra la secta o uno de sus miembros recibirá el rechazo inmediato en primer lugar, la minimización en segundo y, finalmente, la demonización.
Para ella, son los demonios enemigos de la secta quienes promueven las acciones contra sus miembros.
Son aquellos que sufren por la felicidad ajena, la que priva al interior de la secta, los que instan a otros para manchar su divina faz. Aquéllos que anhelan estar en el lugar de ésta y alcanzar su plenitud, pero los pecados capitales que acumulan en sus espaldas se los impiden.
Los individuos ajenos a la secta, según el credo de ésta —repetido una y otra vez para penetrar y permanecer en las mentes maleables de sus partidarios—, son pecadores, arrastran el pecado capital de la envidia, pero también el de la avaricia que mueve sus acciones ambiciosas, mismas que, al no verse cristalizadas, los lleva a caer en el de la ira. Son unos perversos, mientras los sectarios, benévolos, amorosos.
La secta defiende a sus miembros porque el único interés que deben satisfacer es el del líder. Nadie por encima de éste. Nadie al ras suyo. Nadie, si quiere seguir saboreando las mieles de la secta, osa contradecirlo o se atreve a no complacerlo.
Secta es una “comunidad cerrada de carácter espiritual, guiada por un líder que ejerce un poder carismático sobre sus adeptos” (RAE).
Un líder que purifica, perdona con su magnánima mano sobre las cabezas sumisas de los miembros acusados. Un guía que, sin embargo, también castiga, en apego a una sola ley: la suya.
Miembros señalados hay muchos: Bartlett por sus casas y fortuna, Noroña por su casa y frivolidades, Adán Augusto por su cercanía con La Barredora… todos señalamientos rechazados por cada uno de los miembros de Morena. Pero eran señalamientos. No había existido, como ahora, una acusación formal, en este caso de una corte de Nueva York, contra uno de los más visibles miembros de la 4T, el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y nueve funcionarios más, todos de ese estado de la República, todos de la 4T.
La reacciones iniciales: las acusaciones son falsas y sin fundamento, según Rocha Moya, quien no es la mejor fuente para calificarlas. También Relaciones Exteriores, que estrena titular (¿acaso el doctor De la Fuente dio un paso de costado al ver venir la avalancha desde el vecino del norte?), sostuvo que no hay pruebas suficientes para proceder.
También el miércoles, día que estalló la bomba, la Fiscalía General de la República abrió una investigación para determinar si hay elementos que respalden la acusación de la corte de Nueva York. No se necesita ser muy brillante para saber de antemano el resultado de tal pesquisa.
A la mañana siguiente, jueves, la reacción salió de palacio nacional. “Verdad, justicia y defensa de la soberanía” fue el mantra que recitó Claudia Sheinbaum para abrir boca. Exigió pruebas contundentes e irrefutables, pruebas que, “si no existen… es evidente que el objetivo es político”.
Es evidente. ¿Para quién? ¿Evidente que es una treta política de quién y para qué? Si es de la oposición en México, vaya que tiene poder para movilizar a una corte de Estados Unidos y hacer que se lance de forma tan contundente contra altas figuras de Morena.
Si es “evidente” que es una acción política de Donald Trump para elevar su alicaída popularidad de cara a las elecciones de medio término, prepárense entonces porque esto es solo el principio. El mismo jueves, el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes advirtió que esto es solo el comienzo.
En la lectura de su comunicado, Sheinbaum exigió pruebas. ¿A quién? ¿Al país que extrajo de un plumazo a Nicolás Maduro? ¿Al que desató una guerra monumental en medio oriente con el pretexto de armas químicas que jamás se encontraron? Le pide pruebas a un país que no las va a dar, porque solo las exhibe cuando los acusados están sentados en el banquillo de sus cortes.
El comunicado cerró de nueva cuenta con el mantra: “Verdad, justicia y defensa de la soberanía”.
¿Verdad? ¿Cómo creer a un régimen que ha hecho de la mentira un estandarte? Según la firma de consultoría Spin, AMLO dijo más de ciento diez mil afirmaciones falsas, engañosas o no comprobables en las conferencias matutinas que encabezó a lo largo de sus cinco años y diez meses de gobierno. ¿La verdad de quién?
Justicia. En un mundo justo, la titular del Ejecutivo agradecería a la corte de Estados Unidos por tales señalamientos contra la cabeza de un estado y contra miembros de su partido y exigiría cuentas de inmediato, movida por una doble indignación: la de que un grupúsculo criminal haya infestado Sinaloa desde sus más altas esferas, y la de que ninguna de las instituciones de seguridad la haya alertado de semejante barbaridad.
Es por eso que la reacción en contrario, de todo el morenismo, despide un tufo a culpabilidad manifiesta.
Finalmente, la defensa de la soberanía. Soberanía que no se ha defendido en casos en que tampoco se exigieron pruebas contundentes y sí, en cambio, se festinó desde el púlpito matutino, como el de García Luna. No menos culpable, pero sí objeto de celebración y ninguna alusión a la tan cacareada soberanía.
Una secta.— Mérida, Yucatán
Politólogo
