En días pasados se llevó al cabo en el municipio de Chumayel, ubicado al sur del estado, la tradicional fiesta en honor al santo Cristo de la Trasfiguración; celebración que convoca a una gran cantidad de “devotos” de la venerada imagen y que año tras año va incrementando su popularidad.
Es de elogiar la sensibilidad de los habitantes de esa comunidad que con esmero van preservando sus costumbres ancestrales en cuanto a la comida, organización y bailes de la jarana.
No se puede negar la satisfacción que los originarios del poblado sienten en cuanto a su identidad religiosa ya que, al asistir a los convites previos, uno percibe el sano orgullo de la gente que comparte con alegría las viandas de guisos yucatecos, las romerías e historias propias en cuanto a la fe ofrendada al Santo Cristo.
Sin embargo, al mirar una cantidad considerable de páginas alusivas a estas festividades en las redes sociales, me llamó poderosamente la atención el comportamiento de tantos individuos que, al asistir a las corridas de toros, bailes u otros atractivos realizados en honor al culto tributado al Cristo de la Transfiguración, fuera de sí mismos daban espectáculo de violencia y excesiva embriaguez.
Y es aquí donde la pregunta surgió: nuestras fiestas religiosas populares ¿son verdaderamente entendidas en su sentido de fe o simplemente han caído en lo profano? Porque de la respuesta se originará el estilo de vivencia que los asistentes asumirán a la hora de participar de cualquiera de las celebraciones.
Y es que no se trata de censurar como tampoco de condenar la festividad, al contrario, laudable es la promoción de actos que convoquen a todo el pueblo a encontrarse con la finalidad de una sana convivencia; pero en el caso de la reciente fiesta de Chumayel el desorden y las acciones salvajes fueron el triste distintivo que se viralizó en las redes sociales.
Es más, una gran cantidad de personas han popularizado y sobrepuesto el título de “la nacional” a esta festividad local; sin embargo, es la Feria Nacional de San Marcos, en Aguascalientes, la que sustenta esta denominación por ser “la Feria de México”, cuya antigua usanza, como cita el portal de este H. Ayuntamiento, promueve: “la tradición y la modernidad, así como la resiliencia para adaptarse a cada época, siendo un colorido recordatorio de nuestro patrimonio cultural”.
Por lo tanto, resulta erróneo y absurdo denominar “nacional” a los festejos populares de Chumayel en donde las peleas a puño, la indiferencia de los espectadores ante los actos violentos y la falta de límites claros en el consumo de bebidas alcohólicas, eliminan de raíz la consciente promoción de los valores culturales que ennoblecen al ser humano y que son inherentes al honorable título de Nacional sustentado por la Feria de San Marcos.
Ahora bien, ante el sombrío panorama vivido en los festejos al santo Cristo de la Transfiguración, conviene invitar a todos los organizadores y amantes de la piedad popular a que reflexionen sobre el verdadero sentido que conlleva promover estos eventos religiosos.
Ya que la popularidad creciente de peregrinar para ofrendar plegarias o peticiones queda totalmente desvirtuada de su objetivo original, al contemplar la ruptura que se da entre la vida y los valores cristianos.
Como Iglesia católica, el reto es enorme, porque la urgencia de evangelizar a todos sobre la forma de encarnar la buena nueva del Evangelio es apremiante.
Mirar los videos donde la venerada imagen es paseada por las calles, así como también, los signos religiosos estampados en playeras, mantas y un sinfín de objetos portados por tantos asistentes, conviven con testimonios de violencia, venganza o deseos de maldad, son clara evidencia del desafío de la enseñanza doctrinal que por tantos años los fieles han recibido.
Por eso, ojalá que la indiferencia no prevalezca en el corazón de los peregrinos presentes sino sea el deseo de un verdadero cambio que geste fiestas religiosas más humanas y menos paganas.— Mérida, Yucatán
Sacerdote católico
