En el mundo financiero y empresarial siempre ha existido una permanente tensión entre dos conceptos fundamentales: la liquidez y la rentabilidad. Tener dinero disponible para cumplir oportunamente con las obligaciones inmediatas brinda tranquilidad, estabilidad y capacidad de reacción; sin embargo, la búsqueda de una mayor rentabilidad obliga con frecuencia a comprometer recursos, asumir riesgos, invertir, financiar operaciones y enfrentar escenarios inciertos. Esta dualidad financiera ha acompañado históricamente a las empresas, pero en los tiempos actuales el desafío se ha vuelto mucho más complejo.
Tradicionalmente se hablaba del axioma financiero de “liquidez versus rentabilidad”, entendiendo que a mayor liquidez normalmente existía menor rentabilidad, y que para incrementar las utilidades era necesario sacrificar parte de la disponibilidad inmediata del efectivo. No obstante, hoy vivimos una realidad diferente: muchas empresas enfrentan simultáneamente una disminución de la liquidez y una caída en la rentabilidad, situación que genera enormes presiones sobre la operación, el crecimiento y hasta la propia supervivencia de los negocios.
El bajo crecimiento económico que atraviesa el país repercute directamente en la actividad empresarial; cuando la economía se desacelera se generan menos empleos, disminuye el poder adquisitivo de las familias y se debilita el consumo. Aun aquellas personas que conservan una fuente de ingreso enfrentan el impacto del incremento generalizado de precios derivado de la inflación, situación que las obliga a ser más cautelosas y selectivas en sus decisiones de compra.
Todo ello termina afectando de manera directa las ventas de las empresas, menores ingresos implican menor flujo de efectivo, dificultad para cubrir compromisos inmediatos y presión constante sobre las finanzas. Además, al disminuir los volúmenes de operación y mantenerse muchos costos fijos, también se reducen los márgenes de utilidad y, por consecuencia, la rentabilidad empresarial.
En muchos sectores económicos ya se percibe claramente una verdadera guerra de precios, las empresas luchan por conservar clientes y participación de mercado, sacrificando márgenes de utilidad para mantener niveles mínimos de operación. En este contexto aparece además un fenómeno que afecta profundamente a quienes trabajan dentro de la formalidad: la competencia desleal derivada de la economía informal, que reduce el margen de maniobra.
Otro aspecto que afecta seriamente la liquidez de ciertas organizaciones es el relacionado con los impuestos indirectos, particularmente el IVA; existen empresas que por la naturaleza de sus actividades son consideradas de “tasa cero” o con esquemas especiales donde el impuesto pagado en compras y gastos se recuperan mediante devoluciones fiscales en largos períodos.
Por otra parte, los costos de producción y operación continúan incrementándose. Materias primas, insumos, energía, transporte y mano de obra presentan aumentos constantes; sin embargo, las empresas no siempre pueden trasladar dichos incrementos al precio final de venta debido a la debilidad de la demanda y a la intensa competencia existente, como consecuencia, los márgenes de utilidad se reducen peligrosamente.
Muchas organizaciones se encuentran entonces atrapadas en una compleja ecuación financiera: menores ventas, mayores costos, reducción de márgenes, baja liquidez y disminución de rentabilidad; esta combinación genera incertidumbre, frena proyectos de inversión y obliga a replantear estrategias operativas y financieras.
Se suele decir en el mundo financiero que “la liquidez manda”, y existe una gran verdad en esa afirmación. El efectivo disponible es el único activo que puede transformarse de inmediato en cualquier otro bien o servicio. La liquidez permite enfrentar contingencias, aprovechar oportunidades y sostener la operación cotidiana. Una empresa puede poseer grandes activos, instalaciones modernas o importantes inventarios, pero si carece de flujo suficiente puede enfrentar severas dificultades. Sin embargo, la liquidez por sí sola tampoco garantiza el éxito empresarial, de poco sirve conservar dinero inmóvil si la empresa no genera rentabilidad adecuada. La verdadera fortaleza financiera surge cuando existe equilibrio entre una sana liquidez y una rentabilidad suficiente que permita crecer, reinvertir, innovar y crear valor para accionistas, colaboradores y sociedad.
Precisamente en estas etapas complejas es cuando las organizaciones deben fortalecer su capacidad de análisis, coordinación y ejecución. Ya no es tiempo de departamentos aislados trabajando cada uno por separado, las áreas financieras, comerciales, operativas, productivas y administrativas deben actuar de manera integrada, compartiendo información inmediata, alineando objetivos y ejecutando estrategias comunes.
En momentos difíciles también surgen grandes oportunidades para las empresas que saben adaptarse. La innovación, la creatividad, la disciplina financiera y la rapidez para tomar decisiones se convierten en factores determinantes. Las organizaciones que logren reinventarse, cuidar su liquidez, proteger su rentabilidad y mantener la confianza de clientes y colaboradores tendrán mayores posibilidades de superar los desafíos actuales. La historia empresarial demuestra que las crisis también son escuelas de aprendizaje, obligan a revisar modelos de negocio, a eliminar excesos, a fortalecer controles y a valorar la importancia de una administración financiera prudente. Hoy más que nunca, la visión estratégica y el trabajo coordinado serán esenciales para preservar la estabilidad y construir el futuro de las empresas.
Porque al final, la verdadera solidez financiera no consiste únicamente en tener dinero disponible ni solamente en obtener utilidades; consiste en lograr el delicado equilibrio que permita a la empresa operar con estabilidad, crecer con inteligencia y permanecer con fortaleza ante los constantes cambios de la economía.— Mérida, Yucatán
*Doctor en investigación científica. Formador de gobierno corporativo
