Vuelvo a las palabras que poseen una fuerza extraordinaria en la política. Nación es una de ellas. Pocas convocan tantos sentimientos simultáneamente: orgullo, identidad, pertenencia, memoria histórica y destino compartido. Pocas también ofrecen una ventaja política tan grande: permiten simplificar conflictos complejos y reunir bajo una misma bandera a grupos muy distintos entre sí.

Por eso el nacionalismo reaparece una y otra vez en la historia. No sólo en momentos de guerra o amenaza externa. También cuando los gobiernos enfrentan dificultades internas que erosionan su capacidad de persuadir, convencer o gobernar.

La historia está llena de ejemplos.

Cuando la economía se estanca, cuando la inseguridad crece, cuando las instituciones pierden credibilidad o cuando las coaliciones gobernantes comienzan a mostrar fisuras, la apelación a la nación suele convertirse en un recurso político atractivo. No resuelve necesariamente los problemas, pero permite reorganizar la conversación pública alrededor de una pregunta más sencilla: ¿quién está con nosotros y quién está contra nosotros?

La tentación no es exclusiva de México. Aparece en democracias consolidadas y en regímenes autoritarios. Surge en gobiernos de izquierda y de derecha. Donald Trump apeló a ella bajo la consigna de “America First”. Viktor Orbán la convirtió en eje de su proyecto político en Hungría. Recep Tayyip Erdogan ha recurrido frecuentemente a ella en Turquía. Vladimir Putin la elevó a principio rector de la política rusa. Los contextos son distintos. El mecanismo político guarda sorprendentes semejanzas.

México posee una relación particular con el nacionalismo. Forma parte de su historia política. La defensa de la soberanía frente a invasiones, intervenciones extranjeras y presiones de grandes potencias ayudó a construir una identidad nacional robusta. La expropiación petrolera de 1938 se convirtió en uno de sus símbolos más poderosos. Durante décadas, el régimen surgido de la Revolución encontró en el nacionalismo una fuente importante de legitimidad. México supo promover la “tercera vía, el movimiento de los países no alineados en tiempo de la guerra fría y de las tensiones entre los Estados Unidos y la URSS.

Pero la transición democrática modificó gradualmente ese equilibrio.

A medida que avanzaron la pluralidad política, la competencia electoral y la alternancia, los gobiernos comenzaron a ser evaluados menos por su capacidad para encarnar a la nación y más por su capacidad para producir resultados. Seguridad, crecimiento económico, empleo, servicios públicos y combate a la corrupción se convirtieron en criterios más importantes que los grandes relatos patrióticos. La legitimidad dejó de descansar exclusivamente en la historia y comenzó a descansar también en el desempeño.

La defensa de la soberanía es una obligación legítima de cualquier gobierno. Ningún Estado puede renunciar en su discurso a nombrarla y respetarla. El problema aparece cuando la soberanía comienza a transformarse en una narrativa política permanente y cuando las discrepancias ordinarias empiezan a presentarse como amenazas extraordinarias.

La diferencia no es menor: la soberanía regula la relación entre Estados; el nacionalismo regula la relación entre ciudadanos. La soberanía establece límites frente al exterior. El nacionalismo tiende a redefinir quién pertenece plenamente a la comunidad política y quién puede ser considerado sospechoso, desleal o insuficientemente comprometido con la causa común.

Por eso conviene observar con atención ciertos desplazamientos del lenguaje político.

Cuando las discrepancias dejan de ser simples desacuerdos y comienzan a describirse como ataques a la nación; cuando las críticas dejan de ser parte natural de la vida democrática y empiezan a verse como expresiones de amenazantes intereses ajenos; cuando los adversarios dejan de ser competidores legítimos y adquieren gradualmente los rasgos de enemigos, el nacionalismo, el discurso excluyente ha comenzado a ocupar un espacio que antes pertenecía al debate democrático.

Las palabras importan porque modifican la manera en que una sociedad interpreta sus conflictos. Una democracia presupone la existencia de diferencias legítimas. Supone que la ciudadanía pueda discrepar sobre políticas públicas, elecciones, presupuestos o proyectos de gobierno sin dejar por ello de pertenecer a la misma comunidad política.

El nacionalismo, en cambio, suele sentirse más cómodo cuando las fronteras entre discrepancia y deslealtad comienzan a difuminarse. No significa que toda apelación a la nación sea negativa. Sería absurdo sostenerlo. Las naciones existen. Las identidades nacionales también. Lo que merece atención es la tentación de convertir a la nación en respuesta para preguntas que se pretenden evadir.

Porque la inseguridad no se resuelve con símbolos. La corrupción no desaparece mediante consignas. La infiltración criminal no retrocede por decreto patriótico. La debilidad institucional tampoco se corrige mediante apelaciones emocionales.

La nación puede unir, pero no sustituye a las instituciones. Quizá esta sea la lección más importante de estos días.

“Mas si osare un extraño enemigo…”

Los versos del Himno Nacional fueron concebidos para tiempos de invasiones, intervenciones y amenazas contra la independencia de México. Conviene recordarlo.

Porque una democracia convoca adversarios políticos, no enemigos de la patria. Y cuando el nacionalismo comienza a borrar esa diferencia, el “extraño enemigo” deja de ser alguien que llega desde afuera y empieza a ser una persecución que se prohíja desde adentro.

Cuando eso ocurre, la nación deja de ser un espacio compartido y comienza a convertirse en un campo de disputa sobre quién tiene derecho a representarla. Esta ha sido, históricamente, una de las formas más sutiles y persistentes de la tentación nacionalista.

Mal momento para convocar a la unidad denunciando injerencias de quienes llamamos amigos y a quienes procuramos como socios. Peor aún que se busque entre mexicanos a los ocupantes del imaginario Caballo de Troya de un omnipresente enemigo.— Mérida, Yucatán

dulcesauri@gmail.com

Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán