“Muchas son las maravillas, pero el hombre es la mejor. Y lenguaje adquirió y pensamiento veloz como el viento… y a huir aprendió de la helada lluvia”.— Antígona de Sófocles

El fin de semana pasado, la sociedad yucateca fue testigo de las severas afectaciones que la lluvia trajo consigo, al inundar gran cantidad de calles y hogares de distintas colonias y fraccionamientos de esta ciudad de Mérida.

La precipitación dejó testimonio de su poder al causar enormes daños en vehículos, hogares y enseres domésticos de innumerables familias.

Los abundantes vídeos que, en las redes sociales se difundieron, son clara evidencia de la enorme cantidad de agua que se acumuló ante la falta de mantenimiento de pozos y alcantarillado público.

En la colonia Santa Rosa, al sur de la ciudad, fuimos afectados por cortes de electricidad y por el estancamiento del agua ya contaminada por los desperdicios mezclados de la basura callejera.

Más, no obstante, el problema no es nuevo sino recurrente, de tal forma que los disturbios causados tienen que ser motivo de reflexión y acción de parte de las autoridades civiles y sociedad.

Las precipitaciones se han intensificado, la aparición de turbonadas, rayos y caída desmedida de lluvia son ahora una realidad a la cual debemos enfrentarnos; así como también, combatir con estrategias diseñadas y meditadas.

Una contrariedad persistente en la cultura yucateca es la desidia o pereza comunitaria ante la previsión de fenómenos naturales, nos cuesta actuar ante la falta de peligro; no tomamos en serio la capacidad de prevención que nos evitaría efectos severamente dañinos a nuestros bienes y patrimonio.

Cada temporada de huracanes protección civil emite comunicados y directrices a considerar ante la posible llegada de estos fenómenos atmosféricos que, por su intensidad, tienen la capacidad de destruir e inundar nuestros territorios.

Sin embargo, como individuos damos la impresión de ser indiferentes a la exhortación de estar vigilantes y precavidos.

Nadie piensa en la intensidad de la lluvia hasta que se está ahogando.

Ahora bien, de parte de nuestras autoridades estatales y municipales el gran reto a vencer será el aferramiento a su identidad partidista que, en innumerables momentos, obstaculiza el actuar para todos.

La ideología política que actualmente nos ha dividido en ricos y pobres, en guindas o azules, ha conducido a los funcionarios públicos a concentrarse en la promoción de sus propios y ególatras proyectos, descuidando las necesidades apremiantes que la comunidad realmente procura.

Causa impotencia mirar cómo gran cantidad de recursos monetarios se invierten en eventos que pudieran ser presenciados desde los hogares a través de plataformas digitales comunes pero que, por aires de magnificencia, acarrean adeptos y gastos exorbitantes.

Ojalá que nuestros líderes políticos tomen en serio el rubro de mantenimiento del sistema de drenaje de nuestras ciudades y pueblos, a fin de garantizar el cuidado de las viviendas, como todos aquellos equipos o muebles que forman parte de los hogares y que recientemente se vieron dañados por el pasado aguacero.

El filósofo alemán Hans Jonas, conocido mundialmente, por su “principio de responsabilidad”, decía que: “La naturaleza no era objeto de la responsabilidad humana.

Pero en la ciudad, en el artefacto social donde los hombres se relacionan con los hombres, la inteligencia ha de ir ligada a la moralidad, pues ésta es el alma de la existencia humana”.

Por tanto, nos corresponde a todas las personas buscar el bien que hemos dejado de realizar, la prevención que seguimos ignorando, a fin de emprender la limpieza constante de nuestras calles, drenajes y pozos para evitar aluviones.

El tema del cambio climático es hoy urgente, porque la naturaleza no perdona y ante la irresponsabilidad de los seres humanos que la hemos violentado, el cobro de sus efectos se ha recrudecido en el calentamiento global e intensificación de tempestades.

Así que, de presteza resulta el cambio de mentalidad de parte de todos los ciudadanos, porque de permanecer estáticos continuaremos sufriendo los estragos del período de lluvias y ciclones que vivimos anualmente.

Con nostalgia podemos añorar valores que hemos perdido, acciones que hemos olvidado; por lo tanto, autoridades y sociedad erradiquemos la pasividad a actuar ante los fenómenos naturales y promovamos la cultura de la responsabilidad ciudadana.— Mérida, Yucatán

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Sacerdote católico

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