Las madres que no se rinden. “El mundo lo va a ver”, dicen. Y tienen razón. Porque el mundo verá a madres buscando a sus hijos”.
Desde hoy el mundo entero tendrá los ojos puestos en México. Las cámaras mostrarán estadios, banderas, himnos, celebraciones y millones de personas unidas por la pasión del fútbol. Pero mientras la fiesta deportiva ocupa las pantallas, hay otras mujeres que llevan años mirando una sola imagen: la fotografía de un hijo que un día salió de casa y nunca volvió.
Dentro de unas horas, mientras el balón ruede y el planeta entero mire hacia México, miles de personas saldrán a las calles en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Y tambien estarán las madres buscadoras, acompañadas por maestros, pensionados, campesinos, transportistas, trabajadores de la salud y organizaciones civiles. Vestidas de blanco y sosteniendo fotografías y fichas de búsqueda, recordarán al mundo que existe otro México, uno herido por las desapariciones, pero también sostenido por una fuerza capaz de desafiar al miedo y al olvido: el amor de una madre.
Habrá la consigna de “cero violencia, cero provocaciones” y la idea central de que, durante la inauguración del Mundial, “el mundo lo va a ver”.
Porque hay una clase de heroísmo que no aparece en las películas, que no recibe medallas, que no ocupa palacios ni tiene escoltas. Un heroísmo silencioso, desgarrado y obstinado que se alimenta únicamente del amor. El amor de una madre. Mientras las instituciones olvidan, mientras los expedientes se empolvan, mientras la burocracia responde con indiferencia y los responsables se esconden entre la impunidad y el miedo, ellas siguen caminando.
LAS LLAMAN LAS MADRES BUSCADORAS. Pero ese nombre se queda corto. Son arqueólogas del dolor. Centinelas de la memoria. Guardianas de los nombres que otros quisieran convertir en cifras. Mujeres que han aprendido a escarbar la tierra porque el Estado no escarba; a investigar porque nadie investiga; a gritar porque el silencio mata por segunda vez. México se ha acostumbrado a una tragedia que jamás debió normalizarse.
Desde los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa hasta los miles y miles de desaparecidos cuyos nombres apenas alcanzamos a conocer, el horror se multiplica. Y, sin embargo, frente a esa maquinaria de muerte y de olvido, ha surgido una fuerza imposible de doblegar: LA FUERZA DE UNA MADRE.
¿De dónde nace semejante resistencia? ¿Cómo puede una mujer soportar años enteros sin respuestas, sin justicia, sin descanso, sin saber siquiera dónde está el cuerpo de aquel ser al que dio la vida?
La respuesta es sencilla y al mismo tiempo sagrada: Del amor. Porque el amor materno pertenece a una categoría distinta a la de la condición humana. Es providencial. Es eterno. Es una fuerza de la naturaleza. Es un vínculo que ni la muerte ni la violencia ni la ausencia consiguen romper. Por eso ellas no se cansan. Por eso vuelven una y otra vez al monte, a las fosas, a las marchas, a las oficinas donde las ignoran. Por eso cargan fotografías cuando otros cargarían resignación. Por eso siguen pronunciando nombres cuando otros ya habrían sucumbido al olvido.
Cada paso que dan es una acusación moral contra una sociedad que se ha acostumbrado demasiado pronto al horror. Cada pala que hunden en la tierra es una pregunta que nos alcanza a todos. ¿En qué país vivimos, donde son las madres quienes deben hacer el trabajo que corresponde a las autoridades? ¿En qué momento permitimos que el crimen organizado sembrara tanto terror y tanta impunidad? ¿Y cómo es posible que, aun así, ellas sigan siendo capaces de amar?
Porque eso es lo más extraordinario. No marchan movidas por el odio. Marchan movidas por el amor. No buscan venganza. Buscan a sus hijos. Y en esa búsqueda, dolorosa y sublime, nos recuerdan algo que quizá habíamos olvidado: que la humanidad no se sostiene por la fuerza, ni por el poder, ni por las armas. La humanidad se sostiene gracias a quienes se niegan a abandonar a los suyos.
Y nadie encarna mejor esa verdad que una madre. Mientras exista una sola madre buscadora caminando con la fotografía de su hijo entre las manos, todavía habrá una luz encendida en medio de esta oscuridad.
Y mientras ellas se nieguen a rendirse, México tampoco tiene derecho a rendirse. Es un ejemplo para el mundo del poder del amor, de la resistencia y de la determinación de una madre que ha perdido a un hijo en una desaparición, y por quien nadie da cuentas, por quien nadie respeta las quejas.
Sin embargo, ellas siguen con solamente la fuerza y el poder que la resistencia, el amor y el cuidado que una madre puede tener. Y han decidido aprovechar el escaparate mundial para hacer lo que llevan años haciendo: recordar que sus hijos existen. No piden privilegios. No exigen venganza. No buscan protagonismo. Buscan a sus hijos. Nada más. Y nada menos.
Hay algo profundamente conmovedor y casi sobrenatural en esa resistencia. Porque la lógica humana tiene límites, pero el amor de una madre parece no tenerlos. En un país que se ha acostumbrado peligrosamente a las cifras, ellas se empeñan en recordarnos que los desaparecidos no son números. Son nombres. Son abrazos interrumpidos. Son cumpleaños vacíos. Son habitaciones intactas. Son madres que siguen poniendo un plato más en Navidad porque en el fondo del alma todavía habita la esperanza.
Mientras las instituciones se desgastan entre burocracias, expedientes y promesas incumplidas, estas mujeres han hecho lo impensable. Se han convertido en investigadoras, abogadas, rastreadoras, peritos y arqueólogas del dolor. Han recorrido montes, desiertos y fosas clandestinas con una pala en la mano y una fotografía en el corazón. Y siguen. Porque una madre puede agotarse, puede enfermar, puede llorar hasta quedarse sin lágrimas, pero rara vez se resigna.
Hay amores que son pasajeros. El amor materno no. Es una fuerza providencial, antigua y misteriosa que parece desafiar al tiempo, al miedo y hasta a la muerte. Es el mismo amor que hizo a las madres velar noches enteras junto a una cuna, y que hoy las impulsa a caminar kilómetros bajo el sol buscando una respuesta.
Por eso será conmovedor verlas marchar vestidas de blanco. Porque el blanco simboliza la paz. Porque ellas no llevan armas. Llevan fotografías. No llevan odio. Llevan nombres. No llevan deseos de destruir. Llevan la esperanza obstinada de abrazar, o al menos encontrar, aquello que aman.
Quizá el mundo vea partidos memorables. Pero también será hermoso que vea a estas mujeres extraordinarias. Porque mientras millones celebran goles, ellas siguen peleando una batalla infinitamente más importante: la de rescatar del olvido a quienes aman. Y porque, al final, los campeonatos terminan, los trofeos se guardan y los estadios se vacían. Pero el amor de una madre no conoce silbatazo final. Mientras exista una madre buscando, habrá un hijo que seguirá teniendo nombre. Y mientras exista ese amor indestructible, todavía habrá esperanza para México.
El amor de una madre no solamente puede ser inmenso sino que llega a ser invencible tratándose de la búsqueda de un hijo desaparecido. Lo vemos. Lo vivimos. Y lo sabemos. Y nos negamos como ellas, a rendirnos al olvido.— Mérida, Yucatán.
Abogada y escritora
