Ana tiene 29 años y acaba de recibir una noticia que cualquier profesionista celebraría: fue ascendida en el banco donde trabaja.

Después de años de esfuerzo, desvelos y sacrificios, su carrera finalmente está dando resultados. Sin embargo, la felicidad le duró poco.

Esa misma noche, durante una discusión con su esposo, escuchó una frase que la dejó paralizada.

—Si te divorcias de mí, te voy a quitar al niño. Tú trabajas demasiado y no tienes tiempo para cuidarlo.

La amenaza no es tan extraña como parece.

De hecho, muchas mujeres que atraviesan una separación escuchan argumentos similares. Algunas son maestras. Otras son médicas, abogadas, empresarias, policías, enfermeras o empleadas administrativas. Mujeres que todos los días salen de casa para sostener económicamente a sus familias y que, en medio de un conflicto de pareja, comienzan a preguntarse algo que las llena de angustia:

¿Puede una madre perder la custodia de sus hijos simplemente porque trabaja?

La respuesta es clara: no.

Trabajar no convierte a una mujer en una mala madre. Tampoco constituye una razón legal suficiente para privarla de la custodia de sus hijos.

Sin embargo, el mito sigue vivo.

Todavía existen personas que creen que una madre debería permanecer en casa para demostrar que es capaz de cuidar adecuadamente a sus hijos. Bajo esa lógica, una mujer exitosa profesionalmente sería menos apta para ejercer la maternidad.

Pero si aceptáramos ese razonamiento, también tendríamos que concluir que un padre que trabaja largas jornadas debería perder automáticamente la posibilidad de tener la custodia. Evidentemente, eso carece de sentido.

Lo que realmente analizan los jueces no es quién pasa más horas en casa, sino quién garantiza mejor el bienestar de los hijos.

Cuando un tribunal debe decidir sobre la custodia de un menor, la pregunta principal no es cuánto gana el padre o la madre, ni quién tiene el empleo más demandante. La verdadera pregunta es otra:

¿Qué es lo mejor para el niño?

Ese principio jurídico se conoce como interés superior de la niñez y constituye la base de todas las decisiones relacionadas con menores de edad.

Por ello, los jueces valoran factores como la estabilidad emocional del menor, la calidad de los vínculos afectivos, la atención que recibe, el entorno familiar en el que vive, su seguridad y su desarrollo integral.

Lo que muchas personas desconocen es que existen madres trabajadoras que conservan la custodia de sus hijos y padres trabajadores que también la obtienen. El hecho de tener un empleo, una profesión o una carrera no determina por sí mismo quién será considerado el mejor cuidador.

Además, las autoridades tienen la obligación de evitar decisiones basadas en prejuicios o estereotipos de género.

Durante décadas se normalizó la idea de que el hombre debía trabajar y la mujer quedarse en casa. Hoy la realidad es distinta. Millones de mujeres sostienen económicamente a sus familias sin dejar de ser madres comprometidas y presentes.

Una mujer no pierde derechos sobre sus hijos por estudiar, trabajar, emprender o crecer profesionalmente.

Por el contrario, ejercer una profesión y ejercer la maternidad son actividades perfectamente compatibles.

La verdadera discusión nunca debería ser si una mujer trabaja demasiado. La verdadera discusión debe centrarse en si los hijos reciben amor, atención, protección y estabilidad.

Porque una madre no se mide por las horas que pasa en una oficina.

Se mide por la calidad del tiempo, el cariño, el ejemplo y el compromiso que brinda a sus hijos todos los días.

Y ninguna promoción laboral debería convertirse en una amenaza para conservar aquello que más ama en el mundo.— Mérida, yucatán

Doctor en Derecho, especialista en Derecho Familiar

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