Vivimos una época políticamente ruidosa. Muchos líderes han descubierto que la tensión constante cautiva la atención pública. La confrontación genera audiencia, el exceso emocional produce lealtades inmediatas y la irritación acaba convirtiéndose en una forma de poder.
Hay gobiernos que administran presupuestos. Otros comprenden que el estado anímico de una sociedad puede acercarla a la lucidez o al desgaste. Poco a poco, las sociedades terminan absorbiendo el tono de quienes las gobiernan: la impaciencia, el cansancio, la incapacidad de escuchar.
La pandemia de Covid-19 profundizó esa sensación de ansiedad colectiva. Mientras buena parte del mundo asistía a conferencias cargadas de dramatismo, cifras alarmantes y discursos cada vez más estridentes, apareció una figura política que proyectaba algo inusual: serenidad. La entonces primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, entendió que conducir una crisis también implicaba evitar que el miedo consumiera la conversación pública.
Su autoridad no descansaba en la agresividad, el culto personal ni la necesidad de dominar cada minuto de atención mediática. Había en su manera de comunicar una mezcla de firmeza y contención. Explicaba decisiones difíciles sin convertir cada aparición pública en un combate político. En tiempos dominados por la hiperactividad verbal y el espectáculo permanente, aquella sobriedad resultaba casi desconcertante.
“Sé fuerte, sé amable”, repetía con frecuencia. La frase podría parecer simple si no hubiera estado acompañada de decisiones difíciles, cierres fronterizos, confinamientos y costos políticos reales. Pero precisamente ahí residía parte de su singularidad: demostrar que la empatía no es incompatible con la firmeza. Durante demasiado tiempo, la política ha confundido autoridad con intimidación y liderazgo con estridencia. Ardern representó una anomalía en una época fascinada por el ruido.
Ardern llegó al poder en 2017 con apenas 37 años, convirtiéndose en una de las jefas de gobierno más jóvenes del mundo. Creció en una comunidad de Nueva Zelanda y llegó a la política desde las juventudes laboristas. Su ascenso coincidió con un clima internacional marcado por la polarización y el liderazgo confrontativo.
Por eso su estilo llamó tanto la atención: parecía provenir de otra época emocional.
La política moderna parece convencida de que ejercer el poder implica vivir en combate constante. La moderación suele interpretarse como debilidad y la calma como falta de carácter. Las redes sociales aceleraron esa lógica: el escándalo desplaza a la reflexión, la indignación reemplaza a la conversación y el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien a quien debe destruirse públicamente. Poco a poco, el espacio público acaba convertido en una dinámica de desgaste colectivo.
Las democracias no solo se polarizan, también se desgastan. El ciudadano saturado de confrontación pierde capacidad de escuchar, desconfía de todo y reacciona desde el enojo antes que desde la razón. Entonces el liderazgo deja de orientar y comienza simplemente a administrar emociones intensas.
La política moderna descubrió que el miedo moviliza más rápido que la serenidad. Quizá por eso la experiencia de Nueva Zelanda llamó tanto la atención durante la pandemia. Más allá de las medidas concretas, existía algo profundamente importante: confianza.
Millones de personas aceptaron restricciones extraordinarias no solo por temor, sino porque percibían que el gobierno les hablaba con honestidad. Ardern parecía comprender algo esencial para cualquier democracia: la confianza pública tarda años en construirse y apenas unos meses en destruirse.
Ése es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Muchas democracias han descubierto que resulta más rentable alimentar la irritación que construir confianza. La tensión constante produce obediencia rápida, pero erosiona lentamente la convivencia. Y la política se convierte poco a poco en una competencia por dominar anímicamente el espacio público.
Esa capacidad de contener sin trivializar el dolor también apareció después del atentado terrorista en Christchurch. “Ellos son nosotros”, dijo Ardern al referirse a las víctimas musulmanas. La frase resonó porque establecía un límite moral frente a la fragmentación actual. En una época donde tantos dirigentes parecen beneficiarse de dividir, señalar o exacerbar resentimientos, aquella reacción transmitía cohesión.
No se trataba de ingenuidad. Gobernar implica tomar decisiones difíciles y asumir costos. Pero existe una diferencia importante entre ejercer autoridad y alimentar continuamente el conflicto para conservar relevancia pública. Muchos dirigentes parecen incapaces de gobernar sin confrontación constante. El problema es que las sociedades terminan absorbiendo esa misma ansiedad.
Uno de los momentos más reveladores de Jacinda Ardern ocurrió cuando decidió renunciar. No lo hizo en medio de un escándalo ni tras una derrota electoral inmediata. Simplemente reconoció que ya no tenía la energía necesaria para ejercer el cargo. “Soy humana”, dijo entonces. La frase resultó desconcertante precisamente porque la política moderna parece exigir lo contrario: líderes incapaces de admitir cansancio, límites o desgaste.
En muchas partes del mundo, el poder ha dejado de entenderse como una responsabilidad temporal para convertirse en una prolongación personal de quienes lo ejercen. Permanecer parece más importante que servir. Retirarse se interpreta como fracaso. Admitir agotamiento se considera debilidad. Por eso aquella decisión tuvo una dimensión ética poco común: recordaba que ejercer autoridad también exige honestidad frente a las propias limitaciones.
Quizá esa lógica no se limita únicamente a los gobiernos. También aparece en las familias, las empresas y cualquier espacio donde alguien ejerce autoridad. Los hijos terminan absorbiendo el tono emocional de sus padres. Los equipos suelen parecerse al ánimo de quienes los dirigen. Un líder irritado transmite ansiedad; uno incapaz de escuchar produce silencio o miedo. La autoridad no sólo organiza conductas. También moldea climas emocionales.
Tal vez por eso las sociedades terminan pareciéndose emocionalmente al tono de sus gobernantes. Cuando el poder vive instalado en la confrontación, el miedo o la irritación permanente, la convivencia empieza a erosionarse lentamente. Pero cuando la autoridad transmite serenidad, mesura y confianza, es posible preservar algo indispensable: claridad.— Cancún, Quintana Roo.
Empresario y analista cívico
