Guillermo Fournier Ramos

Cuando en México —y en muchos otros países— se habla de educación, la discusión suele girar en torno a cuestiones meramente políticas. Desde luego, la política educativa es indispensable para lograr objetivos concretos y medibles, pero si la politiquería deja a un lado las estrategias y lineamientos de formación y aprendizaje, entonces caemos en el error.

Al preguntarles a políticos, expertos, y a la gente en general, todos parecen coincidir en la importancia de apostar por la educación para el desarrollo de la nación. Paradójicamente, existe un consenso al respecto, y a la par, un rezago educativo persistente que afecta a decenas de millones de personas, según datos oficiales del gobierno mexicano.

Dicho de otro modo, validamos en el discurso aquella frase de Nelson Mandela que describe a la educación como la herramienta más poderosa para mejorar el mundo, mientras los esfuerzos por hacer efectiva tal afirmación resultan insuficientes a todas luces.

Para nadie es un secreto que los países más industrializados y con mayores estándares de calidad de vida cuentan con sistemas educativos de primer nivel. Ahí tenemos el ejemplo de Corea del Sur, que hasta hace unos setenta años tenía un desempeño económico por debajo del de México, y tras décadas de invertir en educación se ha consolidado como una potencia global en desarrollo.

Entretanto, en nuestro país prevalece una mafia sindical que muchas veces desvirtúa la misión educativa, además de que la carga ideológica se ha impuesto en los últimos años, en detrimento de la calidad de la educación que reciben los alumnos en las aulas. Para muestra los libros de texto gratuitos plagados de errores no solo de ortografía, sino también de información imprecisa, o de plano equivocada.

El propósito de la educación debe ser dotar de recursos a las personas para enfrentar los retos que se les presenten a lo largo de la vida. Sin embargo, hemos heredado un modelo educativo que privilegia la memorización y el aprendizaje mecánico, sin cuestionamientos. De poco sirve este método para lidiar con los desafíos de un mundo tan dinámico y cambiante como el del siglo XXI.

Las formas de evaluación del modelo educativo tradicional también son deficientes. Usamos exámenes estandarizados cuando hoy sabemos que los ritmos de aprendizaje pueden variar de persona a persona y que existen diferentes tipos de inteligencias. Las pruebas tienden a enfocarse en identificar aquello que el estudiante ignora, en lugar de motivarle a demostrar de modo práctico qué es lo que sí aprendió.

Copiar en un examen está prohibido, pero en el ámbito profesional y en la vida cotidiana la norma —o el ideal— es la cooperación. La creatividad se fomenta muy poco, e incluso se desincentiva en algunos contextos, ya que los programas curriculares son rígidos e inflexibles. La expresión artística y el deporte son minimizados en la mayoría de los casos, frenando el proceso de desarrollo del talento.

Avanzar en la construcción de un sistema educativo funcional es posible, aunque primero hay que extirpar las posiciones político-ideológicas, para comprender que la educación es ciencia, innovación y conocimiento neutros, sin preferencias de izquierda o derecha. Y por supuesto, la dimensión ética debe estar presente en el proyecto educativo, con el fin de volver a los valores.

La escuela es la segunda casa, y el hogar es la primera escuela. Si aspiramos a que las nuevas generaciones de mexicanos sean personas de bien, hay que empezar por inculcar valores y principios desde los primeros años de vida. Claro está, dichas convicciones deben reforzarse en el colegio, en todos los niveles educativos. Materias como la de Formación Cívica y Ética tendrían que ser devueltas a los programas de estudio.

Poner énfasis en el aprendizaje de habilidades blandas como el trabajo en equipo, el pensamiento crítico, la comunicación efectiva y el pensamiento creativo será crucial para que los alumnos desarrollen las capacidades y aptitudes para salir bien librados ante los múltiples retos que tendrán por delante.

Hay que invertir mucho más del presupuesto público en ciencia, tecnología e innovación, con el objetivo de generar mayor valor para la economía. Así lo han hecho países como Japón y Taiwán con excelentes resultados. Destinar recursos del erario no es un lujo sino una condición necesaria para subirnos al tren del progreso y que el futuro no nos deje atrás.

El bajo empleo formal y la falta de crecimiento económico son problemas que solo podrán superarse si apostamos por una educación de calidad, con programas curriculares actualizados, y siguiendo las mejores prácticas en materia educativa.

De mantener los elevados índices de rezago educativo y mal desempeño en pruebas estandarizadas internacionales como PISA, habrá poca esperanza de que aspiremos a convertirnos en un país desarrollado e industrializado, con un PIB per cápita suficiente para que el grueso de la población entre de lleno a la clase media y viva sin carencias materiales.

Educación, educación y más educación, como dijera el ex primer ministro de Reino Unido Tony Blair, al ser cuestionado sobre cuáles eran sus tres prioridades al asumir dicho cargo político. Esa es la respuesta.— Mérida, Yucatán

Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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