Hay noticias que no deberían pasar inadvertidas. No porque sean escandalosas, sino porque nos obligan a detenernos y preguntarnos qué está ocurriendo con nuestros niños y nuestros jóvenes.

El Centro de Integración Juvenil (CIJ) en Yucatán informó que, durante el último año, más de dos mil personas recibieron atención por problemas relacionados con el consumo de sustancias. Detrás de esa cifra hay dos mil historias de dolor, de familias que un día descubrieron que un hijo, una hija, un hermano o un padre necesitaban ayuda.

La directora estatal del CIJ, Anabel Caraveo Novelo, explicó que, aunque la misión principal de la institución ha sido atender a la población juvenil, la realidad los ha llevado a abrir sus puertas a cualquier persona que busque apoyo médico y psicológico. Es una decisión que refleja una verdad incómoda: las adicciones ya no distinguen edad, condición económica ni nivel educativo.

El Centro de Integración Juvenil lleva 57 años trabajando en México. Son más de cinco décadas dedicadas a prevenir, tratar y acompañar la recuperación de quienes han caído en el mundo de las drogas. Sus 120 unidades distribuidas en el país representan una esperanza para miles de familias, pero también evidencian la dimensión de un problema que continúa creciendo.

Lo que hoy preocupa especialmente es el aumento del consumo de sustancias sintéticas. Son drogas fabricadas en laboratorios clandestinos, muchas veces con componentes desconocidos, capaces de provocar daños irreversibles e incluso la muerte desde el primer consumo. Lo más alarmante es que llegan con facilidad a manos de adolescentes que, movidos por la curiosidad, la presión de grupo o la falsa idea de que “probar una vez no hace daño”, terminan atrapados en una realidad para la que nadie los preparó.

Vivimos en una época en la que nuestros hijos saben manejar un teléfono inteligente antes de aprender a identificar un peligro. Internet les abre las puertas al conocimiento, pero también a los riesgos. Nunca había sido tan fácil acceder a información, hacer nuevos contactos… o encontrar a quien ofrece drogas con absoluta impunidad.

Sin embargo, el verdadero antídoto sigue estando donde siempre ha estado: en la familia.

No existe aplicación que sustituya una conversación sincera entre padres e hijos. No hay algoritmo que reemplace una mirada atenta, una comida compartida, un abrazo oportuno o el tiempo dedicado a escuchar sin juzgar.

Muchas veces creemos que estas tragedias les ocurren a otros. Pensamos que, porque nuestros hijos estudian, practican un deporte o pertenecen a una “buena familia”, están protegidos. La realidad demuestra lo contrario. Las adicciones no respetan apellidos, colonias ni niveles de ingreso.

Por eso la prevención debe dejar de ser una campaña ocasional para convertirse en una cultura permanente. Las escuelas, las autoridades, los medios de comunicación, las organizaciones civiles y las iglesias tienen un papel importante, pero nada sustituye el ejemplo cotidiano que reciben los hijos dentro del hogar.

También debemos dejar de estigmatizar a quien pide ayuda. Reconocer un problema de adicción requiere un enorme valor. Quien acude a un Centro de Integración Juvenil no merece señalamientos, sino acompañamiento. La recuperación comienza cuando alguien encuentra una mano que lo sostenga, no un dedo que lo acuse.

Hoy Yucatán enfrenta un desafío silencioso que no aparece todos los días en los encabezados, pero que avanza poco a poco entre nuestras comunidades. Combatirlo exige información, educación y una participación activa de todos.

Nuestros niños y nuestros jóvenes representan el futuro del estado. Cuidarlos no es únicamente un acto de amor familiar; es una responsabilidad social. Porque cuando una droga destruye la vida de un joven, la pérdida no es solo de una familia: es de toda la sociedad.

Ojalá que las cifras que hoy nos preocupan sirvan para despertar conciencias y no para acostumbrarnos a ellas. Las estadísticas pueden olvidarse con el tiempo, pero la vida de un joven que logra salvarse gracias a la prevención y al apoyo oportuno vale infinitamente más que cualquier número.— Mérida, Yucatán

Abogada y escritora

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