“Es obediente, dócil y muy inteligente”. El dueño de la tienda de mascotas encomiaba al perro que quería venderle a doña Panoplia. Preguntó ella: “¿Y de pedigrí?”. Respondió el hombre: “El perrito no bebe”.

México carece de muchas cosas. No tiene, por ejemplo, instituciones democráticas confiables, ni un sistema recto de administración de la justicia. Su libertad de verdad está ahora seriamente amenazada.

Nuestro país es dueño, sin embargo, de algo que ninguna otra nación del mundo posee: el albur. Don Juan Palomar de Miguel, eminente lexicógrafo, lo define con elocuencia: “Recurso ingenioso de la picardía popular mexicana, cargado de connotaciones sexuales agresoras, que requiere de una gran habilidad de palabra y de una relampagueante habilidad mental. En sus mil formas lúdicas de desafío verbal, los albures son un monumento gigantesco al ingenio mexicano”.

En el sexenio de Luis Echeverría, el director de un Consejo que tenía que ver con cosas científicas y tecnológicas, apostó con un amigo a que albureaba al Presidente en público. En un discurso ante campesinos el tal funcionario le dijo a Echeverría: “Señor Presidente: sigamos haciendo justicia a los hombres que trabajan en el surco terroso”.

Apeles, pintor griego de la antigüedad, tuvo alburero nombre cuando aún no existía el albur. En cierta ocasión un zapatero le hizo notar algún defecto en un zapato que había pintado. De inmediato Apeles lo corrigió. Animado por ese reconocimiento el remendón pretendió señalar otras faltas en el cuadro. El pintor le dijo entonces algo que después trascendería en su versión latina: “Sutor, ne ultra crepidam”. Zapatero, no más allá del zapato. Dicho de otra manera: “Zapatero, a tus zapatos”.

El Ejército recibió de López Obrador atribuciones ajenas por completo a sus funciones constitucionales. Así desvirtuado —evito decir corrompido—, el Instituto Armado llevó a cabo obras cuyas fallas están apareciendo ahora, como la señalada por Reforma en el caso del edificio construido por la secretaría de la Defensa Nacional para el Poder Judicial de Oaxaca. Cabría decir a los mílites: “Zapatero, a tus zapatos”. Desdichadamente parece ser que algunos de ellos ya olvidaron cuáles son sus zapatos.

Preciosos versos escribió López Velarde acerca de su “sed constante de veneros femeninos”. Creía ser un “árabe sin cuitas / que siempre está de vuelta / de la cruel continencia del desierto, / y que en medio de un júbilo de huríes / las halla a todas bellas y a todas favoritas”.

No sé si alguien lo haya dicho antes, pero creo que lo de “árabe sin cuitas” alude a la expresión Arabia Félix, o Arabia Feliz, usada en los antiguos mapas. El caso es que cuando el sultán Atte llegó a su alcoba lo esperaban ahí 10 bellas y ansiosas odaliscas. “Lo siento, chicas —les dijo—. Esta noche vengo muy cansado. Dos de ustedes tendrán que retirarse”.— Saltillo, Coahuila

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