Hace algunos años, uno de mis hijos tenía un sueño muy particular: quería formar parte de la escolta de su escuela.

Mucho antes de llegar al grado en el que podía aspirar a formar parte de ella, comenzó a interesarse por todo lo relacionado con la escolta. Leyó el reglamento, averiguó cuáles eran los requisitos y descubrió que, entre otras cosas, debía mantener un buen promedio y no tener avisos disciplinarios. En su escuela, el privilegio de formar parte de la escolta estaba reservado a los alumnos de sexto grado con los mejores promedios. Y aquello, lejos de parecerle injusto, lo tomó como un reto. Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Cuando finalmente llegó a sexto grado, se inscribió como interesado en formar parte de la escolta. Se había esforzado en sus calificaciones, había cuidado su conducta y finalmente lo logró. Pero la historia no terminó ahí. Tenía una meta muy específica: quería ser el sargento de la escolta.

Cuando se hizo la primera distribución, le correspondió una de las posiciones de retaguardia. Podría haberse quedado ahí y pensar: “Ni modo, me tocó este lugar”. Pero no lo hizo. Él quería ser el sargento y entendió que, si quería conseguirlo, tenía que prepararse.

Entonces comenzó una de esas escenas que como madre jamás voy a olvidar. Practicaba en la casa. Daba vueltas alrededor de la mesa, marchaba, se detenía, volvía a marchar y gritaba sus órdenes de sargento una y otra vez. A veces aquello nos hacía sonreír. Marchaba alrededor de la mesa con mucha seriedad como si estuviera frente a toda una escuela.

En casa les hemos enseñado a nuestros hijos que pueden intentar lograr lo que quieran, pero también que para conseguirlo se requiere esfuerzo, disciplina, perseverancia y responsabilidad. Que no deben rendirse. Si intentan algo y no lo logran, deben prepararse mejor y volver a intentarlo. Que cuando una puerta no se abre, antes de concluir que el mundo fue injusto con ellos, deben preguntarse qué pueden hacer para estar mejor preparados cuando aparezca la siguiente oportunidad.

Mi hijo practicó durante semanas. Un día consideró que ya estaba listo, se armó de valor y habló con el profesor encargado de la escolta. Le pidió una oportunidad. En esencia, le dijo: “Pruébeme”.

Y lo probaron. Lo hizo bien y terminó convirtiéndose en el sargento de aquella escolta.

Para mí, esa historia tiene mucho más valor que el simple hecho de que mi hijo haya conseguido una posición que quería. Durante ese proceso aprendió que una persona puede no estar preparada hoy y estarlo mañana si trabaja para conseguirlo. Aprendió que el talento ayuda, pero que la disciplina puede llevarlo mucho más lejos. Aprendió que recibir una responsabilidad también significa estar a la altura de ella.

Por eso, hace unos días, cuando conocí la noticia de que en la Ciudad de México se había modificado el criterio para integrar las escoltas escolares, bajo el argumento de promover la inclusión, la igualdad y la no discriminación, estableciendo un esquema rotativo para que más alumnos pudieran participar, pensé inmediatamente en esta historia. Sé que esta medida todavía no aplica en Yucatán, pero me parece que vale la pena detenernos a reflexionar sobre lo que estamos enseñando a nuestros niños cuando eliminamos de manera general los criterios que reconocen el esfuerzo y el desempeño.

No considero elitista ni excluyente pedir que un niño que forme parte de la escolta de su escuela tenga buenas calificaciones y buena conducta. Las buenas calificaciones no son un privilegio reservado para unos cuantos. La disciplina tampoco. No hablamos de una característica genética ni de algo que una familia pueda comprar. Hablamos de condiciones que, con esfuerzo, acompañamiento y constancia, cualquier alumno puede aspirar a alcanzar.

Y aquí está, para mí, la diferencia fundamental. Una cosa es decirle a un niño que no puede formar parte de una escolta porque no tiene las mismas posibilidades económicas que otro. Eso sí sería muy injusto. Otra muy distinta es decirle que necesita mejorar sus calificaciones o su conducta para aspirar a formar parte de ella.

En este segundo caso, no les estamos cerrando la puerta, sino les estamos señalando un camino. Les estamos diciendo: estudia más, mejora tu comportamiento, sé constante, prepárate y demuestra que puedes asumir la responsabilidad. Eso no es exclusión. Es formación.

Desde hace algunos años veo con preocupación una tendencia a querer eliminar cualquier diferencia entre esfuerzo y resultado. Parece que nos incomoda que alguien reciba un reconocimiento porque trabajó más. Nos preocupa que un niño se sienta mal porque otro obtuvo el primer lugar. Nos preocupa que exista competencia y, para evitar la frustración, terminamos intentando eliminar aquello que la produce.

Pero la vida no funciona así. Cuando una conducta tiene una consecuencia positiva, existe un incentivo para repetirla. Si una empresa reconoce la productividad, genera un estímulo para mejorar. Si una escuela reconoce el desempeño, está enseñando que el esfuerzo tiene recompensa.

Es preocupante ver la sobreprotección que viven los niños hoy en día. Quizá, sin darnos cuenta, estamos privándolos de algo que necesitarán durante toda su vida: la capacidad de enfrentarla.

Deberíamos tener muy claro que incluir no significa igualar por abajo. Exigir no significa excluir. Y algunas veces, la manera más amorosa de decirle a un niño “creo en ti” es decirle: “Prepárate. Esfuérzate. Inténtalo otra vez. Y cuando estés listo, ve por ello”.

Porque si cada vez que un niño encuentra una dificultad nuestra respuesta es quitarle el obstáculo, llegará un momento en que no sabrá qué hacer cuando encuentre uno que nadie pueda quitarle.

Y eso me preocupa pensando en las generaciones que estamos formando. ¿Qué pasará cuando lleguen a la vida adulta y quieran obtener las cosas sin tener que esforzarse? ¿Qué sucederá cuando crean que merecer algo es suficiente para tener derecho a recibirlo?

Yo tuve la fortuna de ver algo distinto en mi hijo. Vi a un niño que no esperaba que alguien le regalara la posición que quería. Quería ganársela. Y también vi a los demás integrantes de aquella escolta trabajar durante meses para consolidarse como equipo. Aprendieron a caminar al mismo ritmo, a coordinarse, a corregirse y a confiar unos en otros.

Por eso me pregunto qué ocurrirá con las nuevas generaciones si dejamos de enseñarles que hay metas que requieren preparación y responsabilidades que requieren estar a la altura de ellas.

Poco antes de que terminara aquel curso escolar ocurrió algo que terminó de darle sentido a toda esta reflexión. La escuela de mi hijo fue sede de una Copa Nacional. Ese día la escolta se lució como nunca. Marcharon con gallardía, disciplina y precisión, con esa seriedad que uno espera cuando ve a unos niños llevando la bandera de México.

Yo estaba ahí como mamá y sentí un orgullo difícil de explicar. Porque cuando uno ve a su hijo marchar con el lábaro patrio, entiende que no está viendo solamente a un niño caminando. Está viendo meses de ensayos, correcciones, trabajo en equipo y disciplina. Está viendo cientos de pasos que nadie vio antes de aquel momento.

Y mientras los veía avanzar, pensé en mi hijo dando vueltas alrededor de una mesa, practicando una y otra vez aquellas órdenes de sargento. Pensé en el momento en que decidió pedirle a su profesor que le diera una oportunidad. Pensé en todos esos niños que habían aprendido a caminar al mismo ritmo. Y entendí que la exigencia que les habían puesto para formar parte de aquella escolta no había sido un obstáculo. Había sido parte de su formación.

Porque, al final, no solo aprendieron a marchar. Aprendieron a esforzarse, a seguir instrucciones, a liderar, a trabajar en equipo y a asumir responsabilidades. Aprendieron que llevar la bandera de México es un honor que merece el más profundo respeto.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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