“El toreo es el único arte que juega con la muerte”.— Henry de Montherlant
La jueza federal Patricia Espinoza Salas, titular del Juzgado Cuarto de Distrito, prohibió el uso de instrumentos y prácticas que lesionen, hieran o agredan a los toros durante las corridas previstas los días 22 y 23 de agosto pasados en Muna, en el marco de las celebraciones a la Virgen de la Asunción. Algo similar se había aplicado en Seyé, Tixkokob y Temozón. La resolución concedida dentro de un juicio de amparo promovido por Animal Heroes y PETA Latino. El evento se canceló. Esto ocasionó para la parroquia de la Asunción, una pérdida de 600 mil pesos, solamente por la suspensión. El alcalde se deslindó y señaló que el evento estaba organizado por un grupo parroquial, claro, con el indispensable permiso del munícipe. La medida derivó en el reciente enfrentamiento que hemos visto entre taurófilos y antitaurinos, si bien no ha sido el único, sí fue muy ríspido. Simpatizantes de la fiesta brava (toreros, ganaderos y palqueros) protestaron, frente a un contingente más reducido de activistas defensores de los animales. Insultos y conatos de bronca provocados por algunos asistentes, incluido el extorero “Michelito” Lagravere. Las fuerzas del orden tuvieron que intervenir. La misma medida se ha decretado para Cansahcab, Sotuta y Ucú.
Este tipo de prohibiciones no son nuevas. Ignacio Ramírez “El Nigromante” fue el primero en hacer un decreto cuando fue secretario de gobierno en 1847. En abril de 2025 se aprobó por el Congreso de la CDMX esta ley que establece cambios tan radicales a la llamada fiesta brava que, le asestó una certera estocada y desató tremenda gresca entre taurófilos y antitaurinos. Este decreto señala que: “…las corridas de toros, novilladas, rejoneo y demás eventos relacionados se realicen sin violencia, es decir, sin causar lesiones o la muerte a los animales que participan. Para evitar lesiones en otros animales o personas deben proteger los cuernos del toro y/o novillo. Solo podrán utilizarse el capote y la muleta y, queda prohibido cualquier objeto punzante que provoque heridas, lesiones o la muerte del toro o novillo, como la puya, banderillas, estoque, descabellos y puntillas. Si se causan lesiones o muerte de los animales involucrados, habrá sanciones económicas”.
Soy antitaurino, pero me queda claro que en la llamada fiesta brava, todo tiene una razón de ser: desde el toro que es criado exprofeso, una raza específica; el torero que es un atleta, una persona que se entrena en una rutina concreta, que está con los cinco sentidos puestos sobre el toro, que conoce el arte elusivo de evitar una embestida. Los rejoneadores, basta ver la protección en sus piernas, la forma de cabalgar alrededor del toro, ni qué decir del caballo protegido, y por si fuera poco provistos de la pica. La lidia se divide en tres partes o tercios: el de picar o de varas, el de banderillear y el de matar. Esto va precedido del “toreo de capa”, con el propósito de descubrir las características del toro, el trapío. El objetivo del tercio de varas: es “templarlo”, mejorar su comportamiento, lo realizan los picadores a caballo seguido de “quites” hechos por el espada, a quien le corresponde la lidia. El siguiente, el de banderillas, sirve para avivar o estimular al burel. El último corresponde a la muerte del toro, el tercio de matar, el más significativo para el torero que despliega el llamado arte plástico, estético y se prepara para dar muerte al astado. Desde luego en sentido estricto, este proceso comedido, planificado de tantos años no quita la crueldad ni el sufrimiento del animal, esto es claro. Como he comentado antes, la reforma atenta con la estructura en sí de la faena: sin varas, banderillas, colocando bonetes, algo parecido al de limar los cuernos y sin matar al toro; al sobrevivir éste y ser devuelto al corral, lo hace mermado físicamente y con cambios de comportamiento, una especie de toro matrero, o no violento, pero de conducta impredecible.
Una ley que surge en la 4T, en donde López Obrador pregonaba “el prohibido prohibir”. Por supuesto que estoy en contra del maltrato animal, pero también defiendo el libre albedrío. Estas leyes no solo cercenan el festejo: lo deforman. Aquí hay más sensatez al aplicar la ley del “todo o nada”; ya hay países donde se han prohibido, incluso algunas ciudades de España; tal vez, para los antitaurinos (me incluyo), sugerir no televisar corridas, en los resúmenes suprimir las tomas con el animal agonizante y sobre todo: no permitir la entrada a niños. Si a eso vamos habría que revisar con criterio todas las situaciones que incluyen el maltrato animal en forma civilizada. Como dijo un célebre antitaurino: dejar que la fiesta brava se vaya extinguiendo por sí sola, pero no así. Para los taurófilos: exigir el derecho a que se respete su afición por la tauromaquia, y para los otros afectados, el menoscabo en la derrama económica. Por cierto, es paradójico, hay antitaurinos que son fanáticos al boxeo y aquí un dato interesante: en la historia se reportan desde fines del siglo XIX, alrededor de 130 toreros fallecidos, como consecuencia de percances en las corridas, mientras que en un lapso similar han perdido la vida 1,604 boxeadores (datos de Manuel Velázquez en Boxing Fatality Collection). Si bien se han hecho modificaciones al boxeo, en el mundo solo hay cuatro países que lo han prohibido a nivel profesional; por supuesto que, aquí son dos seres racionales en igualdad de circunstancias que se enfrentan, lejos de la desigualdad del duelo entre un hombre y un toro.
En Yucatán, el problema es colocar la corrida de toros en el mismo saco con esta barbarie de la palestra que son los torneos de lazo. Aquí es donde hay que poner el foco de atención: ¡no forma parte de las tradiciones!; si vamos a maltratos tradicionales, aún se practica el “pa’ puul”, que consiste en rellenar piñatas de barro con animales vivos como iguanas y zarigüeyas: los animales caen y los matan a golpes o patadas; además del ya prohibido “kots kaal pato”, concurso en el que se descabezaba patos vivos; o el “baxal toro”, que consiste en “jugar” o lidiar al toro de una manera informal. Los amigos taurófilos tienen que deslindarse de los torneos de lazo; la Iglesia debe fijar su postura en este tema, puesto que se hacen en el marco de festejos patronales; pareciera que no, pero es un lastre que en definitiva no es parte de nuestras costumbres, si bien genera ganancias, promueve el morbo, pues muy lejos de ponderar la habilidad de un vaquero para lazar al animal, todos están a la espera de que el caballo sea destripado: una atrocidad. Generalmente las condiciones no garantizan la seguridad, ni de los vaqueros, ni del público, basta ver lo que ocurrió recientemente al caer una niña al ruedo.
En resumen, es un sinsentido. Soy enemigo del maltrato animal, pero importante es reconocer que alrededor de las corridas de toros hay una considerable fuente de empleos, y que en nuestro estado es parte toral de los festejos patronales, de las tradiciones, y aquí hay que ser cuidadoso, porque quiérase o no, es parte de nuestro tejido social, el mismo que se daña cuando existe este tipo de confrontaciones, lo que en términos taurinos equivaldría a asestarle un par de banderillas.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
