Antoine Abraham Pompeyo

Este mes mi papá habría cumplido años. Murió hace cinco años y, sin embargo, su número sigue guardado en mi teléfono.

Hace unos días apareció su nombre mientras buscaba otra cosa entre mis contactos. Me quedé mirándolo unos segundos. Ahí estaba, exactamente como lo guardé hace tantos años. Su nombre y debajo aquellos números que durante mucho tiempo significaron algo muy sencillo: si yo marcaba, mi papá contestaba.

No sé exactamente por qué nunca lo borré. Sé perfectamente que si hoy marco él no va a responder. Es posible incluso que ese número ya no le pertenezca, que haya sido asignado a otra persona y que, del otro lado, conteste una voz desconocida. Pero nunca he tenido el valor —o quizá las ganas— de presionar “eliminar contacto”.

Porque durante muchos años ese número fue una puerta. Podía llamarlo para preguntarle algo, contarle cualquier tontería o simplemente escuchar su voz. Y curiosamente, después de cinco años, descubro que no son necesariamente las grandes conversaciones las que más extraño. Son aquellas llamadas que entonces parecían no tener ninguna importancia. “¿Dónde estás?”, “¿ya comiste?”, “¿a qué hora vienes?”, “ya tomaste tus medicinas”.

Uno nunca piensa que está viviendo algo extraordinario cuando el teléfono suena y aparece el nombre de su padre. Hasta que deja de sonar.

Y al encontrar su número pensé inevitablemente en algo más: también hubo una última llamada. Hubo una última vez que escuché su voz por teléfono. Una última conversación. Una última comida juntos. Una última vez que lo vi llegar. Una última despedida. Una última vez que escuché su risa. Y lo más extraño es que probablemente viví muchas de ellas sin saber que eran las últimas.

Tal vez esa sea una de las partes más dolorosas de la vida: las últimas veces casi nunca se presentan como últimas veces.

No hay un anuncio. No suena una campana. Nadie se acerca para advertirnos: “Pon atención. Mira bien. Escucha. Guarda este momento porque no volverá a suceder”. Simplemente ocurre y nosotros seguimos con nuestra vida convencidos de que habrá otra ocasión.

Un día cargas a tu hijo por última vez y lo bajas al suelo sin saber que nunca volverás a cargarlo. Un día entras por última vez a la casa de tus padres tal como la conociste. Un día todos los hermanos duermen por última vez bajo el mismo techo. Un día mamá prepara por última vez ese platillo que parecía que estaría allí para siempre. Un día alguien te llama por ese apodo que solamente esa persona utilizaba. Un día abrazas a alguien, cierras la puerta detrás de ti y te marchas pensando que habrá otra vez.

Y no la hay.

Quizá por eso los recuerdos duelen de una manera tan particular. Porque cuando regresamos a ellos sabemos algo que la persona que éramos entonces ignoraba: sabemos que no habría otra vez.

A veces me pregunto qué haría si pudiera regresar solamente unos minutos a una de esas últimas veces con mi papá. Creo que no haría nada extraordinario. No prepararía un gran discurso ni intentaría condensar toda una vida en unas cuantas palabras. Probablemente me sentaría junto a él. Lo escucharía con más atención. Miraría su rostro intentando memorizar detalles que entonces parecían insignificantes. Quizá le haría alguna pregunta que nunca hice. Y cuando llegara el momento de despedirme, seguramente intentaría que aquel abrazo durara unos segundos más.

Pero la vida no funciona así. No podemos regresar sabiendo lo que ahora sabemos.

Tal vez para eso sirve también la nostalgia. No solamente para entristecernos por lo que perdimos, sino para enseñarnos a mirar de otra manera lo que todavía tenemos.

Porque mientras esperamos los grandes acontecimientos de nuestra vida, quizá las cosas que algún día más vamos a extrañar están ocurriendo ahora mismo y parecen completamente normales: una comida cualquiera, una sobremesa demasiado larga, una llamada inoportuna, una voz que pregunta desde otra habitación, alguien que nos manda un mensaje para saber si ya llegamos o una persona mayor que vuelve a contarnos por enésima vez la misma historia.

Hoy pueden parecernos cosas pequeñas. Algún día podríamos dar cualquier cosa por repetir una sola de ellas.

Este mes mi papá habría cumplido años. Han pasado cinco años y su número sigue en mi teléfono. Probablemente nunca vuelva a marcarlo, pero tampoco quiero borrarlo. No porque crea que algún día volverá a contestar, sino porque durante muchos años, detrás de esos números, estuvo una de las personas que formaron mi vida.

Quizá conservarlo sea simplemente mi pequeña manera de discutir con el tiempo. De aceptar que se llevó su voz, sus llamadas y tantas cosas que alguna vez parecieron cotidianas, pero pedirle que me permita conservar al menos aquella puerta cerrada.

Sé que ya no puedo llamarlo.

Pero todavía no quiero borrar el lugar desde donde alguna vez me contestaba mi papá.

Antoine Abraham Pompeyo
*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

www.antoineabraham.com