Fernando Ojeda Llanes (*)

En el mundo empresarial, la tasa de interés es un indicador financiero fundamental, sabemos que representa el porcentaje que se paga por utilizar dinero prestado durante un periodo determinado o el rendimiento que se obtiene al invertir o depositar recursos financieros.

Comprender las tasas de interés no debe limitarse a conocer cuánto cobra un banco por otorgar un crédito, también es indispensable identificar cuánto le cuesta realmente a la empresa mantener recursos financieros improductivos, como inventarios excesivos, cuentas por cobrar vencidas o inversiones que no generan una rentabilidad adecuada, estos últimos representan costos financieros ocultos que, aunque no aparecen identificados como intereses en el estado de resultados, afectan la rentabilidad y pueden debilitar seriamente la liquidez de cualquier negocio.

Existen diferentes tipos de tasas de interés que conviene distinguir: tasa activa que es la que cobra una institución financiera por otorgar un crédito a una persona o empresa; tasa pasiva, la que paga una institución financiera a sus clientes por los depósitos o inversiones que realizan; tasa fija que permanece constante durante el plazo establecido en el contrato, proporcionando mayor certidumbre sobre el costo financiero; tasa variable que puede aumentar o disminuir durante la vigencia del crédito.

En el caso de las tasas activas, una diferencia aparentemente pequeña puede representar cantidades importantes cuando se aplica a créditos elevados o durante periodos prolongados, además, el costo de un financiamiento no debe evaluarse únicamente por la tasa anunciada, sino también por las comisiones, los gastos de contratación, las garantías y las demás condiciones establecidas; por esta razón, la dirección financiera debe conocer el costo efectivo del crédito y compararlo con la rentabilidad que espera obtener de los recursos financiados.

En finanzas corporativas debemos identificar dos tipos de costo financiero: El costo financiero explícito y el implícito. El costo financiero explícito es el que la empresa identifica directamente en sus registros contables, principalmente por los intereses y otros conceptos financieros asociados con sus obligaciones, de acuerdo con su naturaleza y presentación contable. En el estado de resultados, estos costos se presentan habitualmente dentro del costo integral de financiamiento, esta partida disminuye la utilidad antes de impuestos.

La relación entre endeudamiento y costo financiero es directa cuando las demás condiciones permanecen constantes: a mayor deuda con costo, mayores serán los intereses que deben pagarse.

El problema aparece cuando una empresa recurre constantemente al crédito para financiar operaciones que no generan suficiente efectivo al reducir la rentabilidad y limitando la capacidad para invertir, crecer o distribuir dividendos.

No obstante, el endeudamiento no es necesariamente negativo; un crédito bien estructurado puede financiar inventarios de rápida rotación, ampliar la capacidad productiva o impulsar proyectos rentables, lo importante es que el rendimiento generado por los recursos financiados sea suficiente para justificar su costo y el riesgo asumido.

El costo financiero implícito es el dinero inmovilizado que suele pasar inadvertido en muchas empresas, es el costo de oportunidad del capital invertido en recursos que permanecen inmovilizados o que no generan el rendimiento esperado. Este costo se encuentra oculto principalmente en tres áreas: inventarios excesivos, cuentas por cobrar retrasadas y activos o inversiones improductivas.

En el caso de los inventarios, mantener mercancías por encima de las necesidades reales del negocio significa tener dinero detenido en productos que todavía no se han vendido; además del costo financiero, pueden generarse gastos de almacenamiento, seguros, manejo, deterioro, obsolescencia y pérdidas por disminución de precios.

En las cuentas por cobrar, cada día adicional que tarda un cliente en pagar representa tiempo durante el cual la empresa no dispone de ese dinero para cubrir sus compromisos.

Cuando los plazos de cobranza se prolongan, el negocio puede verse obligado a solicitar créditos bancarios para pagar proveedores, nómina, impuestos y otros gastos de operación.

De esta manera, la empresa puede terminar pagando intereses por una cantidad de dinero que, en realidad, ya generó mediante sus ventas, pero que todavía no ha recuperado en efectivo. También existen recursos invertidos en instalaciones, equipos, terrenos u otros activos que permanecen subutilizados, aunque algunos de ellos cumplen funciones estratégicas, es necesario evaluar periódicamente si su contribución económica justifica el capital que mantienen comprometido.

Estos costos son implícitos porque no necesariamente se registran como intereses en el estado de resultados, sin embargo, representan una oportunidad perdida: utilizar ese capital para reducir deudas, evitar nuevos préstamos o financiar actividades con mayor rendimiento.

Para cuantificar estos costos, la dirección financiera debe determinar el porcentaje del costo de capital de la empresa, conocido como WACC por sus siglas en inglés, este indicador considera las diferentes tasas de interés de los créditos recibidos y la rentabilidad requerida por los accionistas, ponderadas de acuerdo con su participación en la estructura de financiamiento. En términos generales, el cálculo requiere identificar cuánto capital proviene de créditos y cuánto corresponde a recursos aportados por los accionistas, así como el costo de cada fuente. Es importante reconocer que el capital de los accionistas también tiene un costo económico, aunque la empresa no pague intereses contractuales por esos recursos, los propietarios esperan obtener una rentabilidad acorde con el riesgo de su inversión, además, podrían destinar su dinero a otras alternativas, por tanto, utilizar recursos propios no significa que el capital sea gratuito. El costo promedio ponderado de capital WACC es la tasa única propia para evaluar inversiones y estimar el costo de oportunidad de los recursos excedentes invertidos en inventarios y cuentas por cobrar, así como inversiones improductivas. Es oculto porque no se registra contablemente.

Por ello, el análisis financiero no debe limitarse a observar los intereses que aparecen en el estado de resultados, también debe examinar cuánto capital necesita realmente la operación, cuánto permanece inmovilizado y qué beneficios obtendría la empresa si pudiera recuperarlo. La verdadera eficiencia financiera no consiste solamente en conseguir créditos a tasas más bajas, sino en necesitar menos financiamiento al conocer que el dinero de la empresa se utiliza correctamente. El empresario que conoce sus costos financieros explícitos e implícitos dispone de mejores elementos para decidir, invertir y crecer. En un entorno de competencia y márgenes cada vez más exigentes, administrar el capital con disciplina puede marcar la diferencia entre una empresa que vende mucho y otra que, además de vender, genera efectivo y rentabilidad sostenible.— Mérida, Yucatán

Doctor en investigación científica. Promotor de Gobierno Corporativo

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