José Aguilar, dueño de una pequeña empresa de organización de eventos en Paraguay, acudió a una sucursal bancaria a retirar dinero para pagar a sus empleados.

En lugar de encontrar una ventanilla abierta, encontró las puertas cerradas y a un grupo de personas que, como él, buscaban respuestas que nadie parecía tener. Todos compartían la misma incertidumbre de no poder disponer de su propio dinero.

Luz Margarita Riveros y su marido llevaban años trabajando como vendedores ambulantes en las calles de Asunción, Paraguay. Con esfuerzo habían conseguido reunir cinco millones de guaraníes, aproximadamente 15 mil pesos mexicanos, que mantenían en una cuenta bancaria. Pero aquel día, sus ahorros no les sirvieron para comprar comida porque no podían acceder a ellos. Luz tuvo que pedir prestado para llevarle algo de comer a su marido.

El 3 de noviembre de 2026, Paraguay despertó con una noticia que sacudió su sistema financiero. El Banco Central del Paraguay anunció el inicio del procedimiento de resolución de Ueno Bank, una de las principales instituciones bancarias del país, después de detectar que su índice de solvencia había caído por debajo del 50% del mínimo exigido por la regulación.

La medida dejó fuera de operación los servicios de la institución y a sus clientes sin acceso inmediato a sus depósitos, mientras las autoridades iniciaban el procedimiento para atender la situación y proteger los recursos de los ahorradores.

Ueno Bank reportaba aproximadamente 2.9 millones de clientes en un país de poco más de seis millones de habitantes. Su alcance era enorme. Una cantidad importante de personas utilizaba esa institución para recibir sus ingresos, guardar sus ahorros y realizar sus pagos cotidianos. Aunque existía un mecanismo de garantía de depósitos, la incertidumbre y la imposibilidad de disponer inmediatamente del dinero afectaron la vida diaria de familias y negocios.

Lo ocurrido en Paraguay merece muchas reflexiones, pero quiero detenerme en dos que deberían formar parte de nuestra cultura financiera: no concentrar todos nuestros ahorros en una sola institución bancaria y no renunciar al efectivo como una alternativa para enfrentar imprevistos. Porque una cosa es tener dinero y otra, muy distinta, es poder disponer de él cuando lo necesitamos.

Una de las recomendaciones más conocidas del mundo financiero es la diversificación o, como decimos coloquialmente, no poner todos los huevos en la misma canasta. Sin embargo, muchas veces la asociamos únicamente con las inversiones. Hablamos de diversificar entre acciones, fondos, instrumentos de deuda, monedas o sectores económicos, pero olvidamos aplicar el mismo principio a algo tan elemental como nuestras cuentas bancarias.

La diversificación no es solamente una estrategia para buscar mejores rendimientos, también es una forma de reducir nuestra exposición al riesgo y evitar depender de una sola institución.

Si concentramos todos nuestros ahorros en un banco, dependemos de él para acceder a nuestros recursos. Distribuirlos entre distintas instituciones nos permite reducir esa dependencia y, en México, aprovechar los límites de protección del Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB).

Este organismo garantiza los depósitos bancarios hasta por 400 mil UDIS por persona y por institución, equivalentes a $3,556,339.60 al 7 de noviembre de 2026. La protección comprende depósitos en cuentas de ahorro, cheques y nómina, así como los asociados a tarjetas de débito, pagarés con rendimiento liquidable al vencimiento y certificados de depósito.

Es importante precisar que esta garantía aplica a los depósitos en instituciones de banca múltiple, no a cualquier producto financiero que se comercialice dentro de una sucursal bancaria. Los fondos de inversión, por ejemplo, no están protegidos por el IPAB.

También hay que entender que los 400 mil UDIS no se garantizan por cada cuenta, sino por persona y por banco. Si alguien tiene una cuenta de nómina, otra de ahorro y un pagaré en la misma institución, los saldos de todos sus depósitos protegidos se suman y la cobertura máxima sigue siendo de 400 mil UDIS. En cambio, si distribuye sus ahorros entre dos bancos diferentes, puede contar con hasta 400 mil UDIS de protección en cada uno. Esta es otra razón para diversificar y evitar concentrar cantidades superiores al límite garantizado en una sola institución.

La segunda lección que deberíamos extraer de lo ocurrido en Paraguay es que necesitamos conservar una reserva de efectivo. Parece contradictorio hablar de efectivo en una época en la que los gobiernos, las empresas y las instituciones financieras impulsan cada vez más los pagos digitales. No propongo regresar al dinero guardado debajo del colchón ni convertir el efectivo en nuestro principal instrumento de ahorro. El dinero en casa puede perderse o ser robado y, a diferencia de otros instrumentos, no genera rendimientos.

Pero ¿qué sucede si falla el sistema de pagos? ¿Cómo compramos alimentos si la terminal de una tienda no funciona? ¿Cómo adquirimos medicamentos o conseguimos transporte si las aplicaciones dejan de responder?

La digitalización ha hecho nuestra vida más sencilla, pero también nos ha vuelto dependientes de una infraestructura tecnológica que no siempre está bajo nuestro control. Una falla generalizada, un ataque cibernético o una interrupción de las redes de comunicación podrían afectar simultáneamente a bancos, comercios y sistemas de pago.

No significa que debamos vivir esperando una catástrofe, sino reconocer que ninguna tecnología está libre de fallas y que una economía que depende exclusivamente de ella también puede volverse vulnerable.

Mantener una cantidad razonable de efectivo permite cubrir necesidades básicas durante algunos días si fallan los medios electrónicos. No se trata de guardar grandes cantidades en casa, sino de contar con una alternativa cuando la tecnología no esté disponible.

La experiencia de Paraguay debería hacernos revisar cómo administramos nuestro dinero. Conocer las garantías de nuestros depósitos, distribuir prudentemente los ahorros, no exceder los límites de protección bancaria y conservar una reserva de efectivo no son medidas exageradas, sino decisiones elementales de prudencia financiera.

No significa desconfiar de los bancos, rechazar la tecnología ni regresar al pasado. Se trata de no entregar toda nuestra tranquilidad a una sola institución, a una sola aplicación o a una conexión de internet. La verdadera seguridad financiera consiste en tener alternativas. Porque tener dinero no basta; su valor no está únicamente en lo que representa en un papel o en una pantalla, sino en lo que podemos hacer con él cuando lo necesitamos.—Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán