Originario del puerto de Progreso, Víctor Rejón es uno de los jóvenes realizadores que ponen en alto la mirada cinematográfica del Sureste.

Junto a Irving Serrano, codirector, y Ramón Llaven, productor, ha llevado su cortometraje “Las voces del despeñadero” a recorrer festivales internacionales y ganar como Mejor Corto Iberoamericano en el más reciente Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

La cinta, filmada en blanco y negro, es un retrato poético y documental de los míticos clavadistas de Acapulco, rodado justo después del paso devastador del huracán Otis. A pesar de la destrucción, Rejón y su equipo encontraron entre los clavadistas un motivo para seguir adelante y registrar no solo sus saltos desde La Quebrada, sino también las historias de riesgo, nostalgia y herencia que guardan.

Viajar a Acapulco implica detenerse, casi como un ritual, ante los clavadistas de La Quebrada, hombres y mujeres que desafían el vértigo escalando unos 45 metros de roca para lanzarse por un estrecho canal que se abre entre las olas.

Este espectáculo, inmortalizado en postales, campañas turísticas, incluso en la época de oro del cine mexicano, ha convertido a los clavadistas en emblema del puerto. Sin embargo, más allá de la hazaña atlética, pocos se han detenido a preguntarse quiénes sostienen esta tradición.

En “Las voces del despeñadero”, Víctor Rejón e Irving Serrano muestran a los clavadistas como algo más que los protagonistas de un show de riesgo: una hermandad forjada entre el mar y las piedras, que se afianza en la tradición y en el deseo de preservarla entre las nuevas generaciones.

“Yo soy de Progreso, me fui a Ciudad de México a estudiar cinematografía porque en ese entonces no había escuela de cine ahí. Siempre quise mostrar que desde donde estamos también se pueden hacer proyectos de calidad”, comparte al Diario Víctor Rejón, quien estudió producción cinematográfica en el Centro de Capacitación Cinematográfica.

“Las voces del despeñadero” ha pasado por festivales como el San Francisco Film Festival y Hot Docs en Canadá, en los que se ha posicionado como una propuesta que cruza lo estético con lo testimonial. En cada cuadro, el cuerpo que se lanza al vacío se convierte en metáfora de la vida misma, al arriesgarlo todo.

“Cuando anunciaron que ganamos en Guadalajara fue como la corona de un esfuerzo muy largo y complicado. Fue un trabajo de comunidad: desde los clavadistas hasta quienes nos apoyaron con el préstamo de cámaras y equipo, todos hicieron posible que sucediera”, cuenta el cineasta.

Rejón reconoce que, detrás de cada premio hay sacrificios que muchas veces no se ven, y por eso invita a la juventud a no rendirse cuando los sueños parecen lejanos. “A veces hay que trabajar primero, cuidar a la familia, esperar el momento. Lo importante es no perder la meta de vista. La resiliencia es clave: entender que cada tropiezo puede convertirse en parte de la historia que queremos contar”.

El progreseño ahora planea un documental centrado en la vida de los pescadores en altamar de su puerto natal. “Quiero que sea un retrato de Progreso. Es un homenaje a mi lugar de origen y a la gente de mar”, dice.

Convencido de que en Yucatán aún hay camino por recorrer para impulsar el cine, subraya que se necesitan más apoyos locales, fondos específicos y estímulos que permitan a empresas invertir en historias que dejen huella. “Hay talento, lo que falta es abrir la puerta para que se cuenten más historias desde aquí”, afirma.

Antes de cerrar la charla, el creador agradece a quienes han sido su base: “Quiero agradecer a mi mamá, mi papá y mi hermana: Leticia Cruz Ortiz, Víctor Rejón Moo y Yovana Paola Rejón Cruz, porque ellos han sido la base para todo. Y, por supuesto, agradecer a mi querido puerto de Progreso, del que me siento profundamente orgulloso”.

El cortometraje puede seguirse en redes como @lasvocesdeldespenadero, un proyecto que confirma que desde la orilla del mar y la voluntad de saltar, aún se pueden abrir puertas para el cine mexicano.