MÉRIDA.- Ciertamente la emoción de la noche no comenzó cuando se apagaron las luces del escenario, sino mucho antes, en los pasillos del Auditorio Coca-Cola La Isla, entre pasos pausados, sonrisas cómplices y parejas que, acaso sin decirlo, parecían regresar varias décadas en el tiempo.
Mérida finalmente tuvo el esperado encuentro con dos de las figuras más entrañables del rock and roll y la balada romántica en México, Angélica María y Enrique Guzmán, quienes trajeron a la capital yucateca su gira titulada “La Despedida” una presentación reprogramada y largamente aguardada por el público peninsular.
La mayoría de los asistentes lucía “cabecita blanca”, rostros surcados por los años, pero con ojos iluminados como quien vuelve a encontrarse con un amor antiguo. Había emoción antes incluso de que sonara la primera nota.
En el aire flotaba una nostalgia alegre, de esas que no duelen, sino que abrazan. Entre las butacas se escuchaban recuerdos: “Yo la escuchaba cuando era muchacha”, “Él fue mi primer ídolo”, “Nos gustan desde novios”.
Esa noche en Mérida, hubo una reunión con la memoria. La música inició, los coros cantaban fragmentos de canciones del ayer y dehoy, las luces se concentraron sobre el escenario y entonces apareció la dupla que marcó a generaciones enteras. Enrique Guzmán y Angélica María, íconos de una época dorada del espectáculo mexicano, agradecieron la oportunidad de volver a cantarle a Mérida. Y entonces él, fiel a su fama de galán eterno, tomó la palabra para recordarle al público que Angélica sigue siendo “su amor de siempre”, le dedicó palabras cariñosas y un beso en la mejilla, antes de dejarla sola frente a una audiencia que no paraba de sonreir.
La respuesta fue inmediata, aplausos largos, chiflidos de admiración y un cariño evidente hacia “La novia de México”. Pese a encontrarse afectada de la garganta, Angélica María dio muestra de una profesionalidad admirable. Lo confesó sin rodeos, incluso con humor, al señalar que era alérgica y que había tenido que tomarse una pastilla para poder cantar aquella noche. Lejos de convertirse en obstáculo, la vulnerabilidad pareció acercarla aún más al público, que respondió con empatía y ovaciones.
Con la cercanía que la caracteriza, la intérprete conversó constantemente con los asistentes, envió “un beso hasta el cielo” al inolvidable Armando Manzanero y rindió también homenaje a otro compositor yucateco, Luis Demetrio, recordando la grandeza musical de la tierra que la recibía. Con mucha alma en cada interpretación, sonaron temas como “Bésame mucho”, “Cuando me enamoro” y “Te amo”, antes de estremecer a muchos con “El día”, composición del autor yucateco.
Hubo espacio también para el humor. “Soy una muchachita igual que todas…”, cantó primero, para luego corregirse entre risas, “soy una viejita igual que todas”, arrancando carcajadas y aplausos de un público que parecía verse reflejado, con orgullo y ternura, en esa honestidad sin maquillaje.
La nostalgia se volvió fiesta con “Eddy, Eddy”, tema que despertó a la multitud. Angélica jugueteó con el público, lanzó consejos en tono pícaro a los hombres: “muchachos, no sean pelangoches, trátennos bien”, mientras los asistentes celebraban cada ocurrencia.
Pero uno de los momentos más alegres llegó con “Soy la basurita”. La cantante no solo interpretó, también bailó, provocando una oleada de aplausos, silbidos y sonrisas entre un auditorio completamente entregado. Ella respondió al cariño con sencillez: “Yo los amo, Mérida”.
El ambiente se volvió íntimo y profundamente emotivo cuando interpretó baladas que parecían detener el tiempo. Hubo asistentes cantando tomados de la mano, otros con los ojos cerrados, algunos secándose discretamente las lágrimas. La música romántica hizo lo suyo, unir recuerdos, ausencias y amores persistentes.
Entonces, uno de los instantes más conmovedores de la noche. “Te quiero, te quiero, te juro que yo no puedo vivir sin ti, amor…”, entonó Angélica María antes de quebrarse emocionalmente ante el aplauso interminable del público meridano. Conmovida, agradeció. “Gracias por darme vida con su cariño y sus aplausos, Mérida”.
El auditorio entero se puso de pie cuando sonó “A dónde va nuestro amor”, convertida ya en un himno generacional. La gente cantó casi al unísono, como si el tiempo no hubiera pasado. Tras una hora de entrega absoluta, Angélica María se despidió temporalmente entre ovaciones, dejando el escenario en penumbra para dar paso a Enrique Guzmán.
La transición fue breve, las luces se apagaron, pero el entusiasmo no decayó. “Cinco años sin venir a Mérida”, recordó el cantante apenas apareció en escena, desatando aplausos. Vestido con chaleco pese al intenso calor yucateco, no perdió oportunidad para bromear: “Es bonito cantar cuando hace calor… con chaleco y todo”, dijo mientras pedía un abanico al público.
Enrique dominó el escenario con el carisma de siempre. Sonaron clásicos como “Tu cabeza en mi hombro”, “Gotas de lluvia”, “Anoche no dormí”, “El ángel del amor”, “Cuando a mi lado estás” y “Payasito”, tema que provocó un coro espontáneo entre el público.
Fiel a su estilo irreverente, no faltaron las bromas. Cuando ajustaron el micrófono, lanzó una ocurrencia que hizo estallar de risa al auditorio: “Me bajaron el micro al tamaño de César Costa”. Pero entre el humor también hubo gratitud. El cantante dedicó palabras especiales al público de la península, reconociendo el cariño constante recibido a lo largo de su trayectoria. “Las gracias te doy”, cantó, en una suerte de declaración de afecto a la tierra yucateca.
El cierre no podía ser de otra manera, Angélico volvió al escenario para despedirse juntos, demostrando que el cariño construido a través de los años permanece intacto. Sonrisas, miradas cómplices, bromas y una complicidad que el público celebró como si fuera parte de una historia propia.
Y mientras “Ámame”, a dueto, retumbaba en el auditorio, los asistentes cantaban de pie, algunos abrazados, otros grabando con manos temblorosas el instante que no querían olvidar. El cierre final lo dieron con “Las mañanitas” dedicadas a la mamás y abuelitas, agradecidos, dijeron adiós una y otra vez.
La despedida como dueto de Angélica María y Enrique Guzmán en Mérida fue una carta de amor a una generación que aprendió a enamorarse con sus canciones. Una noche donde, por unas horas, el corazón volvió a sentirse joven





















