El Mons. Jorge Carlos Patrón Wong en el Desayuno de la Amistad a beneficio del Seminario Menor San Felipe de Jesús.- Foto: Emanuel Rincón Becerra

Galería del Desayuno de la Amistad a beneficio del Seminario Menor

✠Jorge Carlos Patrón Wong

Arzobispo Secretario para los Seminarios

Congregación para el Clero

Los colaboradores, las familias de los seminaristas y de los formadores y los bienhechores forman parte de la comunidad educativa del Seminario. Esto implica que cada uno de ellos, en cuanto personas y como grupos, constituye una referencia de fe, de pertenencia a la Iglesia y de formación para los seminaristas.

Tres caminos de influencia

Deseo poner atención a tres flujos o movimientos que se dan entre los colaboradores, las familias, los bienhechores del Seminario y la comunidad formativa.

El primer flujo brota del mismo origen de la vocación. La familia y la comunidad parroquial son como el seno materno que ha recibido el don de la vocación sacerdotal, lo ha protegido y custodiado hasta el ingreso en el Seminario. Para algunos la escuela también forma parte de ese origen vocacional, cuando los maestros favorecen un ambiente educativo de valores humanos y cristianos.

Cada seminarista trae consigo la inmensa riqueza de los valores aprendidos de la familia y de las experiencias que ha tenido en la comunidad cristiana. Allí encuentra sus raíces la fe y la vida discipular y misionera. Allí también se fundamentan algunas dinámicas de la vida y ministerio sacerdotal como la filiación, la amistad, la fraternidad, el humilde servicio, el sentido de pertenencia a la Iglesia, la entrega a favor de los demás.

Los formadores deben conocer y valorar el profundo bagaje con que cuenta cada seminarista y aplica en sus relaciones con compañeros y formadores. Por eso para los formadores es precioso el contacto que puedan tener con los abuelos, padres y hermanos de cada seminarista y con los miembros de sus comunidades parroquiales. Ellos permanecerán siendo un apoyo muy importante durante toda la vida sacerdotal si el seminarista es ordenado o en otro camino vocacional si esta es la voluntad de Dios.

El segundo flujo surge del don de la vocación y del proceso formativo. Una vocación sacerdotal es una bendición para la parroquia, la escuela, la familia y todos los que entran en contacto con ella. Las familias, los colaboradores y bienhechores se benefician de la actividad formativa del Seminario. No son solo espectadores de la maduración de los seminaristas, sino que ellos también crecen en todos sentidos. Es hermoso contemplar cómo los padres de los seminaristas desarrollan su participación en la vida de la comunidad cristiana y cómo los grandes valores de la comunión y la misión comienzan a reflejarse en la dinámica familiar.

Recuerdo con afecto las muchas experiencias compartidas como Rector del Seminario con papás, hermanos, familiares y amigos de los seminaristas. La presencia cercana de un seminarista o sacerdote es experimentada como una invitación de Dios para conocer la vida activa de la Iglesia y acercarse a ella.

Algo similar ocurre en la parroquia y en la escuela. El hecho de contar con un seminarista representa un paso significativo en la pastoral vocacional de la comunidad parroquial, que adquiere la especial sensibilidad que les lleva a orar por las vocaciones y a protegerlas con una mirada benedicente.

El tercer flujo es la influencia directa de los colaboradores, la familia, la escuela y los bienhechores en la formación de los seminaristas, pues también ellos son agentes formativos. ¡Cuántas veces una palabra o un ejemplo de los laicos ha sostenido y animado una vocación sacerdotal! ¡Qué decir de una corrección cariñosa hecha a tiempo por un padre o madre de familia, o por los abuelos o los hermanos! El influjo de la familia y la parroquia se intensifican en los períodos de vacaciones, en cambio, la influencia de los colaboradores y bienhechores ocurre con más frecuencia durante el año.

Es importante que las familias, los colaboradores y los bienhechores tomen conciencia del papel delicado y discreto que les corresponde. No se trata de agobiar al seminarista, ni de exigirle comportamientos externos, sino de mirarlo con caridad fraterna, rodeando la relación con él de un verdadero sentido espiritual y discipular y actuar, si conviene, cuando consideren que ésta es la voluntad de Dios. Esta colaboración con la formación puede ser de gran ayuda, pues ellos conocen aspectos que con frecuencia escapan a la percepción de los formadores.

Dos detalles más específicos

Quisiera poner atención a dos detalles más específicos de la acción de los familiares, colaboradores y bienhechores a favor de las vocaciones sacerdotales.

Participación eclesial. Una parte de la vida espiritual de la familia se vive en la casa y es organizada especialmente por los padres, pero hay otra parte que se vive en la parroquia. La familia enseña a sus hijos a participar en la vida de la comunidad cristiana y específicamente en la Eucaristía de los domingos y en los tiempos litúrgicos. El hecho de orar juntos en la Iglesia, de comulgar juntos y adorar a Jesús en la Eucaristía, constituye una experiencia que fundamenta y sostiene la vida espiritual y la vocación de los hijos. El recuerdo de la comunidad parroquial, con rostros y nombres, con diferentes grupos que participan en su vida cotidiana, entre ellos los grupos juveniles, da a los seminaristas un sentido de pertenencia a la Iglesia, como una familia mayor.

Actitudes de fe. Los actos espirituales de la pareja y de la familia y sus actitudes profundas edifican la fe de sus hijos. Los padres son para ellos testigos de la fe. Es importante que muestren verdaderas actitudes de fe ante los acontecimientos de la vida, sean gozosos o dolorosos, siguiendo los ejemplos de Cristo y descubriendo en todo la providencia de Dios, sin acomodarse a la tendencia a vivir sin Dios que con frecuencia se percibe en el ambiente social.

Un rasgo de fe importante es la sensibilidad social de los padres de familia, los maestros, los agentes pastorales y los bienhechores. Que sean ámbitos cercanos y abiertos a los pobres, a la gente necesitada y a los problemas de la sociedad. Allí ocurren acontecimientos que de algún modo establecen una diferencia y crean una conciencia social. Allí todas las personas encuentran un trato digno, el que corresponde a los hijos de Dios, especialmente si hay personas que ayudan en la limpieza o en áreas como la seguridad. Es necesario que todos entiendan el valor objetivo de las personas y la gran importancia que tiene reconocer el servicio que hacen los demás. Se trata de repetir la lección de Jesús: en realidad es grande quien se pone al servicio.

¿Cómo educar la vocación de los hijos?

Como he dicho anteriormente, la raíz de la vocación es la vida espiritual. Hay una parte específica que corresponde a los padres de familia en el cuidado de la vocación de sus hijos y comprende algunos aspectos.

Oración. El primer ingrediente de la educación vocacional de los hijos es la oración. Los padres están habitualmente muy interesados en el futuro de sus hijos; es bueno que este interés se exprese en la forma de la oración por ellos. La oración por la vocación de los hijos va pasando por distintos momentos. Primero es oración de gratitud por el solo hecho de haber recibido una nueva vida. Ya allí está presente el don de la vocación. Este tipo de oración despierta la responsabilidad de los padres en torno a las futuras decisiones de sus hijos. Después es una oración en la cual los padres ofrecen a sus hijos todavía pequeños para lo que Dios quiera, como hicieron tantos padres en la historia bíblica: Abrahán (Gn 22, 1-19), Sara (1Sm 1, 19-28), María (Lc 2, 22-40). Este gesto ha quedado plasmado en la costumbre de ofrecer los hijos a Dios a los tres años. Posteriormente, en la etapa de la primaria, consiste en enseñarles a orar su propia vocación, abriéndose gradualmente a lo que Dios quiera para su futuro. Más adelante la oración de los papás por la vocación de sus hijos constituye un apoyo espiritual profundo a las decisiones que van tomando a lo largo de su adolescencia y juventud. La oración de los padres es preciosa para un seminarista y después para un sacerdote. Siempre orar por los hijos y su vida será un grandísimo valor y un apoyo profundo a lo que cada uno está realizando.

Comunicación. Es normal que los jóvenes den el paso de una espiritualidad infantil a una espiritualidad juvenil, más razonable y comprometida. Este paso no se da sólo en el ámbito de la familia, sino que se consigue por la participación en la misión de la Iglesia y en la pastoral juvenil. También los seminaristas profundizan en elementos centrales de la vida espiritual fuera de la familia: el silencio, la oración, la participación en los sacramentos, la oración con la liturgia de las horas, los ejercicios espirituales. Los seminaristas comparten su fe con sus compañeros y formadores porque necesitan formular su fe como adultos. También la comparten con sus familias, comunicando aquello que les ha ayudado a crecer.

Por otro lado, siempre permanecerán vivas las raíces espirituales de la familia y de la religiosidad popular, que los seminaristas deben valorar. Así se da una comunicación de ida y vuelta en la que todos aprenden. La comunicación sobre la vida espiritual es importante porque implica compartir la intimidad.

También es conveniente fomentar la comunicación en otros ámbitos: los estudios, el deporte, la vida común, el apostolado, la relación con los formadores y compañeros, etc. El papel de los padres será escuchar siempre, estar al tanto, para poder ayudar con mucha discreción, si es oportuno.

Contacto. Facilitar el contacto directo con el Seminario. Primeramente cuando las familias y colaboradores son convocados, como en esta ocasión. Es significativa la relación con los otros seminaristas y sus familias. Aprovechar las oportunidades que existan para entablar un trato de amistad que vaya más allá de cualquier prejuicio. El Seminario es como una familia grande en la que participan también las familias y los amigos de los seminaristas.

Otra oportunidad de contacto directo son los eventos que organiza el Seminario y las ordenaciones sacerdotales. En estas ocasiones, las relaciones espontáneas con los seminaristas, los formadores y sus familias crean un hermoso clima comunitario. Por último, el contacto directo con los formadores. Saber quiénes son y mantener con ellos la posibilidad de una relación.

Diálogo. Los padres habitualmente apoyan las decisiones de sus hijos, sean las que sean. Pero, mientras llegan a tomarlas, es fundamental que exista el diálogo con ellos sobre algo tan importante como es su futuro. Existen jóvenes que tienen una gran confianza con sus padres y les cuentan los planes que están haciendo y otros que mantienen alguna distancia con sus padres, todo depende de la actitud de diálogo que exista y del apoyo incondicional a los proyectos y decisiones de sus hijos.

En el acompañamiento de las decisiones de los hijos podemos enunciar algunos verbos-clave: conocer, apoyar, confrontar y sostener.

Lo primero es conocer lo que pasa por la mente de los hijos. Muchos padres ignoran cuáles son los ideales y aspiraciones de sus hijos y así es muy difícil dialogar con ellos. Se trata de permitir que cuenten sus cosas, ganando su confianza.

En cualquier circunstancia la función de los papás es apoyar las decisiones de los hijos, sobre todo evitando actitudes de rechazo. Lo que el hijo se plantea, por más descabellado que parezca, merece respeto y apoyo.

Una tercera actitud es la de confrontar. Para algo los padres tienen una mayor trayectoria de vida. Desde su experiencia tienen una capacidad grande de aportar puntos de vista más amplios a sus hijos. Pero una cosa es enriquecer las percepciones de los hijos y otra muy distinta es imponerles las propias opiniones. Los jóvenes aceptan la confrontación cuando antes se ha manifestado el apoyo.

Por último, sostener al hijo en su opción, ayudándole de muchas maneras. Esto es necesario siempre, pero se hace especialmente importante cuando el hijo opta por el sacerdocio, porque el camino formativo es largo. Esta actitud implica una gran generosidad y es frecuente en los padres de familia.

Los hijos que deseamos

Muchas veces los padres de familia tienen temor a que sus hijos se comprometan «demasiado». Pero hay que entender que la vocación sacerdotal exige cierta radicalidad. Si ponemos atención, los sacerdotes más felices son quienes de verdad se entregan en el servicio pastoral, aunque tengan que poner en segundo plano otros vínculos, entre ellos la familia.

Por eso quisiera compartir con ustedes una petición a Dios a favor de nuestros jóvenes, incluidos los seminaristas, inspirada en una oración escrita por L. J. Lebret:

¡Oh, Dios! Envíanos jóvenes audaces,

de los que se comprometen a fondo,

de los que se olvidan de sí mismos,

de los que aman con algo más que con palabras,

de los que entregan su vida de verdad y hasta el fin.

Danos hijos inquietos, apasionados,

hombres capaces de dar el salto hacia la inseguridad,

hacia la incertidumbre sorprendente de la pobreza;

danos hijos, que permanezcan entre la gente,

sin pretensiones de creerse superiores,

que utilicen sus dones para el servicio de los demás.

Danos jóvenes del presente,

enamorados de una forma de vida sencilla,

liberadores eficientes del mal,

amantes de la paz, puros de conciencia,

resueltos a nunca traicionar,

capaces de aceptar cualquier tarea,

de acudir donde sea,

libres y obedientes,

espontáneos y tenaces,

dulces y fuertes.

Danos jóvenes según tu corazón.

✠Jorge Carlos Patrón Wong

Arzobispo Secretario para los Seminarios

Congregación para el Clero

Arquidiócesis de Yucatán (México), Seminario de Nuestra Señora del Rosario y San Ildefonso, 4 de enero de 2018