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Presbítero Manuel Ceballos García

¡Habla, Señor, que te escuchamos!

Hoy leemos un texto precioso de San Pablo que tiene como precedente los pleitos entre hermanos y como consecuente la alternativa entre matrimonio y celibato (cfr. capítulo 7).

Ahora bien, san Pablo cuestiona lo siguiente: ¿es posible amar gratuitamente a Dios y a los demás cuando nos encontramos en situación de dependencia o esclavitud afectiva? ¿Llegamos a ser nosotros mismos y lo que Dios quiere desde el libertinaje? Convendrá no confundir libertad con espontaneidad ni con el libertinaje, ambos frutos del deseo más que del amor libre y liberado de auto posesión.

Y en cuanto al Evangelio, el texto nos habla en clave de “testimonio”: anteriormente fue el testimonio de Juan el Bautista; hoy, testimonian los discípulos. Las comunidades joáneas ya habían sido expulsadas del judaísmo y este testimonio tiene un carácter confesional acerca de la persona de Jesús.

Esta clave testimonial nos sitúa en buena perspectiva al comienzo del año litúrgico. Andrés y Simón son testigos de la experiencia de encuentro con Jesús. Ya no se pertenecen porque han sido encontrados por la autoridad de Jesús, el Mesías. Como Samuel, en la primera lectura, nuestra actitud debe ser: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Actitud de obediencia de fe a Dios que nos llama.

Así pues, dos frases están en el centro de nuestra celebración: “Una noche el Señor llamó: ¡Samuel!”…”Jesús se volvió hacia ellos y les dijo: ‘Vengan a ver’”.

Son la raíz de dos narraciones de vocación. La primera tiene por protagonista a Samuel, profeta y sacerdote, artífice perplejo y vacilante hacia el año 1030 a.C. de la transición de Israel de la estructura tribal a la unitaria monárquica con el rey Saúl. Fue una llamada progresiva, de varias etapas (a diferencia de san Pablo que fue enceguecedora y tempestuosa mientras se dirigía a Damasco). Fue un lento aprendizaje que comenzó con un primer llamado en la paz nocturna del Templo y el joven Samuel estaba abandonado al sueño sencillo y sereno de los niños.

Solamente, a la cuarta vez, Samuel descubrió su verdadera vocación, la de no ser un simple ayudante de un sacerdote sino la de un ministro de Dios vivo, su profeta y portavoz.

La vocación de Andrés y de Pedro tiene el gesto de Jesús, quien se vuelve y los mira. Resulta interesante notar que el “juego de los ojos” recorre toda esta narración de san Juan: el Bautista fija “los ojos en Jesús”; Jesús, “viendo que lo seguían”, les dijo: “Vengan a ver”; aquellos discípulos fueron y “vieron dónde vivía”.

Finalmente, Jesús, “fijando la mirada” en Simón, le dijo…”. El descubrimiento de la propia misión fue progresivo, pasó por un camino por el cual se va con Jesús.

Al “buscar” le siguió un “encontrar”: “¡Hemos encontrado al Mesías!”. Y, a ese encuentro ayudó la presencia de “alguien”: en el caso de Samuel fue el sacerdote Elí, para Andrés fue Juan el Bautista y, para Pedro, su mismo hermano Andrés. Por lo tanto, a través de alguien, el camino de la vocación se vuelve más seguro y más expedito.