Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

¡Tú eres el Hijo de Dios!

San Marcos relata que Jesús estaba en Cafarnaum y “el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar”.

Todos tenían derecho a tomar la palabra una vez escuchada la lectura del texto de las Escrituras, no sólo los escribas sino también los laicos. Jesús no era un escriba; los escribas interpretaban los mandamientos y exponían las verdades de la Escritura, teniendo mucho cuidado en no arriesgar ninguna opinión que no estuviera avalada por los textos sagrados y por la enseñanza de los más acreditados maestros. Jesús, en cambio, habló como quien tiene autoridad, consciente de ser aquél por quien y en quien toda la Escritura tiene sentido y alcanza su plena realización: el Hijo a quien el Padre “le ha entregado todas las cosas” (Mt 11, 27).

Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos, para perdonar los pecados que sólo Dios puede perdonar, para curar a los enfermos y resucitar a los muertos.

Jesús habló siempre con esa autoridad y dispuso de la Ley: “Han oído que se dijo.., pero yo les digo…”.

Todas las palabras de Jesús están autorizadas porque vienen de la Verdad. Por eso debemos pronunciar el nombre de Jesús reconociendo su autoridad y confesándolo en la obediencia de la fe.

Ahora bien, en la escena del relato de hoy con la presencia de un enfermo que estaba “endemoniado”, Jesús reprende al espíritu inmundo y éste responde afirmando que Jesús es el “Santo de Dios”, una expresión que descubre a Jesús como quien pertenece totalmente a la esfera de lo divino. San Pedro dirá lo mismo en la ocasión en que Jesús habló del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaum: “Nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 69).

Este reconocimiento sólo es posible a través de un largo proceso de formación que purifica nuestra visión de Cristo de todo aspecto superficial. Solamente al final, en la pobreza de la cruz, será cuando Cristo acepte la gloria. “La fe en Jesucristo, escribió Pascal, es auténtica no porque nace de un milagro, sino porque es generada por la cruz”.

San Marcos afirma que la gente, con asombro, decía: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta?”. Esa “doctrina nueva” de Cristo no es una vaga teoría filosófica sino una fuerza creadora y liberadora. Todos la necesitamos para exterminar los males secretos que llevamos dentro de nosotros mismos y que generan malas intenciones y esos pensamientos que son indebidos.

Al igual que el profeta Ezequiel, tenemos necesidad de comer el rollo de la Palabra de Dios para transformar nuestro ser y vida (Ez 3, 3).

 

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