Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán

“Curó a muchos enfermos de diversos males” (Mc 1, 34).

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo afectuosamente y les deseo todo bien en el Señor.

Para los hermanos y hermanas del Antiguo Testamento, la enfermedad era algo difícil de entender y no podía ser aceptada sino como una fuerte resignación a la voluntad de Dios. En principio todos creían que la enfermedad, al igual que la pobreza, la esterilidad y otras desgracias, eran castigos que Dios enviaba por los pecados propios; y cuando alguien creía estar libre de culpa, entonces pensaba que purgaba las penas que dejaron pendientes sus antepasados, pues Dios no podía considerarse injusto de ningún modo.

Esta manera de pensar supone que no esperaban la resurrección de los muertos y que querían ver en este mundo las recompensas y los castigos del Altísimo.

La primera lectura de este domingo tomada del libro de Job expresa la mentalidad antes descrita. Job no encontraba razón a su enfermedad y a todas sus desgracias, siendo como era, un judío fiel y generoso con los necesitados. Como hombre de fe, temeroso de Dios y respetuoso de su santa voluntad, Job no tiene otra respuesta a su dolor que la aceptación resignada y dolorida, expresada en sus palabras: “La vida del hombre en la tierra es la de un soldado, y sus días, como de un jornalero… se me han asignado noches de dolor… Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha”. Y le recuerda al Señor que su vida es “un soplo”, porque ya parece que no piensa redimirlo de su dolor (Job 7, 1-7).

Con el salmo 146 hoy proclamamos que: “El Señor sana los corazones quebrantados y venda sus heridas”. Seguramente Job tenía esta convicción y se acogía al consuelo y fortaleza del Altísimo.

Lo más triste hoy en día es encontrar todavía gente que vive en el Antiguo Testamento, sufriendo sus penas y dolores sin un sentido y llenos de amargura por no conocer el amor de Dios. En cambio quien cree en Jesús sabe que tiene poder para curar y que sufrir para un discípulo de Cristo significa acompañar a su Maestro en la cruz y con él redimir al mundo. El enfermo creyente sabe que es sacramento de Cristo, pues Jesús dijo: “estuve enfermo y me visitaron” (Mt 26,36).

En el santo evangelio de hoy según san Marcos, Jesús entra en la casa de Pedro y cura a su suegra que estaba en cama; ella se levantó de inmediato y se puso a servirles. Aquí veo un elemento muy importante pues, ¿para qué queremos la salud si no es para servir a los demás, como lo hizo la suegra de Pedro?

Lamentablemente hay mucha gente que desperdicia su salud, porque no la cuida o porque no la aprovecha para servir. Si estamos bien, es para trabajar en favor de los demás.

Ese mismo día al atardecer le llevaron a Jesús muchos enfermos, endemoniados y de nuevo callaba a los demonios para que no descubrieran quién era él.

Después de aquella jornada fatigosa, Jesucristo se levantó de madrugada para orar.

Que gran ejemplo de Jesús para sus discípulos y para nosotros, sus discípulos de hoy: aunque hayamos servido a Dios y al prójimo durante el día, aunque todo cuanto hagamos puede convertirse en oración, no hay nada como madrugar un poco para asegurar una oración sosegada delante de nuestro Padre Dios, que nos nutra y le dé sentido a cuanto vamos a vivir durante el día.

 

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