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Presbítero Manuel Ceballos García

Morir, como la semilla

Todo el triunfo exterior no impide en absoluto que Jesús vaya profundamente preocupado en su interior ante los acontecimientos que se avecinan, pues ha llegado ya la “hora” señalada por Dios Padre, la “hora” de su muerte y de su exaltación. Es también la hora de la siembra necesaria para la cosecha. Sólo si el grano de trigo muere, nace la espiga.

Entonces es preciso que Jesús muera para que su obra redentora se extienda por todo el mundo.

“Dar fruto” significa ser fecundo en la expansión de la fe entre los hombres. Que el mundo crea, esa es la cosecha que Jesús desea.

Pero la eficacia de la muerte de Jesús para la propagación del Reino de Dios entre los hombres no debe confundirse con una eficacia automática que nos ahorre la libre decisión de nuestra respuesta al Evangelio. Nadie acepta el Reino de Dios si no está dispuesto, como Jesús, a dar también su propia vida. Por eso vale la advertencia del Maestro: “El que se ama a sí mismo, se pierde”.

Si Jesús obedece a Dios Padre hasta la muerte y alcanza para todos la salvación, el discípulo de Jesús debe obedecer a Cristo hasta la muerte si quiere entrar en la vida eterna.

Hoy, Jesús, en el texto del evangelio (y a todos los que quieran comprender el significado de su “hora”, nos enseña con una pequeña parábola el significado de la Cruz en la imagen de la semilla que muere. Dicha semilla cae en tierra y parece que su energía está condenada a apagarse. Sin embargo, cuando a su debido tiempo maduran las mieses, se revela el secreto fecuando de esa “muerte”.

Por eso, si la semilla no cae en tierra y muere (dejando de ser semilla), queda estéril y solitaria. Solamente a través del sufrimiento y de la muerte nace el fruto…

Jesús ve que está por llegarle la muerte, pero no la presenta como un monstruo devorador. Aunque es tiniebla, es laceración, para Jesús tiene la fuerza secreta de un parto ya que encierra en sí un misterio de fecundidad y de resurrección. Por lo tanto, es en esta luz en la que Jesús formula su gran ley de la cruz: “El que ama su vida la pierde…, quien no se aferre a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna”.

El que se apega a su propia vida considerándola como una fría piedra preciosa que hay que conservar en el joyero del propio egoísmo, es como una semilla estéril.

La donación a los demás es creativa y se transforma en fuente de paz de vida y de felicidad. Sólo la semilla muerta es la que germina.

San Pablo escribió a los cristianos de Roma: “Si hemos estado completamente unidos a Cristo con una muerte semejante a la suya, lo seremos también con su resurrección”.

 

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