La visita del papa Juan Pablo II a Yucatán en agosto de 1993 contribuyó al repunte del número de jóvenes interesados en recibir formación para convertirse en sacerdotes.

 

Monseñor Joaquín Vázquez Ávila no necesita esforzarse para recordar el pasaje del Evangelio que leyó en la misa que Juan Pablo II presidió la mañana del 12 de agosto de 1993 en el Seminario Conciliar: Mateo 18, 31-35, la parábola del siervo que no quiso perdonar.

De hecho, el párroco de La Ascensión del Señor evoca con claridad la presencia del Papa en la institución religiosa, de la que entonces era rector y que hizo las veces de casa del Santo Padre durante su permanencia en Yucatán.

Ahí comió Juan Pablo II el miércoles 11, descansó antes de salir al Campo Eucarístico de Xoclán, donde ofició misa; pasó la noche, desayunó el jueves 12 y presidió una Eucaristía en la capilla.

“Dos cosas me preocupaban: qué le iba a decir cuando lo recibiera y qué iba a hacer la noche en que el Papa estuviera”, confiesa al Diario el sacerdote, al que el arzobispo monseñor Manuel Castro Ruiz encargó la coordinación de la visita de Juan Pablo II al Estado.

“Una mañana estaba rezando laudes a solas y una de las lecturas decía: ‘No soy digno de que entres en mi casa’, la frase que le dice el centurión a Jesús”. Fue ésta la que eligió para darle la bienvenida al Papa y lo hizo en latín —“Non sum dignus ut intres sub tectum meum”— al llegar el Santo Padre al Seminario después de encabezar en Izamal el encuentro con representantes de etnias de América, sostener una reunión con el presidente Carlos Salinas de Gortari en Palacio de Gobierno y rezar en Catedral.

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En respuesta Juan Pablo II “sonrió.., como dice la canción”, indica monseñor Vázquez. “Bajando nos bendijo a mí y al padre (Carlos) Heredia (Cervera, el ecónomo). Esa bendición nos iba a servir mucho porque durante 12 años los dos fuimos vicarios de la Arquidiócesis”.

“La otra preocupación era qué iba a hacer toda la noche, si iba a estar sentado en la puerta o las escaleras o rezando el rosario”. Al final de la jornada “estaba tan cansado, tenía tanto sueño, que lo único que hice fue dormir”.

Recuerda que la elección del Seminario como sitio de pernocta fue a sugerencia de monseñor Roberto Tucci, coordinador de las giras del Papa, quien había advertido que el lugar a seleccionar no podía tener características políticas ni económicas, sino solo religiosas. “Preguntó: ‘¿Podrá llegar al Seminario?’. Yo pegué un grito: ‘¡Sí!’”, señala monseñor Vázquez, quien el 15 de agosto de 1991 fue nombrado vicerrector de la casa de formación y a mediados de 1992, rector.

La bienvenida al edificio de Itzimná la dieron él mismo y el ecónomo. Para cuando Juan Pablo II llegó, ya lo esperaban unos 40 obispos de pie, en fila, que lo saludaron de uno en uno, en lugar de hacerlo sentados a la mesa en el comedor, como le habían propuesto originalmente a monseñor Vázquez.

“Yo tenía un lugar en la mesa del Papa, pero comí en una distinta, porque iba por las mesas para ver cómo estaba todo. El Papa conversó con el Arzobispo” y otros dignatarios eclesiásticos.

Se había dispuesto que esa noche, además del Santo Padre, en el Seminario solo permanecieran el Arzobispo y el rector, “pero vimos la manera de que el padre Heredia se quedara, porque siempre es muy importante que esté el ecónomo; además, era una autoridad moral muy grande en el Seminario”.

“Las habitaciones del Arzobispo se le cedieron al Papa; las mías se las cedí al Arzobispo y a mí mandaron a dormir al fondo”, indica con humor el sacerdote.

A la mañana siguiente, Juan Pablo II presidió la misa a las 7 en la capilla con asistencia de monseñor Manuel Castro, los obispos visitantes, los sacerdotes formadores del Seminario y algunos invitados. Antes de despedirse firmó el libro de visitantes distinguidos.

Monseñor Vázquez, quien para la coordinación de la visita sumó fuerzas con los señores Javier Acevedo Menéndez, Gustavo Ricalde Durán y Trinidad Molina Casares, destaca que con su presencia el Papa convalidó el trato respetuoso a las comunidades indígenas. “Era muy necesario que se reconocieran los valores de nuestros pueblos”.

La Iglesia de Hispanoamérica “ha seguido la reflexión, ahora es mucho más madura, más equilibrada, mucho más teológica”. La visita, añade, “promovió muy fuertemente la vocación sacerdotal” en Yucatán, donde tuvo un repunte en la década de 1990 con el viaje del Papa y la colocación de la primera piedra del edificio del Seminario Menor. “En ese tiempo llegamos a tener 160 seminaristas entre el Menor y Mayor”, precisa.

“A los seminaristas les impactó terriblemente la humildad y sencillez de, como decían ellos, el hombre más importante de la Tierra. Haber convivido con un santo es una satisfacción y un reto muy grande, sobre todo porque Juan Pablo II fue un verdadero elegido. Y él adonde iba nos hacía sentir que éramos los elegidos de Dios, elegidos para su amor, para su Iglesia. Nos hizo sentir orgullosos de nuestra Iglesia, de nuestro Seminario”.— Valentina Boeta Madera
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CONTINUARÁ MAÑANA.— Padre Lorenzo Mex Jiménez: Juan Pablo II “era feliz con los indígenas”.