Foto: Megamedia

Fausto Castillo Pereira(*)

Entre la gente presente intenté encontrarte, no era difícil en realidad, sobresalías entre todos, no solo por tu altura física, sobre todo por tu altura moral. Te pregunté si podíamos hablar un momento y accediste como siempre, ahí aproveché contarte que días antes, en la fiesta de Pentecostés, estuve todo el día acostado porque tuve una taquicardia intensa, hablamos de otros asuntos y al final me dijiste sonriendo: “Bueno, pues como posiblemente te mueras con ese corazón chafa que tienes, escucha mis pecados y absuélveme…”.

Esa sería tu última confesión sacramental… pocas horas después serías llamado al Juicio Eterno.

Alrededor de las 6 de la tarde, el padre Francisco Mukul tocaba a mi puerta para decirme: “Laviada está muerto”. Sonreí, levanté mi vaso de agua al cielo y te dije: “¡Lo lograste!”.

Siempre lo he dicho, y lo mantengo: no he llorado tu muerte, no ha sido dolorosa, no me siento huérfano, no hay ningún sentimiento “normal” de luto. Simplemente sigues estando aquí, sigues aquí con tu bolígrafo rojo (tan temido para mí) para resaltar mis aciertos; y también, con tu intransigencia evangélica, para encuadrar mis errores.

Aquí sigues desde la Communio sanctorum, esta hermosa certeza que tenemos en la Iglesia de que todos los bautizados estamos unidos en Cristo, sea en esta vida peregrina; sea (mejor aun) en la vida eterna.

Te siento presente en mi vida cada vez que celebro la Eucaristía y, lleno de alegría le digo al Señor: “Recuerda a tu hijo Jorge Antonio, presbítero, a quien llamaste de este mundo a tu presencia…” ¡Qué gran gozo saber que fuiste llamado a su presencia! La vida del hombre en este mundo está en camino hacia ese encuentro al cual tú, querido padrino, has sido llamado.

Estás presente en mi oración cotidiana, cada vez que arrodillado delante del maestro, te recuerdo, sumido en la intimidad orante, con tu biblia o tu liturgia en las manos, inclinado ante el Señor. Tus posturas corporales eran siempre un expresión de fe ante el Señor vivo en la Eucaristía.

Te recuerdo siempre, y te pongo a trabajar, cada vez que unjo a algún enfermo, especialmente aquellos que tienen mayor dificultad, oro por la salud de los enfermos, aplico el sacramento, pero también me dirijo a ti, y te pido que intercedas por este hermano, tú, siempre abierto a las necesidades de tus hermanos, intercede por tantos que hoy sufren en su cuerpo o en su espíritu.

Estás presente mientras paso las cuentas del rosario, mientras uno a uno voy meditando los misterios de la vida de Nuestro Señor a los ojos de María Santísima, recuerdo tus palabras en una homilía, “Mirar la vida del hijo desde los ojos de la madre… ¿Qué sientes madre mía…? Danos tu sentimiento para que sintamos contigo…”.

Padre Jorge ¿cómo no sentirte presente cada vez que preparo una homilía? ¿Cómo no querer que las palabras de la predicación hagan arder el corazón de los fieles así como lo hacías tú? Ahí también estás presente.

Estás presente cada vez que recuerdo que estamos llamados a ser servidores del pueblo de Dios, no a servirnos de él. Cada vez que me urges a cuidarme en la salud para no ser carga sino soporte.

Querido padrino; siempre estás presente en el bien, pero también estás presente cuando actúo mal…

Siento tu corrección dura cuando equivoco las palabras ante el hermano, cuando en lugar de caridad ofrezco egoísmo y molestia… ahí estás, con tu bolígrafo rojo, subrayando mi error…

Estás presente cuando la tentación me acaricia el oído y me recuerdas la fidelidad a Cristo; estás ahí urgiéndome a ser fiel hasta la entrega total en la cruz y no a caer en el juego empalagoso del pecado… me duele esta presencia… me avergüenza que estés ahí… …pero gracias por estar…

Estás en mis planes y proyectos, en todos me imagino tu mirada crítica y propositiva; me ayudas a desenmascarar mis intenciones y me ayudas a volver los ojos a la gloria de Cristo y no al aplauso personal… Gracias porque me haces bajar y desde ahí empezar a construir.

Puedo escribir mucho más pero esto me parece suficiente, estoy seguro que son muchos los que tienen mucho qué decir sobre ti y tu amor a Cristo; fuiste y eres aun un referente en nuestras vidas y no es justo que quede en el olvido o en el silencio tu vida desde la vida de Cristo.

El Evangelio es claro “Que brille así su vida ante los hombres para que viendo las obras que ustedes hacen los hombres alaben al Padre”.

Ayer se cumplió un aniversario más de tu ordenación sacerdotal, durante muchos años tuviste a Cristo en tus manos durante la consagración, hoy Cristo te tiene en sus manos.

A casa

En estos días tus cenizas volverán al Seminario, tu casa, tu amor, dejarán tus restos mortales en la capilla, ahí ante el Señor al que amaste y amas en la eternidad.

Vuelves a casa para ser ahí, desde la aridez infecunda de las cenizas, fecundo fermento de renovación vocacional en la Iglesia.

Querido padre Jorge Laviada, sigue con tu bolígrafo rojo corrigiendo el mal que confrontas, resaltando el bien que animas.

Sigue así en mi vida, en la vida de nuestros hermanos presbíteros, sigue así en la Iglesia peregrina… sigue así hasta que el Señor, en el gran día que no se acaba, limpiará las lágrimas de nuestros ojos y seremos para siempre semejantes a Él… Ora por mí, sabes que lo necesito…

Tu ahijado.

Sacerdote católico

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