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Hablemos de Bioética

Continuando con la reflexión acerca del sufrimiento humano, podemos decir que ante el sufrimiento ajeno, Cristo pide respeto, comprensión y ayuda; no debe darse la indiferencia, curiosidad y burla.

San Lucas presenta al buen samaritano, como el hombre capaz de la entrega sincera de sí mismo a los demás, sensible al sufrimiento ajeno, que practicó la misericordia. Por eso el buen samaritano representa al mismo Jesucristo, quien se compadece de nosotros, es decir, comparte nuestros sufrimientos. Jesús, ante el escriba, concluye su mensaje diciendo: “Ve y haz tú lo mismo”.

La parábola del buen samaritano presenta con claridad cual es la misión de la Iglesia, en América Latina, como afirma el Documento de Puebla: “El Continente necesita hombres conscientes de que Dios los llama a actuar en alianza con Él…; necesita hombres y mujeres especialmente capaces de sufrir su propio dolor y el de nuestros pueblos y convertirlos, con espíritu pascual en exigencia de conversión personal, en fuente de solidaridad con todos”.

Jesús vino “para que el mundo tenga vida y en abundancia”; como cristianos tenemos la tarea de prolongar este servicio de Jesús a los hombres, debemos acercarnos a todos, incluyendo los enemigos, especialmente a los despojados y a los que sufren, ya sea en su cuerpo y en su espíritu.

En estos días, podemos ver con claridad que estos hombres y mujeres; son las enfermeras y enfermeros, médicos, trabajadores de la salud que están dando su vida con generosidad al servicio de los más débiles, como pueden ser los enfermos.

La vida es un don de Dios, y la salud, como su atributo positivo más íntimo, también es este don que ahora se comunica al mundo a través de los profesionales de la salud. La auténtica caridad al prójimo se avala en la actitud del buen samaritano, que se aproxima, se asemeja al otro.

El respeto al que sufre no es pasividad. Cristo ha enseñado “a hacer el bien con el sufrimiento y hacer el bien a quien sufre”. La compasión por el enfermo, pobre o anciano debe llevarnos a actuar con prontitud y comprometernos. Así es el dinamismo de la vida cristiana.

Deseemos que nuestra oración acompañe a todos los hombres y mujeres que por causa de esta situación de pandemia padecen el sufrimiento físico, emocional, y espiritual. Seamos todos buenos samaritanos con los mismos sentimientos de Cristo Jesús.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, profesor de Bioética en el Seminario Conciliar de Yucatán

 

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