Frank Fernández Estrada (*)

Si preguntamos cuál es el país más grande del mundo, rápidamente recibimos la respuesta: Rusia. Y eso que las fronteras rusas se han reducido mucho si las comparamos con las que tenía durante la época soviética o durante la época zarista. Ahora bien, si preguntamos cuál es el país más pequeño del mundo, con certeza entra la duda. ¿Será Mónaco? ¿Será San Marino? ¿Será el Vaticano? Pues sí, con mucho, el más pequeño país del mundo es Ciudad del Vaticano con solamente 44 hectáreas. Pero si hay algo que es inestable en la historia son precisamente los límites de las fronteras. Todavía en nuestro siglo XXI, cuando se supone que se han creado instituciones para servir de garantes de las fronteras de los países, muy de vez en cuando vemos algunos que logran engullirse un pedazo de la tierra del país de al lado. Y es que muchos hombres son egoístas, acaparadores, amigos de lo ajeno… otros los bien llamarán imperialistas. Y esos hombres siempre tendrán en abundancia justificadas razones para engullirse el terreno del vecino.

Decía que la Ciudad del Vaticano es el estado más pequeño del mundo, pero no siempre fue así. Hagamos un poco de historia.

Con la caída del Imperio romano de occidente, solo quedaba el Papa como elemento espiritual, pero también político y aglutinador para darle cierta forma a los antiguos territorios romanos. Toda la península itálica se dividió en multitud de entidades nacionales independientes que, durante siglos, se hicieron la guerra. Las fronteras iban y venían. Algunos de estos estados incluso desaparecieron tragados por el de al lado.

Para el siglo VIII, los bárbaros del Norte seguían siendo una amenaza para Roma. Entre ellos estaban los lombardos, que se habían acomodado en una buena parte del norte de los territorios de lo que hoy reconocemos como Italia. Los lombardos, bien asentados, también querían hacerse con Roma y, en el año 758, el papa Esteban II recurrió al rey de los francos, Pipino el Breve, para que viniera a defender Roma.

Pipino logró una importante victoria sobre los lombardos, arrebatándoles grandes territorios. Pipino el Breve, como buen católico, regaló estas grandes extensiones de tierra a Roma. Fue lo que a partir de ese momento se llamó los Estados Pontificios. Más de mil años más tarde, Italia pretendía surgir como una nación unida. Es lo que la historia reconoce con el nombre de Risorgimento.

Hubo alguien que ayudó mucho a los italianos en este afán de tener un país unido. Fue el emperador francés Napoleón III. Sin embargo, había un inconveniente mayor. ¿Cómo crear el Reino de Italia sin reconocer a Roma como su capital, siendo ya Roma capital de los Estados Pontificios? ¿Cómo crear un Reino de Italia uniendo los territorios del norte y del sur de la península cuando los Estados Pontificios ocupaban una buena parte del centro de la bota?

Napoleón III quería un Reino de Italia, pero dentro del respeto de Roma y de sus Estados Pontificios. En ello influyó mucho su esposa, la granadina María Eugenia de Montijo, mujer profundamente católica y particularmente inteligente. Rápido y veloz envió Napoleón III sus tropas francesas en 1861 para defender a Roma y al Papado de las tropas del novísimo Reino de Italia. Pero… en 1870 se declara la guerra entre Prusia y Napoleón III, perdiendo los franceses apabullantemente la guerra en la batalla de Sedán.

Ya no estaba allí Napoleón III para defender a Roma. Ese fue el momento en que Víctor Manuel II, rey de Italia, aprovechó para invadir todo lo que al Vaticano correspondía, prácticamente sin disparar un solo tiro. A partir de ese momento, el Papa se encerró en el Vaticano declarándose prisionero del Reino de Italia. En balde el Rey italiano propuso una generosa compensación por los territorios ocupados, el terreno no era fértil para entendimientos.

Así estuvieron las cosas durante 59 años más. Los Papas se sucedían y cada uno de ellos se consideraba y declaraba prisionero del Rey de Italia. La situación no era agradable para ninguna de las dos partes, hasta que el gobierno formado por Benito Mussolini, por una parte, y el cardenal Pietro Gasparri, en representación de Pío XI por la otra, se sentaron a darle solución a tan espinoso tema que ya en las cancillerías extranjeras tenía nombre “el problema romano”.

Se reunieron en el Palacio de Letrán, de ahí que los pactos que allí se firmaron el 11 de febrero de 1929 llevaran este nombre: “Pactos de Letrán” o “Pactos Lateranenses”. Estos fueron unos pactos en los que ambas partes salían ganadoras.

Por una parte, el Vaticano no solo era reconocido por el Reino de Italia como una entidad nacional independiente, con todas las obligaciones y derechos que esto implica. Se les reconocía una frontera en el seno de la ciudad de Roma dentro de la cual tenía jurisprudencia. Esto permitía también al Vaticano, independientemente de su poder espiritual, salir a la palestra del coro de las Naciones como un estado más y asumir una inestimable posición de intermediario en graves litigios internacionales. El Vaticano recibió una generosa compensación monetaria por los territorios perdidos, equivalente de mil cien millones de euros de nuestros días.

La Iglesia lograba que se reconociera la religión católica como religión de Estado en Italia, que el catecismo se pudiera enseñar incluso dentro de las escuelas públicas y que el Estado italiano tomara una posición muy intransigente en cuanto al divorcio. Esta parte de los Pactos fueron rescindidos solo en 1984, año en que Italia dejó de reconocer el catolicismo como única religión preponderante, dejó de ser obligatoria la enseñanza del catecismo en las escuelas italianas y se aprobó el divorcio.

Para Italia también era muy beneficioso este tratado. Solo en este momento se dio por terminado el proceso de formación del Estado italiano, el Risorgimento, reconociéndose Roma como su capital. En lo que al gobierno de Benito Mussolini se refiere decididamente fue un importante espaldarazo. En estos momentos Mussolini tenía un amplio apoyo del pueblo. Para él y su gobierno era una forma de afianzar su posición política a nivel internacional.

Existen personas que consideran que los Pactos de Letrán fueron una claudicación, un reconocimiento y un apoyo de la Iglesia al fascismo de Mussolini. Mirándolo con el prisma del año 1929 no deja de serlo. Estos Pactos fueron un acuerdo ganador-ganador. Pero es necesario dejar muy en claro una cosa. Esto en nada implica un reconocimiento y una afiliación de la Iglesia con el fascismo. A aquellos que tengan algún tipo de duda al respecto los remito a la encíclica “Non Abbiamo Bisogno”, firmada en 1931. En esta encíclica queda muy clara la posición de la Iglesia en cuanto a regímenes dictatoriales y populistas.

Traductor, intérprete y filólogo altus@sureste.com

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