Uno, dos, tres… por la adultez
Antonio Alonzo Ruiz(*)
La oscuridad que flotaba a las afueras del campamento se veía difuminada por las grandes antorchas romanas que portaba la comitiva del inesperado visitante. “Debe ser de alta jerarquía”, comentó ufano el joven Ezda.
Algo que llamaba la atención, querido lector, era la estrafalaria patrulla romana que lo acompañaba: cuatro hombres altos y fornidos —seguramente esclavos— cargaban las grandes antorchas, y sus tres suboficiales, imponentes y uniformados, portando sus más de 40 kilos de armas y armaduras cubiertas con visibles condecoraciones en forma de medallones y pulseras colgantes que advertían de su bravura en las batallas.
Esta intimidante patrulla romana, contrastaba notablemente con la sencilla y serena figura del Primus Pilus que la comandaba.
Despojado estaba, al menos aquella noche, de su imponente y elegante uniforme que lo revestía del —hasta entonces— invencible poder imperial.
Como quien depone su autoridad ante un poder superior, a sus pies, en la tierra, yacían asentadas su espada romana y su bastón de mando.
Llevaba encima, únicamente, una sencilla y blanca túnica.
Su nombre era Julius, centurión romano de la compañía Augusta.
De pie, al darse cuenta de que el bautista ya estaba cerca, se quitó las sandalias y levantando su brazo derecho, respetuoso saluda:
Ave Prophetam, El Mashiaj de Isheral me envía.
“¡Benditos los pies del mensajero que trae buenas noticias!”, exclamó el bautista. Esa noche, la fe y expectativas de ambos se vieron reconfortadas en aquel fraterno diálogo.
Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06 @delosabuelos Antonio Alonzo
