Ciclo B
Jl 2, 12-18; 2 Cor 5, 20 – 6, 2; Mt 6, 1-6. 16-18.
“Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 18).
In láak’e’ex ka t’aane’ex ich Maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ káajsik u Kili’ich k’iinil Cuaresma, u beejil Pascua. U T’aanil Papa ku ya’alik beya’ “ile’ex, táan náakal Jerusalén” Cuaresma: u k’iinil u ti’al muk’a’ansik alab óolal, uts óolal, yéetel óotsilil. U bejile’ ma’ uk’ul, máatan yéetel payalchi’. Yéetel tu láakal le ma’alob tuukula’ ts’aik ti’ kuxtal uts óolal, alab óolal yéetel ki’imak óolal.
Hermanos que nos siguen a través de las redes sociales, de la televisión o de la radio, todos muy queridos en Jesucristo nuestro Señor.
Este día, Miércoles de Ceniza, iniciamos con toda la Iglesia el camino de la santa Cuaresma. Como cada año, el Papa Francisco nos ha enviado un mensaje, y el tema de este mensaje es: “Miren, estamos subiendo a Jerusalén (Mt 20,18). Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.
Para llegar a Jerusalén hay una cuesta que debe subirse, y esta realidad es para nosotros una figura de nuestro camino hacia la celebración de la próxima Pascua. Es claro que un camino en cuesta arriba es mucho más cansado que un camino plano, ¡cómo habrá sido esa última vez que Jesús lo caminó, consciente de lo que la cruz lo estaba esperando! Acompañemos a Jesús en sus pensamientos y sentimientos de esta cuesta, veamos así a este camino cuesta arriba que ha sido la pandemia, para algunos en particular, mucho más empinada. Acompañemos a Jesús y acompañemos también a quienes más han sufrido.
Luego, dice el lema que la Cuaresma es un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad; porque en verdad, eso debe significar nuestra conversión cuaresmal, una renovación en estas virtudes teologales, que vienen de Dios y conducen a Él. “El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cfr. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2021).
La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas. La esperanza es como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza. En otras palabras, sin caridad no hay verdadera fe, ni verdadera esperanza; o también podemos decir que la medida de nuestra caridad es la medida de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Como cada año, en esta misa escuchamos al profeta Joel llamándonos a la conversión. Estas palabras describen muy bien las actitudes, sentimientos e intenciones de un verdadero arrepentimiento y conversión: “Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos”. Nos viene muy bien el hecho de no haber tenido este año carnaval, junto con todo lo que hemos vivido, para promover en nuestro interior esta conversión profunda y sincera.
No deja de llamar la atención que el profeta se dirija también a los sacerdotes del pueblo de Israel para que ellos encabecen este arrepentimiento sentido y sincero. Dice: “Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo”. Nosotros, los sacerdotes del Nuevo Testamento también debemos llorar, es decir, interceder por todo el Pueblo de Dios; el Papa por toda la Iglesia, el obispo por su Iglesia diocesana, el párroco por su parroquia y cada quien, en su nivel de Iglesia, porque a los pastores nos deben doler los pecados de toda la humanidad y de los miembros de la Iglesia en particular.
Nuestro dolor debe incluir principalmente nuestros propios pecados. Hemos de pedir perdón para nosotros y para nuestros hermanos. La enseñanza tradicional de la Iglesia nos dice que una buena confesión debe iniciar por el dolor por nuestros pecados. Tengamos cuidado de no tomarlos a la ligera para no acostumbrarnos a ellos.
Nuestro acto es comunitario, es de Iglesia. Hemos de pedir perdón con todos y por todos. Por eso hoy hemos dicho con el Salmo 50: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Nuestro pecado tiene una necesaria dimensión personal. El Salmo 50 se atribuye tradicionalmente al rey David, luego de que cometió el doble gravísimo pecado de la fornicación y del asesinato. El arrepentimiento nos ha de llevar a una vida totalmente renovada, como lo pedimos en el Salmo: “Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos”.
En la segunda lectura, tomada de la Segunda Carta de san Pablo a los Corintios, el apóstol nos exhorta a convertirnos pues, como él dice: “Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación”.
Las prácticas de la Cuaresma, el ayuno, la limosna y la oración, son totalmente para Dios, no para quedar bien con nadie en absoluto, sino sólo con el Señor. Si algo echó en cara Jesús a los fariseos y a los escribas fue la hipocresía de una religiosidad totalmente falsa, porque no se practicaba por amor a Dios, sino por amor a sí mismos, pues sólo pretendían conservar buena fama ante los demás que los veían cumplir. Esa hipocresía los llevaba a sentirse con derecho de juzgar y acusar a todos los demás que no eran como ellos. Sus prácticas eran las mismas: ayuno, oración y limosna, pero los realizaban en forma ostentosa, en absoluto para nada discreta.
Jesús declara que esa forma de actuar no obtendrá ninguna recompensa de parte de Dios, pues si buscas el aplauso de los hombres, esa será tu recompensa; y así tu religiosidad, por más intensa que sea se volverá estéril, sin trascendencia. Ese aplauso lo pueden buscar los artistas pues eso significará que su actuación o su obra ha tenido éxito, divirtiendo, entreteniendo, emocionando o elevando a su público; pero si el artista es buen cristiano, pasará interiormente ese aplauso al Señor diciendo “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Lo mismo se aplica a quien gobierna, pues no ha de buscar aplausos ni reconocimiento alguno, sino dar un buen servicio. Si el gobernante es un buen cristiano entonces tendrá en su mente y en su corazón las palabras del Señor: “No somos más que siervos inútiles, sólo hemos hecho lo que teníamos qué hacer” (Lc 7, 17).
Cuántas personas durante este año de pandemia han ayudado a los necesitados, siguiendo las enseñanzas de Jesús: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, y así han acumulado enormes tesoros de la gracia de Dios. A ellos se les puede olvidar lo que han dado, pero Dios nunca lo olvidará, tomándolo como un bien dado a Él mismo.
Más allá de las misas y rosarios que muchos han seguido, así como a los que han asistido, cuánta oración personal has hecho en el silencio de tu automóvil, mientras otros van maldiciendo y tú has ido alabando; cuánta en el interior de tu hogar, en la cruz de la cama de un enfermo, en tu interior mientras trabajas, en el corazón de un médico, una enfermera o enfermero mientras atienden a un enfermo. Verdaderamente que la pandemia ha sido un tiempo de profunda contemplación en medio de la acción. Has cerrado la puerta y has orado en secreto y tu Padre te ha escuchado, y aparte de haberte escuchado, te recompensará.
Cuántos ayunos se han hecho durante la pandemia de todos aquellos que no han tenido tiempo ni para comer, con tal de no interrumpir el servicio a Cristo enfermo, a Cristo en depresión y tristeza. Quien haya hecho eso se habrá sentido muy satisfecho en su interior, pero además, tu Padre que ve lo secreto, te recompensará.
¡Sea alabado Jesucristo!
+ Gustavo Rodríguez Vega, Arzobispo de Yucatán
