PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA
“No teman, soy yo”
Aquellos discípulos que regresaban a su casa en el poblado de Emaús, estaban resentidos con ellos mismos ya que sintieron que habían perdido su tiempo acompañando a Jesús. Se habían entusiasmado desde el principio con las enseñanzas que escuchaban del Maestro, y viendo todos los milagros que hacía. Pero, nunca imaginaron un final tan trágico como el que habían presenciado en el Gólgota. Sin embargo, Jesús se les apareció en el camino y les reveló su misterio divino.
Impacientes por contar cuanto les sucedió y cómo conocieron al Señor “al partir el pan”, fueron a ver a los Once apóstoles para contarles lo sucedido. Pero, antes de hablar, los otros les dijeron: “El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Pedro”. Luego, unos y otros se quedaron mudos ante la súbita presencia del Señor.
Jesús les tranquilizó y les convenció de la verdad de su presencia. Ver a Jesús ingerir los alimentos sirvió para “comprobar” que Él es en verdad el mismo que, habiendo muerto, estaba vivo, resucitado, que no era un “fantasma” o una simple “visión”. Los apóstoles sólo pueden ser “testigos” si están plenamente convencidos de que Jesús nazareno, El que padeció y murió bajo el poder de Poncio Pilato, es el Señor que vive.
Tengamos en cuenta que, con la resurrección Jesús entra en un nuevo horizonte —el divino y glorioso— que supera nuestros sentidos y los límites de nuestra historia. Por eso en los relatos de sus apariciones los discípulos quedan sorprendidos, con bastante incertidumbre y una enorme incapacidad de reconocerlo. Sin embargo, Jesús Resucitado no es otra persona respecto de Jesús de Nazaret que transitó por los caminos de Palestina y que fue conocido por personas muy concretas.
El indicio del cuerpo (que en el mundo palestinense, a más de ser indicio físico y material), es también expresión de la persona en su totalidad y en su capacidad de comunicar. Por eso en la narración de hoy tiene una gran importancia lo relacionado con el cuerpo de Cristo: mirar, tocar, manos, pies, carne, huesos, comer, pescado asado, etc. Jesucristo resucitado, a quien invocamos Dios y Señor, es el mismo Jesús de Nazaret.
Por eso nuestra fidelidad debe continuamente verificarse: orar y actuar, cantar y sufrir, comprender y creer. Fuerte es la tentación de encerrarnos en una religiosidad de solo rezar y olvidar la importancia de la atención concreta a los más necesitados, compartir con los que menos tienen. Creer que Cristo vive debe manifestarse en nuestras obras frente a los rostros concretos de los que sufren.
