El programa de la OSY se repite hoy domingo a las 12
Para desbandar cualquier pesimismo e invitarnos a una epifanía de voluntad inspiradora, desde el balcón del segundo concierto de su XXXVI temporada, la Orquesta Sinfónica de Yucatán se propuso impulsar al público hacia la doble herida —luminoso vértigo de rebeldía o delicadas pulsaciones— de aquel Romanticismo inicial del siglo XIX y por conducto de un par de sus mayores representantes: Ludwig van Beethoven y Franz Schubert.
Anteanoche, en el Peón Contreras, para alcanzar los contornos de ambas facetas, el maestro Juan Carlos Lomónaco, el muy apreciado director titular, fraguó cabalmente dos piezas adecuadas: la Sinfonía No 7 del iracundo genio de Bonn y la llamada Sinfonía Inacabada del vienés de ojos asombrados y medroso aspecto.
El enigma
La velada comenzó con los acentos inolvidables de la Sinfonía No. 8, obra inconclusa de don Franz, sobre la cual una controversia se acurruca sin reposo en las discusiones de los expertos. ¿Por cuál motivo el maestro no puso término a su octava sinfonía?
Opiniones muy diversas y variadas en sus fundamentos se han expuesto, pero, sobre todo, existe una que parece de mayor peso si se considera el frágil carácter del compositor, esa como existencia sesgada, algo opaca e inhábil en los asuntos prácticos que los expertos han observado.
Si no homosexual, don Franz, en el mejor de los casos, fue extremadamente tímido en cuestiones de nexos carnales. A las mujeres las convertía en almas de sonatas o doncellas en alguno de esos lieder inmortales, pero no se atrevía a una aproximación más íntima y plena. No era falta de deseo, sino de decisión.
Para colmo del infortunio, a los 23 años, el amable profesor de canto, el gordito de las gafas redondas, el Schubert de las prudentes tardeadas en las afueras de Viena, contrajo sífilis la única vez que pisó un burdel por insistencia de un amigo preocupado por su “rara castidad”.
En la primera mitad del siglo XIX, la sífilis era incurable y de avance demoledor. No solo se sufría el quebranto físico, sino el menoscabo social. Por tal motivo se asegura que, tras componer dos movimientos de una sinfonía en mi menor y enterarse de la fatal dolencia, el maestro arrumbó las partituras y jamás les agregó el scherzo y el final proyectados. Una oscura (aunque explicable) fobia le impidió proseguir el proyecto.
El maestro Lomónaco abrió generosamente los ventanales de ingreso a los dos movimientos supervivientes. La tímida ansia de purificación de don Franz para mantenerse él mismo junto a la sombra de su inmensa y constante adoración beethoveniana están evidentes en el allegro sostenuto y en el andante con moto. Anuncio de emoción y trazo de compases se advierten sin fisuras. Es como entrar en las aguas de un Jordán de mesurada satisfacción.
No hay en Schubert los retos altaneros de su ídolo germano. Su línea melódica, sus apuntes rítmicos van de la energía esperanzada a la melancolía teñida de resignación. Hay un alma grandiosa en orfandad de impulso titánico.
En el primer movimiento encanta el tema central, acariciado primero por los bajos y esgrimido después por el clarinete en una especie de vals lento.
El segundo instante es de una triste calidez con breves erupciones de carácter militar. Acentuada con precisión y bien equilibrada en tiempo fue la versión de nuestra orquesta. Hubo ovación intensa.
Brío de Beethoven
La segunda donación de la velada resultó de grandiosa factura, cristalización de una voluntad firmísima, cual corresponde al Beethoven con las extremidades superiores al aire, retando al destino funesto y con las sienes hinchadas de furor semidivino.
La Sinfonía en la Mayor op 92, la número 7, se compuso cuando el genio andaba ya malhumorado por la pertinaz sordera y en época de napoleónicos disturbios. Wagner la consideró una erupción de dancística ritmicidad, pues, en sus cuatro movimientos, repasa numerosos estados anímicos —lo bucólico, lo contemplativo, lo titánico, lo festivo, lo marcial— pero especialmente, máxime en el frenético allegro final, festeja el placer de vivir en libertad y aprender por medio de la duda. “Eleva el pecho con ahínco y vivifica con las manos el futuro que anhelamos”.
Emociona, sobre todo, el segundo movimiento —Allegretto— donde la sección de cuerdas, desde las graves, gana brillo e intensidad que contagia a los alientos en intensa interacción. En general, entre los cuatro movimientos, el oyente atento advierte transitar lo esencial de la sintaxis del maestro: serenas variaciones, impetuosos vivaces, perfiles de marcha, diálogos afectuosos entre los alientos, un trío de raíz popular, acordes de danza húngara.
La brillantez fastuosa del allegro con brío final no deja lugar a dudas ante qué talentosa arquitectura musical estamos. La versión de nuestra orquesta nos situó muy cerca del “sonido” beethoveniano que el alma anhela. Los aplausos prolongados y cálidos fueron una justa retribución.— Jorge H. Álvarez Rendón
