El maestro Ramón Shade dirige el tercer recital de la XXXVI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) que tuvo lugar anteanoche

Perfiló ahora una doble silueta en el Peón Contreras

Un director huésped llamado Ramón Shade, fundador y guía de la Camerata de Coahuila, con justificado renombre y audibles rasgos de pericia desde la batuta, arribó para comandar los enlaces del tercer recital de la XXXVI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) que tuvo lugar anteanoche, en el teatro José Peón Contreras.

Visitante en dos ocasiones previas, Shade nos perfiló ahora una doble silueta: alemana y francesa, con eficacia del mejor clasicismo —papá Haydn— y murmullos de modernismo galo desde los nombres insignes de Cesar Franck y George Bizet. Identidades diversas para tranquilidad y contento de los gustos más diversos que entre los melómanos hay. Como antes se solía decir en Mérida: mejor, ni en París.

El mejor Haydn

Se inició la velada con la Sinfonía en Sol Mayor No.100 de don Joseph, compuesta para lucirla como una centella ante ese público de Londres que lo idolatraba y se conoce con el apropiado sobrenombre de “Militar” por el abundante empleo de trompetas, así como percusiones —timbales, triángulos, platillos— listas para erificar pasajes grandiosos.

Con algo de imaginación y gracias al espléndido desempeño de nuestra orquesta en manos de Shade pudimos vislumbrar al mismo Haydn, el 31 de marzo de 1794, dirigiendo su nueva sinfonía en la sala de Hanover Square ante 820 aficionados. Percibimos el disfrute de la imponente introducción lenta y el galano pasar a un allegro armado con la novedad técnica de utilizar numerosos motivos breves preciosamente conectados.

Pero fue en el segundo movimiento cuando el maestro detonó el regalo para los londinenses y nosotros pudimos disfrutar bajo la batuta de don Ramón. Una marcha sencilla, avance de soldados en formación, se transforma poco a poco en un crescendo que nos conduce al fragor de una batalla. A lo lejos se vislumbra el chocar de ejércitos y el rumor de los cañones en el clímax.

Como contraste, sabiamente, el autor incorporó como tercer movimiento un minueto con ritmo majestuoso y predominio de cuerdas y alientos agudos, más sereno, pero en el instante final regresó el imperio de las percusiones en un movimiento perpetuo de gran efecto. Los legendarios aplausos de aquella noche inglesa se sumaron a los nuestros por la clara y enérgica versión de nuestra orquesta.

Rincón francés

Después del intermedio ingresamos en la sección francesa y se comenzó con la aportación de don César, organista profesional, meticuloso maestro del conservatorio de París, uno de cuyos poemas sinfónicos —Las Eólidas Op 23 (1876)— nos introdujo en una versión musical de los laberintos del poeta parnasiano Leconte de Lisle (“A tu alma dio el Oriente misterios seculares”) quien fuera idolatrado por Rubén Darío.

La pieza halló origen en uno de los poemas bárbaros de aquel poeta francés en el cual se retrata a aquellas tres hijas de Eolo, dios griego de los vientos, moradoras de una isla flotante por el mar Egeo y renuentes a contraer matrimonio y someterse a los dictados del “macho”. Algo así como feministas de homéricos tiempos ¿Cómo será eso de que los temas se regeneran y vuelven muy actuales?

En el tratamiento del material, Franck se adapta a modelos de dos de sus ídolos: Wagner y Liszt. Amplitud de frases, elegante fluidez, retorno cíclico de los temas, cálidas tonalidades. Agradó sobre todo el tercero de los cuatro movimientos —Allegretto vivo— cuyo nervio melódico reproduce los acariciantes soplos de la naciente primavera que viajan sobre las olas hacia el Peloponeso. El público agradeció la versión del maestro Shade con entusiasmo.

Juegos infantiles

Antes del ultrasonido y sus placas testimoniales, cuando Bizet se entera (1871) que sería padre, compone para el piano una suite de doce piezas para ejecutar a cuatro manos. La colección se llamó “Juegos infantiles” y años después, con cinco de aquellas piececillas, don George elaboró otra suite, ahora para orquesta, que fue la que disfrutamos como final de velada.

Se inicia la suite con Marcha, que proviene de la pieza Trompeta y tambor, imitativa de los juguetes marciales que nadie censuraba en aquella época desprovista de celulares y tabletas chinos. La segunda sección —Berceuse— es de gran primor y procede de la pieza “Muñeca”, referencia opresiva de género que hoy pocos se atreven a insinuar. De los tres números restantes —Impromptu, Dúo y Galopa— fue esta última la más estimada por el público dada su animada imitación de un bailable popular muy agitado y con ritmos cruzados.

A la versión de nuestra orquesta y don Ramón, tan integra y clara, le fueron otorgados cálidos aplausos.— Jorge H. Álvarez Rendón

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