Hablemos de Bioética
Pbro. Alejandro Álvarez Gallegos (*)
El homicidio se define como la muerte causada a una persona por otra.
Asesinar consiste en matar alevosamente. Se trata de un crimen premeditado y deliberado, donde hay la acción de maltratar o destrozar a la víctima.
El homicidio indirecto es una acción de la que se sigue la muerte de un inocente no deliberadamente, pero si con previsión o presentimiento. El homicidio involuntario es el efecto, aunque no deliberado, causado por la acción de una persona, ejecutado con intención hostil. El homicidio por imprudencia es el que se sigue de una acción u omisión cuya peligrosidad puede reconocerse fácilmente. Estas clases de homicidio (indirecto, involuntario y por imprudencia) no son moralmente imputables.
El infanticidio, el fratricidio, el parricidio y el homicidio del cónyuge son crímenes especialmente graves a causa de los vínculos naturales que destruyen.
El que mata pone fin, de manera definitiva, al primero y fundamental valor, que es la vida, a partir del cual se dan los demás valores humanos. Por eso la vida es un valor imprescindible e inalienable, que una vez destruido no puede rehacerse. Con el homicidio no solo se priva al prójimo, junto con la vida, de todo cuanto tenía en este mundo, sino que se le quita toda posibilidad de adelantar en el amor de Dios.
Ya en el Antiguo Testamento, la Sagrada Escritura señala las razones por las cuales se prohíbe matar. En el relato sobre la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, se manifiesta la maldad de este tipo de homicidio “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo”.
Así, la Biblia indica la malicia de todo homicidio voluntario, pero señala la gravedad mayor del que atenta contra la vida del inocente y el justo. El quinto mandamiento prohíbe hacer algo con intención de provocar indirectamente la muerte de una persona. En efecto, la ley moral prohíbe exponer a alguien sin razón grave a un riesgo mortal, así como negar la asistencia a una persona en peligro. Como pecado grave, el asesinato es castigado severamente en el Antiguo Testamento.
En el Nuevo Testamento, el homicidio es un pecado de tal magnitud, que excluye del reino de los cielos. Cristo señala con claridad que no basta con no atentar contra la vida humana, sino sobre todo, hay que crecer en el amor y respeto a toda vida humana. Además de tener limpias las manos de sangre, es preciso lavar el corazón de las raíces del homicidio.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética
Cristo señala con claridad que no basta con no atentar contra la vida humana, sino sobre todo, hay que crecer en el amor
