Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

Cada persona debe guardar su duelo. Guardar significa elaborarlo, transitarlo. Así como cada persona es diferente, cada duelo es diferente, porque cada pérdida es diferente. Hay pautas, caminos y criterios para seguir, para no perdernos en el intento.

A veces creemos que el tiempo en sí mismo nos ayudará a superar aquella pérdida de esa persona a quien tanto amábamos.

Debemos transitar el duelo cuando hay de por medio la pérdida de un trabajo, un patrimonio, un divorcio, una muerte, etc.

Liberar. Es necesario en primer lugar liberar el dolor, pues toda pérdida implica un dolor, que en la mayoría de las ocasiones conlleva un sufrimiento. Liberar el dolor a través del llanto, una larga conversación con alguien que te escuche, que empatice contigo, liberar el dolor a través de la oración, del diálogo con Dios que se ha encarnado en Jesucristo, el Dios con nosotros.

Confesar la pérdida nos lleva a hacer presente, a hacer real el dolor que nos provoca. Confesar significa manifestar públicamente que algo nos duele, y esto será tanto cuanto uno quiera hacerlo público. La mayoría de las veces no ayuda permanecer aislado y en el anonimato, que nadie sepa y que nadie se entere de que estoy viviendo un duelo, hazlo saber a las personas que creas que te van a ayudar a aportar luces para tu crecimiento y fortaleza espiritual.

Perdonar la pérdida, esto es necesario. Muchas veces nos apropiamos sentimientos de culpa que no deberíamos tener. Debemos perdonar a esa persona que falleció, a esa persona que se divorció de ti, a esa persona que decidió dejar de ser tu amigo, a esa persona que traicionó tu confianza y te robó, a esa persona que te despidió de tu trabajo, etc. Pues perdonar no es justificar al otro, no es olvidar, no es minimizar, sino sanar ese dolor, perdonar es un acto que te hace cerrar el pasado para poder adentrarte libremente en el futuro e iniciar nuevas experiencias de vida.

Liberar, confesar y perdonar son los primeros tres aspectos que debemos tomar en cuenta antes de iniciar nuestro tránsito por el duelo.

Por último, debemos aceptar el vivir razonablemente, equilibradamente sin la pérdida. No la resignación que conlleva pasividad y lentitud, sino aceptación que significa asumir y caminar, continuar la vida que me toca con sus retos y desafíos.

Tu decisión marcará la diferencia. No es el tiempo que cambia las cosas, eres tú que puede originar algún cambio en tu persona, Dios te dará los medios para hacerlo, ¡pídeselo con fe y ponte a trabajar!— Presbítero Alejandro Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética.

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán