Este fin de semana, la biología perdió a dos de sus máximos estudiosos con los decesos de los estadounidenses Edward O. Wilson y Thomas E. Lovejoy.
El biólogo Wilson, considerado el padre de la biodiversidad, murió el domingo a los 92 años en Burlington (Massachusetts, EE.UU.), informó su fundación.
La fundación que llevaba su nombre anunció su fallecimiento en un comunicado en el que no detalló cuál fue la causa de su muerte, informa Efe.
Considerado el heredero de Charles Darwin, Wilson fue uno de los científicos más influyentes y de mayor reconocimiento internacional de las últimas décadas.
Fue el primero en averiguar que las hormigas se comunicaban a través de un intercambio de sustancias químicas, ahora conocidas como feromonas.
Profesor durante 46 años en la Universidad de Harvard, introdujo en la literatura científica conceptos como biodiversidad, conducta social, éxito reproductivo, parentesco genético o biofilia, el placer espontáneo que sentimos en contacto con la naturaleza salvaje.
Además, Wilson estableció la sociobiología como un nuevo campo de la ciencia, dedicado a estudiar el comportamiento social de los animales, incluidos los humanos.
Idea controvertida
Una de sus ideas más controvertidas apareció en el libro “Sociobiology: The New Synthesis”, publicado en 1975 y en el que describió el papel que la genética juega en el comportamiento de los animales.
En su último capítulo, dedicado a la humanidad, Wilson argumentó que el comportamiento de los humanos está basado en la genética, de manera que cada persona tiene unos genes que le hacen más proclives a unos comportamientos, como bondad, agresividad o división del trabajo por género.
Esas ideas hicieron que otros académicos vincularan su teoría al determinismo biológico y a las teorías de la eugenesia nazi, lo que provocó críticas y protestas en su contra.
Décadas después, los científicos reconocen que los genes sí juegan un papel —cuya importancia todavía se desconoce— en los comportamientos humanos.
Sin embargo, en el momento en el que las críticas arreciaban, Wilson escribió el libro “On Human Nature”, que ganó en 1979 el premio Pulitzer de no ficción. También obtuvo ese reconocimiento por la obra “The Ants” (1991), en la que analizaba la anatomía y comportamiento social de las hormigas.
Al final de su carrera, Wilson se convirtió en una de las figuras científicas más comprometidas con la defensa de la naturaleza.
En uno de sus libros, “The Creation. An Appeal to Save Life on Earth” (2007), alertó sobre las consecuencias de la contaminación, el calentamiento global y el deterioro de la diversidad biológica en la Tierra, y sugirió que la ciencia y la religión deben actuar en conjunto para resolver esos problemas.
El “padrino”
Por otra parte, el biólogo Lovejoy, apodado el “padrino de la biodiversidad”, exasesor del Banco Mundial y de varios presidentes de EE.UU. y reconocido en España con el galardón Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, falleció a los 80 años.
Lovejoy (Nueva York, 1941) acuñó en una conferencia de especialistas celebrada en noviembre de 1981 el término “biodiversidad” o “diversidad biológica”, concepto que la comunidad científica emplea desde entonces para referirse a la cantidad de formas de vida que existen en el planeta.
El científico, que falleció en Washington el sábado pasado, fue conocido como “uno de los gigantes de la ecología”, pionero en estudiar el fenómeno de la fragmentación de la selva y su correlación con la pérdida de especies y “una voz muy influyente” sobre el “cambio global” (el cambio climático y su impacto en la biodiversidad), explica Pedro Jordano, investigador en el Centro Biológico de Doñana del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
Lovejoy dedicó su vida a la conservación, ya fuera desde su contribución a la ecología en el ámbito científico o desde otros frentes, como la organización sin ánimo de lucro que fundó, el Centro de Biodiversidad de la Amazonía; el programa de conservación del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que dirigió entre 1973 y 1987; o la National Geographic Society, de la que formaba parte.
Además era catedrático en la Universidad George Mason (en Virginia, EEUU) donde trabajaba como profesor en ciencias ambientales, fue presidente del Instituto Yale de Estudios de la Biosfera y asesor en materia de biodiversidad del Banco Mundial, así como de varios presidentes estadounidenses como los republicanos Ronald Reagan y George W. Bush y el demócrata Bill Clinton.
Fragmentación
Su principal contribución a la ciencia de la conservación de la biodiversidad fue a través del Proyecto de Dinámica de Fragmentos Forestales (BDFFP), que puso en marcha en la Amazonia brasileña y que “constituyó el más extenso estudio, en espacio y tiempo, sobre hábitat fragmentado en la selva”, aseguran desde la Fundación BBVA.
Mediante esta iniciativa, Lovejoy analizó una superficie de más de 1,000 km2 que comprendía zonas prístinas de la selva amazónica y pastos y zonas deforestadas para el cultivo, y constató que las especies tenían menor capacidad de supervivencia en las zonas fragmentadas a consecuencia de los cambios en los usos del suelo.
Con estas alteraciones en el terreno, “el bosque primigenio, continuo, pasa a ser un mosaico” y Lovejoy se interesó por cómo interviene ese fenómeno en la vida de especies como los jaguares, los pumas “y otros grandes depredadores que necesitan de vastas extensiones”, destaca Pedro Jordano, que además es secretario del jurado del premio español Fronteras del Conocimiento de la fundación BBVA.
El megaproyecto de Lovejoy en la Amazonia también halló que, a medida que la selva fragmentada se iba restaurando, las especies que se habían extinguido localmente por la pérdida de bosque tropical iban recolonizando el terreno, algo que dio lugar al desarrollo de métodos de conservación como los corredores ecológicos, afirma Jordano.
