MÁLAGA (EFE).— El rey mago Baltasar se llama Hady Coulibaly, originario de Malí, de 29 años y al que guió una estrella cuando decidió emprender un difícil viaje en busca de paz y un futuro.

Para eso tuvo que saltar, como otros inmigrantes sin papeles, la valla fronteriza de Melilla, ciudad española en el norte de África, fronteriza con Marruecos.

Pasado mañana se subirá también alto, pero ahora a la carroza del rey moreno en la tradicional Cabalgata de Reyes Magos de Málaga.

Hady huyó a los 18 años de edad de la guerra y la crisis económica en su país y hoy día se siente plenamente integrado a la sociedad de España, donde trabaja, estudia para integrar a otros y ahora también tendrá el honor de disfrutar de una experiencia reservada a muy pocos.

De fe musulmana, valora la tradición cristiana de las cabalgatas de Reyes, porque “da alegría a los niños” y por esa razón se siente agradecido de dar vida a Baltasar y “compartir un día mágico” con los menores y sus familias, según indica.

Un senegalés y un colombiano serán los pajes que le acompañarán en el paseo de la noche del 5 de enero.

Antes de llegar a este momento pasó por muchas cosas. En Malí trabajaba en el campo cuando optó por separarse de su familia (tiene allí siete hermanos) para encaminarse a otro horizonte. Durante dos años siguió un camino complicado por Mauritania, Argelia y Marruecos, antes de pisar territorio español en 2013.

En ese trayecto intentó “hacer algo para sobrevivir”, recuerda. Con otros inmigrantes saltó la valla de Melilla, lo que, dice, fue su “salvación, un momento muy feliz” porque, aunque es un acto ilegal, huía de la muerte en la guerra.

En Melilla permaneció dos meses hasta que como solicitante de asilo lo trasladaron en barco a un centro de refugiados en Málaga, hace casi una década. Ahí empezó a cambiarle la vida.

Encontró “una nueva familia”, la de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), que le brindó apoyo y alojamiento y le ayudó a trabajar.

Estuvo tres años con estatus de asilo, pudo conseguir el arraigo social por trabajo más un contrato de un año como jardinero y, de esa forma, regularizar su situación en 2016.

A finales de 2017 empezó a trabajar en el mantenimiento y limpieza del CEAR en Málaga, donde estudia para técnico de Integración Social con el objetivo de “poder ayudar a la gente”.

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