De llama mitad eslava y mitad germánica fue la antorcha esgrimida por nuestra Orquesta Sinfónica, anteanoche, en la segunda velada de su XXXIX temporada.
Un par de nombres incandescentes, Antonin Dvorak, pilar de la música checa, y el huraño solterón de Hamburgo, don Johannes Brahms, hicieron del programa un lapso gratísimo para el público fiel que crece en números y en exigencias.
Atenida a las indicaciones de su director titular, el maestro Juan Carlos Lomónaco, nuestra máxima orquesta inició el concierto con cuatro danzas eslavas del op. 46 de don Antonin, originalmente para piano a cuatro manos, estas espléndidamente orquestadas para su difusión mundial.
A diferencia de Brahms, quien utilizó piezas tradicionales para sus Danzas húngaras —fuente de inspiración para Dvorak— el maestro de Praga creó sus propias melodías, aunque adaptándolas a las esquemáticas reglas de los diversos tipos de bailes que enriquecen el folklore de su patria para que se mantuviese el sabor aldeano.
La primera danza fue la No. 1 en Do mayor, un furiant con su torbellino clamoroso de campesinos festejando la cosecha en la taberna. Después la No. 2 en Mi menor, instante de la dumka ucraniana, con cambios armónicos de lo melancólico a la euforia.
Acto seguido, la No.6, una sousedska o danza de pareja, serena e intensa, en los embelesos de los enamorados y, finalmente, la No.8, en Sol menor, otro furiant desafiante y pleno de entusiasmo. El público reconoció con vigorosos aplausos la clara y firme lectura de nuestra orquesta.
En la segunda parte pudimos asomarnos a la primera sinfonía de Brahms, aquella que tardó casi veinte años en reescribir y pulir hasta tener el valor de presentarla en público.
La figura gigantesca de Beethoven inhibía al alumno de Schumann para ocupar un género en la que aquel había sido un titán. ¿Cómo recibiría Viena y el mundo una sinfonía surgida después de la inmensa Coral de don Ludwig?
Y ciertamente el vocabulario de Beethoven no podía ser ajeno a esta primera oferta de Brahms. Su legado emigraba de los pentagramas con signos ejemplares. En el primer y monumental tiempo y en el brío del último, laten muchas resoluciones evocadoras tanto de la Coral como de la Quinta sinfonías.
Tras un lento y palpitante ingreso se transita a un Allegro en el que el maestro expone la que será su técnica compositiva, esa expansión dinámica de movilidad de motivos con cambios de ritmo, timbre y coloratura; combinaciones perfectamente calculadas y fragmentación en células que se desarrollan con posterioridad en oportunos instantes.
Goza el público ese pórtico grandioso y con los dos movimientos centrales penetra en otro ámbito emocional del compositor, el del insaciable lirismo y la pulsación que recuerda a Schubert, especialmente en los soliloquios de violín.
En ese Andante que se aferra a la memoria y Allegretto que mordisquea los aires traviesamente, reemplazando aquellos scherzos que tanto prestigio le dieran a Beethoven. En el último movimiento —siempre con alusiones beethovenianas— donde el genio de Brahms y su técnica cíclica establece sus pendones.
Lenguaje vigoroso, con ese famoso llamado del corno, alternancia de motivos, plenitud de todas las secciones en prolongada travesía, y ese majestuoso e imponente tema coral que rememora en cierta manera la Oda a la alegría y nos prepara para el triunfal epílogo.
Clara, rotunda y expansiva en color y matices, resultó la versión de nuestra orquesta. La aceptación del público se manifestó en un hervidero de aplausos que se prolongaron efusivamente. Se comentó, asimismo, que la acústica de esta sede provisional de nuestra orquesta es excelente.— Jorge H. Álvarez Rendón
