“¿Somos responsables de nuestros actos ante las emociones?”, pregunté a los abuelos. La “visión clásica”, les comenté, responde a su forma a este profundo interrogante.

A manera de respuesta, bástenos por ahora con decir que si cada emoción tiene su “huella dactilar” —como afirma la visión clásica— es poco probable que podamos cambiar o manejar tal huella de acuerdo con nuestra voluntad o libre albedrío.

Tal vez en esta noción se basa el concepto de “imputabilidad disminuida” de la “teoría psicológica del delito”, aplicable en caso de actuar bajo el imperio de una “emoción intensa y violenta”; teoría, por cierto, muy conveniente para quien no gusta de responsabilizarse de sus exabruptos.

La teoría de la “emoción construida” —que describí en la charla pasada— responde a este mismo interrogante de otra manera.

Es una teoría diferente que nos ayuda a ver a la persona humana desde otra perspectiva, la cual resalta la responsabilidad y la libertad del individuo ante sus emociones. La “teoría de la emoción construida” no encaja con el “modo clásico” en que solemos sentirnos responsables de nuestras emociones que, más que “detonadas”, son “construidas” —de manera activa— por nosotros mismos.

Esta teoría podría contradecir creencias y convicciones añejas y fuertemente arraigadas por la visión clásica acerca del binomio “estímulo-reacción”, en medio del cual se sitúa la responsabilidad de nuestra conducta. En medio de este “binomio” está la clave para entender el “cambio estructural” que propone la “teoría de la emoción construida”.

Psicólogo clínico, UVHM. Tutor Salud Mental y Espiritualidad para Adultos. WhatsApp: 9993-46-62-06. www.facebook.com/TutorSaludMental.

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