NUEVA YORK (EFE).— El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) arroja luz sobre la poco conocida faceta de dibujante de Georgia O’Keeffe con más de un centenar de obras en papel que muestran su creatividad compulsiva y su cuidado por los materiales.
La exposición, llamada “To See Takes Time (Ver lleva tiempo)” y que abrirá al público el próximo domingo 9, ahonda en los años formativos de la modernista estadounidense, de 1915 a 1917, cuando produjo más dibujos que en el resto de su carrera, e incluye piezas posteriores en las que O’Keeffe recurre a esa técnica para experimentar después de haberse labrado un nombre.
Se trata de la primera muestra específica que dedica el MoMA a O’Keeffe desde 1946, año en que realizó la primera retrospectiva de una mujer artista. El museo reúne series de dibujos procedentes de decenas de colecciones e instituciones, que permiten asomarse al proceso de trabajo.
La artista, recordada sobre todo por sus flores, paisajes y calaveras en lienzos de tonos pastel, se toma el “tiempo para ver” un dolor de cabeza, una tienda de campaña o lo que observa en sus viajes por Estados Unidos y el mundo, todo ello mezclando figuración y abstracción.
Obsesionada
Nada más entrar llama la atención la serie “Número 8 especial”, que está inspirada en un violín y plasmada en carbón y acuarela azul. “He hecho este dibujo varias veces, nunca recordando que ya lo había hecho antes y sin saber de dónde vino la idea”, escribió O’Keeffe.
“Vemos un lenguaje abstracto radical muy reducido que no sería el que asociamos a Geogia O’Keeffe. Normalmente pensamos en ella por sus formas orgánicas o biomórficas”, explicó la comisaria Samantha Friedman.
Ese “lenguaje minimalista” con el que buscó “capturar formas pero también ritmos” predominó en los inicios de su carrera, incluso en las obras que expuso en la Galería 291 de Nueva York, del fotógrafo Alfred Stieglitz, quien más adelante se convertiría en su marido y a quien enviaba cartas que complementan las obras.
Entre todas las series destaca “Evening Star”, que consiste en ocho acuarelas de un horizonte en el que brilla una estrella al atardecer, y en las que refleja la progresión de los colores casi cuadro por cuadro hasta terminar en una pieza más grande y de mayor calidad, plasmada en papel japonés.
“Es casi como si estuviera expresando la imposibilidad de capturar algo como el ocaso en una sola imagen, porque es algo que ocurre con el paso del tiempo”, indicó Friedman.
O’Keeffe las pintó en 1917 cuando era profesora en Texas, antes de despuntar como artista y cuando investigaba con pocos materiales.
O’Keeffe, según los textos de la exposición, dijo que algunas personas le hacían “ver formas”, como en aquel caso. Tres décadas después plasmó el rostro de otro amigo, el afrodescendiente Beauford Delaney, de manera casi fotográfica, en una serie a carbón que termina con una obra a pastel.
“Cuando hace estos retratos reconoce que lleva tiempo entender a otro humano (…) y que no se puede recoger la complejidad de una persona en una imagen. Y se toma el tiempo para ver a la gente en los retratos, como si viera un fenómeno natural”, subrayó la comisaria.
