En el segundo recital de la XXXIX Temporada “extendida” hasta junio —o noveno desde la perspectiva de los melómanos fieles— el joven Alejandro Basulto volvió a tomar la batuta para llevarnos por un programa disparejo, pero grato que comenzó con un compositor yucateco, continuó con el judío italiano Mario Castelnouvo Tedesco y dio fin con un compositor ruso muy poco interpretado no solo en estos provincianos lares, sino en todo el mundo.
De Pedro Carlos Herrera, director de la Orquesta Típica Yukalpetén, hijo de nuestro admirado Wilberth Herrera, de imborrable memoria, escuchamos el prólogo de un ballet denominado “Canek”, que no dudamos veremos en escena en un futuro no lejano. Pieza en la enramada de la tradición del nacionalismo, con alusiones a nuestro entorno cultural, equilibrada y hermosa.
Sus pasajes evocan estados de ánimo referentes al caudillo maya. Fue un bocado de prueba muy de agradecer.
Un guitarrista yucateco llamado Yohualli Rosas fue el solista invitado para actualizar el hermoso y pleno de reminiscencias Concierto número 1 de Castelnouvo Tedesco, escrito en días previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando el propio autor —por su origen semita— corría peligro de muerte. Aunque Rosas fue eficaz y cauteloso, pecaríamos de falsarios si no admitiésemos que añoramos a un Cecilio Perera, pero dada la descuidada erogación para la cultura “fifí” comprendimos lo vano de nuestro anhelo.
Los tres movimientos del concierto forman una sola arteria que proclama esa herida —que jamás cierra— del hombre que se sabe malogrado por su origen y su estirpe. Si en el primer instante —Allegretto— escuchamos como un valiente desafío que va desatando pequeños lazos de fe con el ardiente diálogo entre solista y orquesta, es en el segundo —Andantino— cuando el alma de don Mario enhebra el himno rumoroso del sentimiento de ausencia.
Se dice que de un poema de Guido Cavalcanti (“Sé que quizá no vuelva a la Toscana, pero anda tú, balada mía, a decirle adiós a quien tú sabes”) provocó ese oleaje de tristeza que don Yohualli expuso en solitario —quejumbre de la madera en la neblina de las nostalgias— para después unirse temáticamente al conjunto.
Hay un velo de humanidad herida ante lo inesperado que conmueve y un tono que hace temblar con emoción como bien dijera el ilustre Andrés Segovia cuando estrenó la pieza en 1940.
Termina el concierto con un danzar caballeresco que parece olvidar las inclemencias y nos conduce a un festejo como de relato por las calles de Florencia. Es aquí donde solista y orquesta inscriben en paralelo un lenguaje de desplante cortesano basado en viejas canciones itálicas. El señor Rojas se mantuvo muy solidario con el espíritu general. Y nuestra orquesta recibió numerosos aplausos.
El recital finalizó con la primera de las dos sinfonías que la tuberculosis —dolorosa causa de marginalidad— le permitió finalizar al frustrado Vasili Kalinnikov, rechazado del conservatorio de Moscú, y tocador de piano y fagot en una orquesta de voudeville hasta su prematura muerte a los 35 años en Yalta (1900).
Modernamente, los musicólogos redentores de lo poco conocido o valorado, escarabajos entre partituras empolvadas, desafectos a lo clásicamente probado, han pretendido “revivir” a Vasili, quien, en realidad, jamás gozó ni de mediana fama pública. De aquí que algunas orquestas han tomado ese ómnibus del rescate que no se sabe cuál destino tendrá.
Protegido del gran Tchaikowski, quien hasta le consiguió un trabajo, hay algo de su léxico melancólico y señorial en esta sinfonía con numerosos altibajos que escuchamos y finalmente solo nos deja como rumores memorables el bello segundo tema que engalana el tiempo de apertura y el destello lírico del arpa y el corno en el comienzo del segundo. No obstante, su “imperiosa y desordenada expresividad” recaudó numerosos aplausos por el limpio trabajo de orquesta y director.
Una cuestión queda clara: a despecho de cuanto digan los expertos en cuestiones armónicas y los especialistas en estructuras, el amador de la música, el que llena las salas, el sencillo, aquél que anhela hermosos y recordables pasajes, difícilmente escucharía de nuevo —solo por placer— esta pieza de don Vasili. Hay que ser claros.— Jorge H. Alvarez Rendón
