“El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido…”
Tenemos en este texto tres parábolas del reino de Dios.
Las dos primeras se refieren al descubrimiento del reino de Dios como un valor inapreciable por el que vale la pena dejarlo todo con alegría.
La tercera nos habla del reino de Dios que envuelve a todos los hombres, como la red a los peces buenos y malos, y la necesidad del juicio de Dios al final de los tiempos.
Común a las tres parábolas es que en ellas se compara el reino de Dios a un suceso y no a un estado de ánimo de la persona; es decir, el término de la comparación no es el tesoro, ni la perla, ni la red, sino el hombre que encuentra un tesoro y después va y compra el campo.., o el mercader que va y vende lo que tiene para adquirir la perla…
El hombre que halla casualmente un tesoro en el campo quiere actuar según la ley para adueñarse del tesoro. Esto solo es posible si compra el campo; pero no todo lo que es legal es moralmente bueno. La astucia del que compra el campo es moralmente tan reprobable como la del mercader en perlas finas que se aprovecha de la ignorancia del vendedor.
Pero lo que pretende Jesús no es aprobar la conducta de los hijos de este mundo, de mercaderes y estafadores, sino enseñar a los hijos de la luz que deben ser por lo menos tan diligentes y espabilados en los asuntos del reino de Dios como lo son aquéllos para sus negocios.
Hay que apuntar, pues, hacia el verdadero tesoro como el mercader de piedras finas que descubrió que en la pacotilla del bazar hay una perla excepcional y que, para adquirirla, hay que vender todo sin la menor duda porque lo que tendrá entre sus manos será una verdadera joya. Sin embargo, también sucede que muchas veces la persona está dispuesta a vender todo, hasta el alma, por un falso clamor, eligiendo aquellas ilusiones que, al final, le dejan en las manos solo polvo y basura.
El Reino de los cielos, pues, es una ocasión única y extraordinaria que, con la venida de Jesús, se ofrece a todos, al pobre y al rico. Hay que agarrar al vuelo esta única ocasión empeñando para ello todo lo que se tiene a disposición, incluso la propia vida. Si se quiere conquistar el Reino de los cielos, es decir, entrar en la paz, en la armonía, en la salvación de Dios, hay que tener la misma prontitud de decisión y la misma totalidad de donación.
