“Y POSTRÁNDOSE LO ADORARON…”

San Mateo escribe “Belén de Judá” para distinguirlo de otro pueblo situado en tierras de Zabulón y, sobre todo, para subrayar que Jesús nació en la tierra de sus padres como convenía al Hijo de David. En este caso, las confluencias de todas las esperanzas del mundo señalaban a Jesús como Salvador universal: de los que padecían bajo la Ley de Moisés y de cuantos servían al despotismo fatal de las estrellas.

Los “magos de Oriente que llegaron a Jerusalén” representan las esperanzas de los gentiles, de los paganos. Posiblemente pertenecían a una casta sacerdotal de la que hace mención el libro de Daniel. Herodes se estremeció de temor ante la posibilidad de ser destronado por el recién nacido, y los habitantes de Jerusalén temieron que la llegada de los Magos fuera ocasión de disturbios y de represiones. En cualquier caso, lo que san Mateo quiere decirnos es que Jesús fue aceptado por los extraños y rechazado por los suyos.

La astucia de Herodes, que se fingió estar interesado por adorar a Jesús, puso al descubierto una táctica bastante generalizada por los poderosos respecto a la Iglesia. Muchos han sido los que desde entonces han fingido proteger a la Iglesia cuando en realidad lo que deseaban eran controlarla o acabar con ella.

El corazón, pues, del relato del Evangelio de hoy es Cristo y la pregunta a la que se quiere responder es la hecha por los magos: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. Es la búsqueda de Cristo y del lugar en donde debía nacer. Sin embargo, se trata de una búsqueda “teológica” (por eso está dentro del oráculo profético de Miqueas citado en el centro del relato). Así, el texto de san Mateo presenta la figura de Cristo que es buscado por los magos. Y entonces todo adquiere sabor, todo da serenidad, todo se afronta con valentía.

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